miércoles, 29 de agosto de 2012

Nunca




Las hojas de papel en completo desorden sobre el escritorio me recuerdan todos los pendientes que aún me faltan por concretar. Decido poner manos a la obra, pero antes me levanto por un café. El despachador de agua caliente se encuentra fuera de la oficina, a unos sesenta centímetros de la puerta. Pongo el  café y el azúcar en las cantidades acostumbradas dentro de la taza y comienzo a revolver los gránulos en seco, con una cucharita desechable. Al salir, concentrado en el recipiente de porcelana,  me encuentro con unos hermosos ojos color marrón, mirándome con sorpresa.


-¡Hola!
-¡Hola! -respondo  yo sin poder cerrar la boca.


Por unos cuantos segundos ninguno de los dos sabemos qué decir. Al final, decido ponerle fin a la incómoda situación.


-¿Quieres llegar a la oficina? No tardo nada, solo le pongo agua a esto y paso por un oficio al otro departamento.
-Está bien -dice sonriendo.
-No esperaba encontrarte por aquí -le digo mientras me alejo  por el corredor. 


En la oficina todos salieron temprano, menos yo. Busco el legajo que necesitaré para terminar mi trabajo vespertino en uno de los módulos comunes.


-Yo tampoco esperaba encontrarte -dice ella a lo lejos-, solo pasé a saludar a los chicos y a la licenciada Farfán. De hecho, creí que ya no trabajabas aquí.



No escucho más. Temo que se haya ido. Regreso lo más rápido que puedo y, cuando cruzo aprisa la puerta, mi expectativa es mirarla sentada en mi lugar, donde solía esperarme. Pero no hay nadie en la silla. Me dejo caer en ella y la descubro frente a mí. Estaba tan ansioso de encontrarla que no me di cuenta que se había colocado en los silloncitos donde me esperan mis clientes. No puedo contener el impulso de levantarme e ir hacia ella. Le abrazo y puedo sentir como me corresponde con todo su ser. No sé cuantos segundos duramos así, abrazados, unidos con la desesperada añoranza de quien no se ha visto en muchos años.


-¿Qué me diste? -pregunta con voz entrecortada y las mejillas ruborizadas.


Yo también me he preguntado por qué jamás he dejado de pensar en ella. ¿Que desconocido embrujo colocó en mí? Después de tantos años, ¿por qué me sigue desarmando su mirada, por qué siento por ella la misma pasión que antaño? Mi conclusión es que, precisamente, el apasionamiento involucrado en ese tórrido romance con tintes de tragedia, es lo que nos hace seguir juntos a pesar de todo, a pesar del tiempo y la distancia. A pesar de las parejas de ambos.

Nos apartamos un poco, pero seguimos tomados de las manos. La siguiente pregunta me hace reír. Especialmente por lo que yo le respondo sin pensar.


-¿Estás temblando o soy yo?
-Creo que somos los dos.


Vuelvo a abrazarla. Le beso otra vez, como hace años. Ella me deja hacer, pero solo por un momento que disfruto como si fuera una eternidad. Luego se aparta y vuelve a repetir la primer pregunta.


-Es en serio... ¿qué me diste?


Esta vez le respondo.


-Siempre pensé que fuiste tú la que me había dado algo. Que habías sido tú quien me hechizó a mí.
-¿Así lo crees?
-Sí.
-Y entonces, ¿por qué me dejaste ir?
-Lo que yo recuerdo es que fuiste precisamente tú quien tomó la decisión de irse.
-Para mí sucedió de otra manera...


Podría discutir, pero no lo hago. No tiene ningún caso. Ella tiene sus recuerdos de cómo sucedieron las cosas y yo los míos. Ambos guardamos silencio. Pareciera que repentinamente comprendiéramos que teníamos que aprovechar los pocos momentos que de ahora en adelante podríamos pasar juntos, porque ya serían más espaciados y no durarían más de cinco minutos. Sonreímos.


-Fue un error de los dos -dije al fin- tú quisiste irte y yo te permití hacerlo, porque entendí que eso era lo que deseabas.
-Nunca debiste escucharme -dijo ella-, ni siquiera la primera vez: no estaríamos en esta situación.


Me da un breve beso en los labios, a manera de despedida. Cruza el umbral y se aleja de prisa, temerosa de lo que siente, de lo que sentimos. De las cosas que suceden cuando estamos juntos. Yo sigo sin habla, recordando, pensando en la última frase.

Ni siquiera la primera vez...

Maldición -dije para mí, amargamente y sin seguirla-, cuánta razón tiene.

sábado, 18 de agosto de 2012

Al tercer día





Dos horas libres de gritos, de llantos, de raspones, de mocos y de golpes en los tobillos, asestados con la patineta. La casa estaba tan tranquila que podía escucharse a lo lejos la máquina del ferrocarril y, en el jardín, el viento pasando entre las hojas del limonero.

Dios bendiga las clases de catecismopensó el hombre mientras abría el periódico local en la sección de deportes. No tardó mucho en aburrirse, así que encendió el televisor buscando algún mediocre partido de la liga nacional. Lo encontró pronto. Fue por una cerveza al refrigerador y volvió a zambullirse en su sillón favorito. 

Pero la calma no dura para siempre. De un momento a otro la calle se llenó de gritos infantiles y una pequeña y delgada figura irrumpió en la sala, golpeando la puerta en su carrera.


Hola papi.
Hola hijo. ¿Cómo te fue en tu clase?
¡Muy bien! La maestra Lupita dice que me porté muy bien y que si hago la tarea, me ganaré una estrellita... ¿Me ayudas?


Una decisión difícil. Fut bol más cerveza o hijo más tarea más dogmas católicos... No. Ni tan difícil.


