jueves, 17 de abril de 2014

Coleccionista



No es mi costumbre ser puntual, por lo tanto, me sorprende ser el primero que llega al bar. Hace algún tiempo que no veo a mis amigos y es por eso que tengo plena confianza en que no tardarán. Aun así, decido llamarles para confirmar el lugar. Los dos responden.

Hace un par de años que terminamos la universidad y nos reuniremos para actualizar las novedades en nuestras vidas. Manuel llega tres minutos después que yo, pero Carlos no aparece. Cuando le marqué al celular, me dijo que estaba a una cuadra del bar y que venía con una amiga.

Se lo comento a Manuel y sonreímos al mismo tiempo. Hacemos apuestas al respecto:
 
-Seguramente, la estará besando y por eso la demora. Típico en él -concluyo.

Me dedico a observar el lugar mientras esperamos. Es un espacio más bien pequeño, una combinación de elementos que me hace ubicar el bar en la categoría de lo postmoderno. Las pantallas planas colocadas en la pared proyectan algunos éxitos musicales de los noventa, lo cual me hace sentir muy cómodo, pero el mobiliario no. Estamos sentados sobre unas sillas metálicas (sillas de jardín) pintadas de blanco, las mesas son cuadradas, pulidas y cromadas En otra sección, que sobresale  15 centímetros del nivel en el que estamos nosotros hay luces de neón en el piso y los asientos son taburetes de tres colores distintos: rojo, blanco y chocolate. La barra tiene un diseño moderno, con una fuente en la parte posterior y una lámpara en rojo intenso que, contra los pronósticos, armoniza con todo lo anterior. Las paredes del lugar son de cantera rosa, desnuda, sin acabados y un arco cruza la estructura y la divide en dos. Hay además un mesanín desde el que se domina todo el panorama. 

Nuestra mesa no puede estar peor ubicada, ya que se encuentra en el camino a los baños, pero era la única libre cuando entramos.

Al fin llega Carlos. Nos presenta a la chica en turno: Lluvia. 

Se besan con descaro, como si Manuel y yo no estuviéramos ahí. Todos pedimos cerveza, excepto Lluvia. A ella le apetece un Whisky. Hablamos de las trivialidades de rigor: el trabajo, el sueldo, el tiempo libre. A Carlos siempre le gustó escribir, Manuel es un fanático de la tecnología y mis pasatiempos siembre han sido el cine y los deportes. La curiosidad me vence y lanzo la pregunta de la manera más ambigua e impersonal en que la puedo articular:

-¿Y ustedes, qué onda?
-¿A qué te refieres? -responde Carlos.
-¿Qué hay entre ustedes? ¿Son novios? ¿Dónde se conocieron? -Agrega Manuel.

Siempre he admirado la capacidad de Carlos para salirse por la tangente, por evadir cualquier comentario que lo pueda comprometer. Con la serenidad de un dandi, le cede en un gesto la iniciativa a ella, invitándola a contestar. Sin embargo, por la expresión de su rostro, puedo adivinar que no esperaba esa respuesta.

-Yo he andado con todo tipo de hombres: músicos, rockeros, pintores, bailarines... Solo me faltaba un escritor en mi colección. 


Los tres hombres que estamos en la mesa quedamos un momento en silencio pero es Carlos el encargado de romperlo con un recurso gastado, pero siempre efectivo.


-¿Bailamos? -Le pregunta a la chica, quien accede de muy buen talante, con una enorme sonrisa dibujada en el rostro.

Al verlos girar sobre la pista, no puedo evitar preguntarme ¿Quién está coleccionando a quién?