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miércoles, 15 de octubre de 2014

Literalidad





-¿A nombre de quién? -Preguntó la mujer detrás del mostrador.


Ella se paró en las puntas de los pies, estirando aquél 1.53 de estatura,  para ver con mayor claridad en la pantalla los lugares marcados con amarillo y gris.  Luego dijo con una seguridad que no se esperaría en una adolescente:


-Míriam Rodríguez.
-Rodríguez ¿qué? -Insistió la vendedora.
-Rodríguez Alcáuter -contestó en tono distraído, mientras jugueteaba con la agujeta de la capucha de su sudadera con la mano izquierda, en un gesto a la vez femenino e infantil.


La mujer que le atendía fijó su mirada en ella, inclinó la cabeza y deslizó hacia abajo los anteojos, sobre su nariz.

Míriam llevaba unos jeans de mezclilla azules que ajustaban perfecto en sus piernas delgadas y firmes; estaban desgarrados  en la rodilla izquierda y un poco gastados a la altura de su cadera, del lado derecho y los había remangado hasta la pantorrilla. Se había calzado unos flats de tela en color verde militar y sobre el tank top blanco llevaba una sudadera deportiva gris de capucha, con el cierre frontal completamente abierto. Su belleza adolescente era pálida y sutil. El cabello ligeramente rojizo enmarcaba una cara encantadora, adornada con tres pequeños lunares color marrón sobre el pómulo derecho: una constelación equilátera  sobre el claro lienzo de su rostro.


-¿Eres hija de Angélica?
-Sí, -dijo Míriam, dudando por un momento- ¿la conoce?
-Estuvimos juntas en la secundaria. Es difícil olvidar un apellido como ése. Me la saludas.


La mujer regresó a su posición y colocó los anteojos en el lugar correcto.


-¿Qué asiento quieres?
-Veintiuno, junto a la ventana. 


Lo mejor de viajar en autobús es ver los paisajes quedando atrás, donde es posible que permanezcan para nunca más aparecer frente a nuestras miradas.


-Andén 14. Que tengas buen viaje.
-Gracias. -dijo ella con una tímida sonrisa.
-Sacaste los ojos de tu madre...


Míriam se agachó para recoger la mochila del piso y al acomodarla sobre su espalda, sintió el frasco de cristal al fondo de la misma. Tuvo mucho cuidado de colocarla de manera que el formol no fuera a derramarse, aunque se había asegurado de cerrar muy bien la tapa. Quería conservarlos por un buen tiempo. Eran un trofeo. Después de todo, representaban su triunfo sobre el pasado y sobre todas las cosas que se juró nunca más volver a permitir. 

Quizá alguien, en algún momento, descubriera lo que había hecho pero para entonces, seguramente ya estaría a salvo en el otro extremo del país.






domingo, 5 de enero de 2014

Cansado de besar princesas



Erase una vez, hace muchos, muchos años, en un lugar muy lejano (probablemente en Estados Unidos, tierra del californiano Walt Disney, responsable de que las mujeres de mi generación -y de varias más- crecieran con una idea absolutamente distorsionada acerca de los conceptos de felicidad y amor, principalmente), un bosque encantado.

Pensándolo bien, un bosque encantado encaja de mejor manera en las tradiciones nórdicas e incluso en el folclor oriental, lo cual me obliga a olvidarme de la clase de geografía del mundo y recomenzar la historia:

Erase una vez, hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano (cuya ubicación real se desconoce), un bosque misterioso del cual se contaban muchas historias fantásticas. Al norte del bosque se encontraba un impresionante castillo amurallado y rodeado de un foso que un día estuvo lleno de agua. En el castillo vivía un rey, con su única hija. La reina se había largado años atrás con un joven caballero que montaba un brioso corcel, del modelo más reciente (se cuenta que la reina no pudo soportar el seguir usando el mismo modelo de caballo por dos años seguidos, porque sería duramente criticada por las otras reinas, durante sus reuniones en el club. Otras versiones aseguran que el rey comenzaba a mostrar tendencias hidrocanoicas y su mujer no estaba dispuesta a soportar los chismes publicados en El juglar sentimental,  panfleto más leído del reino).

