Son las 12:00 del día. Sé hacia dónde
quiero ir. Esta calle me evoca muchísimos recuerdos: noches de cine, la
molestia de Alma, su decisión de ir a dormir pensando que yo iba a ceder al
chantaje y la posterior demostración, los puntos sobre las íes; la fila, la
conclusión de que los locos se sienten atraídos hacia mi persona; Renfield y el
maravilloso monólogo del apóstol de Drácula; la exposición de la noche de las
Walpurgis y el mezcal; Cronos, y Alma enojada, odiándome con la mirada por no
poder amarla como ella esperaba y merecía. Ahora es otra historia:
Cruzo la plaza grande, sé dónde
encontrarla, lo adivino sin que me lo diga. Ella, la predecible, se sorprende
de verme aquí. Hace tan solo media hora ya no quería encontrarse conmigo. Así
son las mujeres. Pero su hechizo no funciona sobre mí y eso es precisamente lo
que le más le gusta. Me saluda casi como si fuésemos dos extraños, pero poco a
poco va cediendo. Su cuerpo me reconoce y se acerca a mí. Me roza la pierna con
su pie. Se deja abrazar y la siento tensarse entre mis brazos. Sabía que ese
enojo no le duraría gran cosa. Caminamos juntos y sacamos fotografías. Encontramos
a un patán y nos burlamos de él. Compro un pan para mí. Caminamos hacia el
muelle principal, a orillas del lago. Regresamos para tomar el transporte a
nuestro destino. El lago parece perfecto para una postal. Pensamos en colarnos
a una fiesta a la que no estamos invitados, pero al final nos decidimos por
otro lugar, donde compramos algo para comer. La imagen que nos enmarca es
perfecta. Salimos de la postal para regresar a un mundo más real. Ambos tenemos
urgencia de besos y de caricias y vamos por ellas. Una noche pletórica de
excesos a la que muy pocos pueden acceder. Todos tienen lo que se merecen:
nosotros tenemos lo mejor.
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