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domingo, 9 de enero de 2011

El segundo disparo



La mejor referencia para saber lo que una mujer está pensando es, precisamente, su mirada. Y él pudo leer claramente en los hermosos ojos marrón arrasados de lágrimas, que ella estaba decidida.  Sentía miedo. Miedo de lo que una mujer despechada puede hacer. Miedo de lo que una mujer burlada puede hacer, especialmente cuando ésta sostiene en sus manos un arma de fuego cargada.



-Miriam, espera... no hagas algo de lo que te puedas arrepentir...



Fue lo único que se le ocurrió decir. Se encontraba demasiado nervioso como para hilar algún argumento mejor. Su razonamiento se nublaba un poco, quizá porque la hermosa mujer que estaba de pie frente a él, tenía absoluta razón en estar furiosa. Después de todo, habían sido varios años de engaños, de mentiras, de infidelidad. Ella, sin duda le había soportado demasiadas cosas, pero todo, incluso la tolerancia de una mujer enamorada, tiene un límite...



-No te bastaba engañarme con cualquiera... Tenía que ser mi mejor amiga.



La bala salió impulsada con la fuerza percutora del desengaño, del odio reprimido, de la decepción acumulada durante los años previos. Todo el rencor almacenado en su alma se concentró en el impulso eléctrico que le hizo tirar del gatillo.

El primer disparo que salió del arma hizo blanco en la pierna derecha, rasgando el músculo a la altura del muslo. El impacto y el dolor fueron suficientes para hacerle caer, golpeándose además la nuca con la mesa de noche colocada junto a la cama. El golpe no fue tan fuerte como para hacerle perder el sentido, pero si lo suficiente para marearle un poco.

Ricardo aún podía ver, aunque de manera borrosa, la imagen de ella, desnuda, sosteniendo la pistola, odiándole, deseando destruirle. Mechones de cabello castaño ocultaban parcialmente su rostro y sus hermosos senos se movían al ritmo de su agitada respiración.

Buscando una manera de salvarse, de ganar algo de tiempo, una frase vino a sus labios. Una frase tan gastada que, para entonces, había perdido encanto y sentido a los oídos de ella. Pero era su última carta y debía jugarla.



-Te amo.








El segundo disparo, al dar de lleno en su corazón, hizo que la sangre se acumulara entre la pared de éste y el ventrículo, aumentando la presión y provocando que el músculo cardiaco colapsara, impidiéndole latir. Una muerte practicamente instantánea, que le dejó tirado sobre la alfombra, con los ojos muy abiertos, dándole a su rostro una expresión de gran sorpresa.

Ella todavía se dio tiempo de acercarse para decir:



-Que ridícula se vuelve aquella persona a la que has dejado de amar...



Y, tras vestirse con parsimonia, se alejó de él, de su departamento, de sus recuerdos y de la ciudad, con el firme propósito de reconstruir su vida a partir de las piezas que aún conservaba en las manos.


sábado, 27 de noviembre de 2010

Infiel



Deslizo el pulgar sobre la tapa de la cajetilla de cartón. Tomo un cigarrillo entre los labios y hago girar el mecanismo del encendedor. El humo dibuja nuestras siluetas en la penumbra antes de desvanecerse sobre el cielo raso. La habitación huele a pizza, vino tinto y amores clandestinos.

Se abraza a mi. Siento el calor de su piel en mi costado. Veo sus hermosos ojos café y ella los entrecierra y sonríe.


-No deberíamos estar aquí.


Acerca a mi cuerpo su tibia desnudez mientras afirma:


-Lo sé. ¿Qué dijiste?
-¿A ella? Le dije que estaría en la oficina toda la tarde, trabajando en la planeación del próximo proyecto y que no contestaría llamadas.
-Muy bien.


Guarda silencio por un instante y con la sonrisa más pícara que yo le conozca, dice:


-Oye...
-Si, dime...
-¿Dónde aprendiste a ser infiel?
-Tradición familiar, supongo. En todas las generaciones, por parte de la familia de mi padre, siempre ha habido un infiel. Mi abuelo, mi tío, y ahora yo. Me tocó en suerte.
-Eres un cínico. Lo dices como si te enorgulleciera.


En este momento ya no sé si eso es bueno o malo. Aunque pensándolo bien, ahora que sujeto su cintura y beso una vez más los delgados labios, creo que no debe ser tan malo. No... No lo es.

Suena su celular. Por su mirada asustada, puedo adivinar quien es. Toma mi camisa de la silla y se la coloca encima en un solo movimiento.

Me pierdo en la contemplación de esa imagen: Ella alejándose de la cama con mi camisa sin abrochar. Puedo ver la delicada línea que dibuja sus senos a través del espejo que está en la esquina de la habitación. Me encantan sus bien torneadas piernas y mientras lo pienso, no dejo de preguntarme por qué a veces dice que está gorda.

Obviamente mi camisa le queda grande. Sale de la recámara. Se aleja de mí para contestar la llamada como si quisiera que yo no escuchara, lo cual resulta un tanto difícil en un departamento cerrado, donde solo estamos nosotros dos.

Qué piernas...

Yo escucho toda la conversación. Toda.


-Hola... Sí... Fui al centro... Con nadie... Sola ya te dije... Viendo unas blusas que me quiero comprar... No... Yo también... Ya te lo he dicho,  ¿para qué lo quieres escuchar? Sí... Yo también. Si, mucho.  ¡Claro que te lo digo!  Porque ya te lo he dicho... Sip... Tú también... Bye.