En este hogar (castillo), sin la figura dominante y a merced de la sobreprotección del Rey, creció la princesa Cristal, que a diferencia de su nombre no era frágil ni transparente, sino dura y berrinchuda, como la mayoría de las mujeres (perdón, princesas).

No es difícil imaginar el carácter de una chica a la cual se le cumple cualquier capricho para tratar de compensar el abandono de su madre. Fue consentida más allá de los límites imaginables y por supuesto, cuidada en extremo para evitar que se hiciera ningún daño: le ocultaron todo tipo de herramientas (incluidas las ruecas, debido a una extraña fijación del padre), las tijeras, los tenedores (que eran un elemento de moda por aquellos días), los martillos, las escobas... Así que creció siendo una inútil que no sabía como usar ningún utensilio. Aunque eso no le preocupaba.

¿Por qué habría de preocuparse si lo tenía todo a la mano y al alcance de un grito de princesa consentida?
Tenía el poder, el oro para pagar a los mejores elfos cirujanos plásticos, a los más hábiles enanos joyeros y a las mejores hadas estilistas: el mundo era suyo.

Pero sucedió que un mal día llegó otro joven y galante caballero que cautivó con su hermosura (y con su brioso corcel) al Rey, cuyo problema hidrocanoico terminó por manifestarse abiertamente y cubierto solo con su manto de púrpura y armiño (cual Lady Godiva cruzando el pueblo de Coventry), huyó en ancas con aquél hermoso príncipe, perdiéndose ambos en el horizonte, al filo del anochecer.

La princesa que no tenía idea de como administrar un castillo o utilizar algún instrumento pronto quedó en bancarrota y se quedó solo con el castillo (propiedad que también perdió al cometer la estupidez de firmar como aval para una ninfa de dudosa reputación).

Así pues, no solo huérfana, sino desprotegida y sin un centavo tuvo que marcharse del lugar para tratar de buscar donde vivir. Sin embargo, el único camino que podía tomar cruzaba precisamente aquél bosque misterioso. Una de las hadas estilistas todavía le quiso hacer un favor:

-¡Ay, manis! Me da tanta pena tu caso... Tú que eras tan uff, tan nais, tan delajáis, mira que terminar así... Toma: te regalo esto.
-¿Qué es? -preguntó  la princesa.
-Es una brújula, estúpida... Ay perdón, se me olvida que no conoces nada de nada. Esta es una brújula mágica que te permitirá encontrar lo mejor para ti, solo tienes que pedirlo con mucha fe y voilá, aparecerá frente a tus narices.

La princesa se alejó pensando que eso de creer en la magia era una tontería. Y se internó en el bosque...


Después de caminar un rato, se sintió totalmente maltrecha y dolorida. Tenía hinchados los tobillos (solo a alguien como ella se le podía ocurrir emprender el camino a campo traviesa calzando tacones del 16). Llegó a la orilla de un arroyo, se sentó sobre la grama y recargó los brazos en una piedra grande y lisa y comenzó a llorar con ese llanto agudo y entrecortado que tienen las princesas.

Lo único que había podido conservar de todas sus pertenencias era una bolsa de Gucci (obviamente finísima) en la que metió torpemente las manos para buscar un pañuelo con el cual poder limpiarse los mocos. Sus dedos encontraron la brújula que le dio aquella hada de apariencia andrógina y la sostuvo entre sus manos.

-¿Qué es lo mejor para mí? -Se preguntó.
-¡Hola!

Del susto la princesa saltó hacia atrás, con tan  mala suerte que resbaló con un guijarro y cayó golpeándose muy fuerte en las nalgas. Concluyó que, definitivamente, esa caída no era lo mejor para ella y comenzó a maldecir.

-Hola -volvió a decir el sapo.

Era un sapo feo, como todos los sapos, de una tonalidad gris verdosa, con ojos pequeños y una boca muy grande. Aún así, tenía una voz extraordinariamente agradable y varonil. Medía casi 20 centímetros de cabo a rabo. También era un sapo muy educado y elocuente.

-Parece que estás en problemas.
-¿Problemas? ¡Claro que estoy en problemas! dijo la princesa apenas repuesta de la sorpresa (no se asustó, ni le pareció extraño encontrar un sapo parlante, pues vivía en un cuento de hadas). 