¿Qué te dejaron?
Tengo que hablar de La Resurrección...


¡A centímetros del poste izquierdo pasó esa bola!gritaron en la televisión.


Eh... Mmm... Yo creo que eso lo encuentras en Internet. Búscalo ahí. Dijo el padre señalando la computadora con el índice de la mano izquierda y, una vez librado de su vástago, tomó un largo sorbo del bote de cerveza. Tuvo que eructar.

El chiquillo encendió el aparato a regañadientes y se dispuso a trabajar. Al terminar la clase del día siguiente, llegó muy triste a casa. Un cinco en sus deberes, el motivo.


¿Por qué te pusieron cinco? Preguntó indignado el hombre Déjame leer eso.

Después que diosito murió, los apóstoles se pusieron muy tristes. Por eso tuvieron que investigar formas de cómo revivir a Jesús. Uno de ellos tuvo una visión y se le apareció Morfeo, quien le dijo que debía elegir entre la verdad o seguir en la mentira. Él dijo que la verdad, así que le dio una pastillita azul que decía Pfizer. Cuando se la tomó, se puso todo loco y decía que  un arbusto le hablaba y que le decía que tenían que visitar al oráculo. Cuando llegaron, éste les dijo que la única forma de revivir a diosito era juntando las esferas del dragón que estaban custodiadas por los guardianes de las doce casas. Los apóstoles tuvieron que tomar un rápido entrenamiento para ganarse su armadura de bronce y después de muchas batallas, lograron reunir todas las esferas para poder invocar a Shen Long. Diosito resucitó al tercer día, porque ese fue el tiempo que tardaron los apóstoles en recolectar las esferas del dragón. Y así fue todo y ya.




Ya estarás conforme ‒dijo la madre del pequeño, bastante molesta‒, por tu culpa le han puesto cinco en el trabajo. Y todo por no querer hacerte responsable. Ni para eso sirves. ¡Ya me lo decía mi madre! ¿Por qué no contestas nada?



El hombre la ignoró y mientras tanto, seguía sosteniendo el trabajo de su hijo entre las manos. Terminó por sonreír. Le despeinó el cabello en un gesto cariñoso y guiñando un ojo le dijo:



‒¿Sabes? Para mí tienes un diez en creatividad.  

sábado, 4 de agosto de 2012

Deja que brille el sol





-Te quiero mucho –le dijo ella.

Sin embargo él pareció no escuchar o tal vez no escuchó.

                La música del café aunque no estaba fuerte, obligaba a las personas a hablar más alto de lo normal.

                Tenían poco de haber llegado, ella tomaba chocolate frío y él café caliente, parecía malhumorado y se veía pensativo.

                Ella intentó besarlo y él la apartó con el hombro.

                -Ya no te quiero, ya no quiero estar contigo – murmuró, no la miraba a ella, veía la taza de café, le daba vuelta tras vuelta, dio un sorbo, lo dejó de nuevo en la mesita de vidrio, pasaría una eternidad hasta que volteó a verla.  Ella lloraba en silencio, justo en ese momento dos lágrimas brotaron de sus ojos, saltaron al mismo tiempo con una sincronía de clavadistas chinos y se perdieron en su pantalón negro.

                Llegó el mesero para ofrecerles algo más, él pidió otro café y ella nada más.

                La música seguía.

                El repitió lo mismo pero ahora más alto y mirándola a los ojos: “Ya no te quiero, ya no quiero estar contigo.”

                Ella sintió que todo el mundo lo había escuchado y él pensó que todos lo veían.

                El abrió la boca para decir algo más pero ella no esperó, se levantó, había dejado en la mesa un billete de 50 pesos y se marchó.

                El la vio alejarse, bajaba las escaleras y pareció que el sol se ocultaba, conforme fue bajando se oscurecía,  su cabello rubio se perdió de vista, todo quedó en tinieblas, pero él no lo notó, estaba ciego de todos modos.

                Se quedó solo, como la luna de esa noche.

                Apresuró su café y pidió la cuenta, el mesero llegó casi de inmediato, pagó el importe, pensaba dejar el billete como propina pero lo tomó y lo miró, era lo único que le quedaba de ella.

                Eso... y su cabello.

                Eso… y su mirada.

                Eso… y su sonrisa.

                Eso… y sus manos.

                Eso… y sus ojos.

                Eso… y su voz.

                Eso… y sus labios.

                Eso…y sus besos.

                Eso… y que siempre lo quiso, fue la única que lo quiso, se lo demostró tres mil seiscientas veces por hora al día.

                La lluvia se soltó de pronto.

                El corrió a buscarla, miró hacia todos lados pero no la vio, una ambulancia en una esquina rodeada de curiosos llamó su atención, pensó lo peor, la ambulancia se fue antes que él llegara y los curiosos se disiparon, preguntó a uno qué sucedió.  Un ciclista, golpeado por un conductor distraído, no era ella.

Anduvo largo rato bajo la lluvia buscándola.

                Buscó refugio bajo el toldo de una tienda y la llamó… no contestó, llamó a su casa… no estaba.

                Cada vez que la llama no contesta y en su casa no está, va a buscarla y no la encuentra.

                Pasaron meses haciendo lo mismo, dejó de buscarla y de llamarle.

                Hoy la vio después de dos años, estaba radiante, brillaba, su sonrisa lo iluminó todo de nuevo, llevaba un niño, rubio también y hermoso, con ellos dos iba otro, otro que no era él pero también brillaba, tres soles bellos y felices; quiso hablarle pero se acobardó. Los miró hasta que los perdió de vista, todo se oscureció de nuevo pero esta vez sí lo notó.

                Ella no lo vio y qué bueno, porque al sol siempre lo eclipsa la luna.