Voltea a verme y suspira aliviada, aunque no por mucho tiempo, pues ahora es mi teléfono el que suena. Número desconocido para mí, no lo tengo registrado. Le muestro la pantalla para que vea el número...


-Es él... -dice en voz baja.
-Ok.





Tendré que contestar o parecerá sospechoso.


-¿Bueno? ¿Quién habla? ¿Quién? ¡Hola Arturo! No te reconocí la voz,  ¿cómo estás? Bien también... ¿A quién? No, no la he visto. ¿Conmigo? No... En el despacho... Sí, claro... No hay problema... Sí... Bye.


Ella regresa bajo las sábanas. Ya era hora, me estaba dando frío.


-¿Por qué le diste mi número? -Le reclamo. Tengo que hacerlo.



-Yo no fui. Él debe haberlo buscado en mi celular. Tal vez sospecha algo.
-¿Tal vez? No. Realmente sospecha algo. Aunque con lo que le dijiste tú y mi descarada serenidad al contestarle, creo que las aguas volverán a su cauce...


La adrenalina baja y el ritmo cardiaco vuelve a sus niveles normales en su pecho y en el mío. Lo puedo sentir ahora que estamos abrazados otra vez.


-¿A qué hora te quitaste mi camisa?
-Hace rato... Podría arrugarse.
-Oye...
-¿Qué sucede?
-Ya ti... ¿quién te enseñó a mentir de esa manera?
-Fuiste tú... Lo aprendí de ti.





domingo, 26 de julio de 2009

Un beso

La fiesta no terminaba aún. De cualquier manera, ya habían decidido salir del lugar. Comenzaba a hacerse tarde. Se despidieron de los amigos de Él. Las amigas de Ella hacía un rato que se habían retirado. El ambiente de la fiesta era demasiado vulgar para ellas... Además, no bebían cerveza.

Todavía bailaron una pieza más, embriagados del placer de estar juntos tantas horas ese día... y de caguamas... ¿Cuántas? ¿Quién lo sabe?

Se tomaron de la mano y comenzaron a andar rumbo a la casa de Ella, con la esperanza de que la borrachera desapareciera en los 20 minutos que durarían de camino. Todavía se dieron tiempo de dibujar un corazón con las iniciales de ambos en el cemento fresco de una banqueta recién colocada.

Llovía...

Quedaron frente a frente por un momento. Los enormes ojos de Ella parecían más resplandecientes a esa hora de la tarde. Él, sonrío como siempre lo hacía, antes de rozar con los suyos aquellos labios cálidos. Ella respondió a la caricia cerrando los ojos.

La ciudad pareció detenerse. Nada escuchaban. Nada existía. Sólo ellos dos. Un beso puede lograr que la percepción del tiempo cambie. Y un beso bajo la lluvia es algo especial que raya en lo mágico...

Ambos sentían el cuerpo empapado del otro y, sin embargo, no tenían frío. La lluvia de esa tarde era una excelente aliada. No había testigos del abrazo. Sus besos sabían a lluvia. A lluvia tibia.

Ella lo abrazó con más fuerza y Él pudo sentir sus formas femeninas bajo la blusa. La sensación de calidez crecía. Él, deslizo sus mano derecha por su espalda, hasta sentir con sus dedos fríos, sus bien formadas nalgas debajo de los jeans negros.
Ella se estremeció y lo acarició también, descaradamente y sin reservas, conciente de la ausencia de curiosos. Su cuerpo olía a rosas y manzana...

El beso siguió durante mucho tiempo más. El aroma a tierra mojada lo volvía aún más delicioso. Durante el beso no pensaban más que en el otro...
¿Pensar está bien empleado en este caso? No lo sé...

-Ya oscureció -Dijo Ella.
-Lo sé... -Contestó Él en un susurro.
-¿Hace mucho que dejó de llover?
-Dejó de llover dos veces, de hecho. La última, hace casi una hora.
-Con razón...
-Con razón... ¿qué?
-Con razón ya estamos secos... -Y lo besó otra vez...



domingo, 19 de julio de 2009

Geek


Un cierto día platicaba con m acerca de cangrejos inmortales, tratando de arreglar el mundo como siempre, cuando, sin decir agua va, me dispara desde lo más profundo de sus ojos café el siguiente comentario:

-Eres un nerd.

Lo anterior me causó gran sorpresa. Al grado que los cacahuates japoneses que me estaba comiendo en ese instante estuvieron a nada de irse por la carretera vieja. Tosí. Todavía estaba yo en la pendeja tratando de entender lo que me había dicho, así que sólo atiné a repetir:

-¿Un nerd?
-Sip. -Dijo ella- O un geek pues.

Todo eso me tomó por sorpresa, pero poco a poco pude recuperarme (Y tragar el cacahuate con ayuda de un buen sorbo de mi
Petsi de 600). Me sentía halagado. Y me moría de ganas de saber el por qué me había dicho eso...

-¿Por qué lo dices?
-Emmm... ¿aparte de que te compraste unos muñequitos de matrix el día de tu cumpleaños? ¿y de tu gabardina negra y tus tenis de Chucky para parecerte a un personaje de tu película favorita? Pues... no sé... Checa este test: http://identidadgeek.com/2009/02/101-senales-de-que-eres-un-geek/

No podía dejar de reir cuando terminé de leer el
Test. Creo que si soy un geek aunque no en la medida que yo hubiese deseado. Ni modo. Tendré que esforzarme más...

Por cierto, ¿Que tal una trivia? Adivinen mi película favorita, el comic del cual tengo todos los volúmenes que han salido en español y la cerveza que más me gusta...

¡Salud! ¡Por los geeks!