Y le contó su historia.


Cuando hubo terminado, el sapo quedó pensativo por unos segundos y después comentó:

-Tienes suerte de haberme encontrado. Te puedo ayudar, pero para eso debes dejar que te de un beso.
-¡Guácala! -dijo la princesa- ¡Pero si eres un sapo baboso!
-Te dejo entonces seguir tu camino -sentenció el sapo gravemente.
-Está bien, lo haré -chilló ella.


Para su sorpresa el sapo era un excelente besador, lo cual hizo pensar a la princesa que ella no era la primera. Lo cierto es que una lengua de semejantes dimensiones (23 centímetros de puro músculo lingual) había posibilitado que el sapo lograra un extraordinario perfeccionamiento en la técnica del beso francés, que rayaba en lo artístico.

Una intensa luminosidad los envolvió a ambos y al diluirse, apareció ante ella un hombre que no era rubio, ni alto, ni usaba espada al cinto, ni montaba un brioso corcel.


-¿Eres un príncipe? -preguntó la princesa Cristal con la emoción brillando en sus ojos.
-No, soy un trabajador -dijo el tipo.
-Ash -dijo ella, francamente decepcionada.


El hombre trabajador fingió no escuchar aquella expresión y la guió a su casa, la cual era tan común como él. 

-Aquí podrás quedarte -le dijo mirándole a los ojos- pero debes ganarte ese derecho, así que tendrás que ayudarme a limpiar, a ordenar, a lavar y a poner en orden la casa.


Mientras ella fregaba el piso y el hombre común lavaba los platos volvió a preguntarse ¿Cómo es posible que esto sea lo mejor para mí?

Al terminar y después de tanto fregar (actividad que se le dio de manera prácticamente natural: fregó todo el día), la princesa Cristal se sentía exhausta. Quería descansar y se dio cuenta que en aquella vivienda solo había una cama.

-¿Y tú dónde vas a dormir? - le preguntó al hombre.
-Es mi cama. Yo te permito dormir conmigo en lugar de hacerlo en el bosque misterioso.

La princesa soltó un pequeño gruñido, pues no tenía más remedio que aceptar. El hombre se acostó del lado izquierdo de la cama, cediendo una mitad para su invitada. 

A la luz de la luna la princesa Cristal comenzó el ritual que toda princesa que se precie de serlo realiza antes de dormir. Y frente a los atónitos ojos del hombre que le observaba desde un almohadón de plumas de ganso, sucedió lo inimaginable.

Primero, se quitó las extensiones de cabello que colocó con cuidado en la mesita de noche. Después, frente al espejo, arrancó las dos tiras que sostenían las pestañas postizas y quitó los pupilentes de color. Luego se quitó la faja, el trasero postizo, los dientes falsos y terminó limpiando la pintura que le cubría el rostro, el cuello y parte del pecho. Al final solo quedó una figura humanoide, al parecer hecha de cartón (de ese color y textura), pues debajo de todo lo demás, solo eso había.


El otrora sapo no podía dar crédito a lo que veían sus ojos y salió  a mojarse el rostro con el agua de la garrafa.   

-Qué asco -dijo para sí- y pensar que yo me atreví a besar esa cosa... 


domingo, 16 de junio de 2013

Me desperté




El olor a tierra mojada llenaba la habitación en la que no se podía escuchar otra cosa que el canto de los grillos. Ni el monótono tic-tac del reloj de pared al que estaba tan acostumbrado.  

Me desperté con un dolor punzante en el codo izquierdo, seguramente a causa del frío del piso. No recordaba cuánto tiempo había estado ahí,  tendido boca abajo, sobre aquellas losetas color teja. Me di la vuelta. El foco de 100 watts que pendía en dirección a mi cara, lastimó mis ojos. Los volví a cerrar.

Traté de recordar por qué estaba ahí, pero fue en vano. El dolor de cabeza me hizo incorporarme hasta quedar sentado al centro de esa habitación que desconocí. Toqué mi mejilla y quité de ella un poco de algo que me incomodaba. Sonreí al deshacer con la yema de los dedos aquello que retiré.


-Sangre seca -dije para mí.


Me levanté con dificultad, todavía mareado por el golpe. Avancé hacia la puerta sin cerrojo, abierta diez centímetros al menos, pero no me decidía a salir. ¿De quién era esa casa? ¿Por qué estaba yo ahí? ¿Quién me había golpeado en la cabeza por la espalda?

Quise saber la hora, pero no traía reloj. Intenté buscar uno en las otras habitaciones, una videocasetera, un despertador electrónico, pero el único que encontré estaba desconfigurado, mostrando intermitentemente las 12:00 am. Quise llamar a alguien para pedir ayuda, pero volví a recordar que no sabía donde estaba. Pronto llegué a una conclusión: cualquiera que me hubiera golpeado la primera vez, podría volver en cualquier momento. Así que tuve que tomar una decisión.



Salí de la habitación con paso vacilante, llegué a un balcón y vi las escaleras mojadas de lluvia que desembocaban en el portón que -de momento- representaba mi libertad y mi alivio. Bajé sin hacer ruido, dándome cuenta que las demás habitaciones de aquella construcción tenían las luces apagadas. El candado estaba puesto y la frustración me hizo estremecer. Como pude, me las arreglé para saltar la reja del portón, con el corazón en la garganta, deseando que nadie pasara por la calle, pensara que era un ladrón y me pegara un tiro.

Al caer en la acera escuché voces, discusiones de un grupo de borrachos, así que la emprendí en dirección contraria. Poco a poco llegaban a mi mente recuerdos esporádicos de una discusión, gritos, amenazas de muerte... pero nada con la suficiente claridad. Sin embargo, la conclusión a la que había llegado era obvia: yo no debía estar ahí.

Era un pueblo, una comunidad rural, y eso me dio la ventaja de poder escabullirme por las calles completamente desiertas a esa hora de la noche, hasta poder llegar a lo que parecía ser la carretera principal. Suspiré aliviado pero no dejé de temblar. Además del frío -y de que estaba confiando a ciegas en mi sentido de orientación únicamente-, nunca me había sentido tan vulnerable, tan solo, tan a merced de todo...



Seguí caminando, hasta que las luces artificiales terminaron y el pueblo quedó atrás. El miedo aumentó y mi frecuencia cardíaca también. Los perros ladraban y los sentí allá lejos, atrás de mí. Me armé con tres piedras en cada mano y sin detenerme, dejé que la lluvia que empezaba a caer nuevamente, mojara mi cara y se confundiera con mis lágrimas.


sábado, 5 de enero de 2013

Si vuelves a verla, te mato



-Si vuelves a verla, te mato.


Fue lo primero que vino su mente al escuchar la detonación  y, de hecho, no pudo pensar nada más. Al instante sintió un fuerte golpe en la espalda, y junto con ello una sensación de indescriptible calor que se ampliaba radialmente desde ese lugar donde el proyectil había rajado su piel, atravesado el pulmón y fracturado la costilla.

Cayó de rodillas, respirando con angustiosa dificultad. Estiró la mano hacia el horizonte en un intento desesperado por pedir ayuda, pero ningún sonido salió de su garganta y se derrumbó sobre el polvo blanco de la cuneta. El autobús del que había descendido minutos antes todavía podía apreciarse allá lejos, avanzando directamente hacia ese círculo de fuego que lo cegaba y que hacía aparecer a la carretera -desde su perspectiva- como si ésta fuera un extrañamente lineal río de asfalto hirviente.

El Si vuelves a verla, te mato, volvió a sonar huecamente en su cabeza, como una bola de pinball que rebotara dentro de ella, de una sien a otra. Se encontró de nuevo frente a ella, ese día, el último que se vieron, unos cuantos meses atrás. Vio una vez más la obstinada determinación en sus ojos, la misma furia de mujer que le hizo huir, ésa que le hizo tener miedo y sentir ese frío recorriendo su espina. Pero en esta ocasión esa sensación se la proporcionaba la sangre que perdía temperatura fuera de su cuerpo, al contacto de la misma con el suave viento que seguía, sin detenerse, su camino hacia el poniente.

Cerró los ojos. La gente dice que cuando estás a punto de morir, toda tu vida pasa frente a ti en un instante. Eso podría darse por un hecho, si no consideramos que el tiempo para un moribundo carece de sentido y por lo tanto, la duración de esa película retrospectiva es, efectivamente, de toda una vida. Él no pudo voltear para identificar al agresor pero estaba casi seguro que había sido ella, a menos que...

Una vida plagada de errores, deliberados o involuntarios lo había colocado ahí, frente al cementerio de un pueblo fantasma, al que ni siquiera el ruido del disparo había sido capaz de sacar de su letargo. Intentó escupir los pequeños guijarros de arena blanca y salada que se metieron a su boca en el momento en que cayó de bruces, vestigios de que esa tierra hacía mucho tiempo, formaba parte de la laguna. Si vuelves a verla...

Una mueca, que pretendía ser una sonrisa se dibujó en su rostro, a punto de exhalar su último aliento, recordó.

Ya no tuvo tiempo de reconocer las botas de obrero que patearon su costado con esa tremenda ira, almacenada por tantos años y alimentada con desconfianza e inseguridad. No era una mujer, sino un hombre. Otro error, uno de tantos cometidos durante su vida en ese afán de burlarse de las reglas y los límites que la sociedad exige para garantizar una convivencia sana entre los individuos. 

Él hombre de las botas solo era una más de las posibilidades de muerte que se había granjeado durante su existir. Una de tantas. Descargada su ira y su arma volvió a colocarse la argolla de matrimonio y aún se dio tiempo para regresar y escupir sobre aquél cuerpo sin vida y mirándolo con desprecio, se alejó de ahí, dejándolo a merced de los perros, los coyotes y las ratas.



domingo, 11 de noviembre de 2012

Me queda claro

Feliz Cumpleaños




No es amor, me queda claro. Lo adivino en la humedad de nuestros besos. En la erizada piel de tu espalda cuando mi lengua asciende por los escalones de tu espina, impulsada por mi aliento.

Yo no te amo, pero todos los días te deseo. A las tres de la mañana y a las cuatro y a las cinco. Y antes de las seis, cuando el frío cala y el ardor de tus abrazos se vuelve una necesidad. Te deseo más cuando mis ojos, cansados de buscarte tantas horas, se vuelven a cerrar.

Anhelo el calor de tus abrazos y nuestros salvajes besos, de dientes y saliva; la travesía lasciva de mi rampante mano, sobre tus muslos de piel morena, durante el peligroso ascenso por tus largas piernas. 

Extraño tu cabello negro derramándose en la almohada y el contraste de tu piel sobre la blancura de mis sábanas. Pero extraño más  tus claros ojos, tus ojos eternos, el perfume de tus hombros y tu espalda,  y beber de un sorbo tu linda imagen con la mirada.

He soñado contigo, con tu cuerpo, cubierto apenas por la combinación negra y granate de las prendas que te regalé. Ansío despojarte de ellas, deslizar una y arrancar la otra en un éxtasis frenético de lujuria y besos, mojados ambos en las cálidas notas de una canción de Auté.

Sirena seductora, entona tu canto una vez más. Pídeme que te acompañe, mujer-hechicera y, al momento, se dirigirán hacia tu puerto mis bien combadas velas. 

No. No es amor, estoy seguro. Pero -me queda claro- que soy esclavo de tu conjuro.





sábado, 13 de octubre de 2012

Medea



Los últimos rayos de sol se abrían paso con dificultad entre las  frondosas copas y herían sus hermosos ojos. Tuvo que levantar la diestra y protegerse con ella. En pocos minutos la noche sin luna se apoderaría del camino y sería complicado alcanzar la encrucijada. La princesa Medea lo sabía, así que sus pies descalzos recorrieron aprisa las últimas decenas de metros: El ritual, como siempre, debía ser ejecutado en el lugar que demandaba la Diosa.

Fue precisamente en la encrucijada donde Medea detuvo su andar. Se esforzó porque su respiración volviera a su ritmo normal. Aspiró profundamente y no pudo evitar recordar lo dicho por el Oráculo al momento de su nacimiento: 

Tendrá una infancia feliz y será hábil en las artes de la adivinación y la magia. Sin embargo, el amor hacia un hombre le hará perder absolutamente todo.

Sobra decir que fue esa precisamente la razón por la que había sido consagrada como sacerdotisa en el templo de Hékate desde que era una niña. Y más obvio resulta aún, el exacerbado desprecio -y velado temor- que profesaba hacia el sexo masculino. Mismo que le había hecho prometerse a sí misma que jamás se enamoraría, pues eso, precisamente, estaría marcando el inicio de sus desgracias.

Se colocó la piel de leopardo y puso ambas manos a la altura del pecho, contando los latidos acostumbrados, luego el índice y el corazón de su mano derecha se movieron a sus labios y su frente durante el mismo lapso de tiempo. Con los puños cerrados levantó ambos brazos hacia ese cielo carente de luna pero colmado de estrellas. Abrió las manos y dirigió la palma de su mano izquierda hacia el manto infinito, la derecha fue bajando poco a poco hasta que la palma apuntara al suelo. El trance comenzaba y también la invocación:

Amiga y amante de la oscuridad, Diosa y madre mía, tú que caminas entre fantasmas y entre tumbas; tú la peregrina, la de la triple faz, Luna, Diana y Proserpina, la guardiana de las llaves, ¡portadora de la luz! Te ruego me seas propicia.
Te invoco a ti, Gran Señora de Cielo, Mar y Tierra, por tus misterios de noche y día, por la luz de luna y la sombra del sol. Te invoco a ti, Señora de la vida, la muerte y el renacimiento; emerge ahora del mundo de las sombras para alimentar mi alma y dar luz a mi mente, Señora de los tres caminos, Hékate, compañera y guía en los terribles senderos, te suplico y te ruego... ¡Susurra ahora tus secretos!

Apenas había encendido Medea el fuego místico cuando escuchó la voz de la deidad, dirigiéndose cariñosamente a ella, como tantas otras veces:

-Hija mía, la favorita, ¿qué es lo que deseas saber?
-¿Quiénes son los guerreros que han anclado en las costas de La Cólquide y qué es lo que desean?
-Son soldados, príncipes y aventureros. Vienen a buscar el tesoro más preciado que posee el rey, tu padre.
-En ese caso, les daré muerte.
-Será mejor que lo hagas pronto, hija mía, porque entre ellos, ha desembarcado aquél predestinado a ser amado por ti. El que te traerá traición y muerte. El que se marchará con alguien más.
-No le daré esa oportunidad -dijo Medea segura de sí misma- ninguno de los tripulantes de esa nave volverá a ver el amanecer en su reino...

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El Rey Eetes esperaba ansioso el regreso de la princesa Medea. Aun a pesar de siempre haberse opuesto a la consagración de su hija más joven al templo de Hékate, había aprendido a respetar sus habilidades adivinatorias. Recordó haber estado en desacuerdo con la decisión tomada por la reina, es decir, enviarla con las sacerdotisas. Pero ambas, tanto Medea como Idía, su madre, eran necias y obcecadas. El rey estaba seguro que la necedad de la princesa por hacer las cosas a su capricho, le acarrearía terribles dificultades.

-¿Qué ha dicho la Diosa, hija mía? -preguntó en cuanto le vio cruzar el umbral.
-Vienen por el vellocino dorado, padre.
-Es mi mayor tesoro.
-Lo sé. Y es por eso que les prometerás que tal premio les será otorgado una vez que su capitán cumpla con tres retos imposibles de lograr, que te detallo a continuación.
-¿Tres?
-Tal como lo manda la guardiana de las llaves.

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Medea entró corriendo en sus aposentos, bañada en llanto. Se dejó caer sobre su lecho y cubriendo el rostro con ambas manos, siguió llorando por varios minutos más.

-¿Por qué, Diosa, por qué?


La princesa y sacerdotisa recordó cómo había sido el encuentro. Cerró los ojos y volvió a ver entrar por el portal de la cámara principal al héroe Jasón, seguido de su escolta. Le escuchó hablar, sintió como las graves vibraciones de la voz del joven que hablaba frente a su padre y su medio hermano, Absirto, calaban profundamente en su ser. De pie, a la izquierda de la silla del rey, admiró la valentía de aquél extranjero. Vio las cicatrices en los brazos y se dio cuenta que no había sido un viaje placentero, ni libre de privaciones. Creyó ver en el guerrero que venía a solicitar un objeto mágico, obsequiado a su padre, a un hombre probo, honesto, capaz de hablar directamente y sin máscaras. Le admiró por eso. Ella, la que había planeado su muerte, flaqueaba, cambiaba de sentimientos y ahora deseaba salvar de la muerte segura a la que el rey enviaría a Jasón siguiendo -irónicamente- sus recomendaciones.

-¿Señora de las encrucijadas, portadora de las antorchas, qué debo hacer? -pidió a Hékate consejo.


La Diosa se manifestó en la danzante llama de la vela encendida para tal fin.

-Debes seguir adelante con el plan trazado originalmente. El vellocino tiene que  permanecer en La Cólquide  y los viajeros deben ser exterminados. 
-Pero ahora no puedo hacerlo. Vi la determinación en los ojos del capitán Jasón. Yo esperaba un guerrero que a sangre y fuego quisiera conquistar nuestras tierras y hurtar el tesoro más preciado que hay en éstas, pero en su lugar, apareció un hombre dispuesto a dialogar para convencer. He visto en ese joven cualidades que nunca descubrí en otro hombre. No puedo matarlo ni permitir que le hagan daño.
-Ese hombre será tu perdición, hija mía.
-No importa. Yo lo quiero.


La determinación en la voz de la princesa parecía más un capricho que una resolución. Tal vez por eso la voz de la Diosa de la Oscuridad dejó de escucharse. Medea, como hija menor, mujer y princesa, había sido mal-acostumbrada a obtener siempre lo que deseaba. Desde niña supo de su poder y una vez sacerdotisa y hechicera, la magia fue su aliada para lograr absolutamente todo lo que se proponía, por más imposible que pudiera parecer para cualquier otro mortal. Aun así, quiso cerciorarse de las consecuencias que le acarrearían sus decisiones. Tomó los caracoles y los lanzó.

Hábil adivinadora -como lo pronosticara el Oráculo- vio en su destino tristeza, llanto y el claro indicio de que Jasón no le amaría jamás e incluso, la abandonaría por otra mujer. Cegada por su capricho, decidió ignorar todas las señales, aduciendo que su belleza, su magia y su amor bastarían para que Jasón, el viajero, la amara y nunca deseara separarse de ella. Se lo demostraría. Traicionaría a su padre, a su hermano, a su herencia y a su patria y, de esa manera,  su recién conocido amor no tendría más remedio que adorarla hasta el final de los días.

Esa lógica sin sentido de las mujeres que saben que serán destruidas por aquello que más aman -o creen amar- le hizo urdir un plan y crear los antídotos adecuados a las trampas que ella misma había diseñado.  Una vez terminado su trabajo fue buscar al capitán para ofrecerle los medios que le ayudarían a lograr su objetivo.

-¿Por qué lo hace, Princesa? -preguntó Jasón.
-Porque te amo.
-¿Cómo puede decir que me ama, si realmente no me conoce?
-Eso no importa. Yo te amo.


El argonauta sintió la necesidad de ser honesto con ella.

-Yo no la amo princesa.

Hubo un momento de silencio. Medea bajó la mirada y tras dudar por un instante, reanudó con mayor vehemencia.

-Yo puedo amarte por los dos. Ese cariño que no sientes surgirá. Yo lo haré surgir. Tú tendrás tu premio y yo te tendré a ti.
-Esa traición a su pueblo significará su muerte princesa.
-Es por eso que tendrás que llevarme contigo. -dijo ella, sonriendo.


Jasón colocó el puño sobre sus labios, en actitud pensativa. Valoró lo que se le ofrecía. Una victoria a cambio de fingir algún tipo de cariño hacia la princesa Medea. La lógica se impuso y decidió aceptar la oferta que se le presentaba de manera tan conveniente.

-No puedo amarla como usted pretende princesa... Soy un viajero, un espíritu libre. No deseo atarme a un solo puerto ni a una sola mujer. 
-Eso no importa -repitió Medea una vez más- dame lo que tengas, el poco cariño que tengas para mí, que yo sabré conformarme.
-¿Está usted segura? 
-Tan segura como que eres lo que más quiero en el mundo.
-Entonces acepto.
-Me haces muy feliz.


Medea, con lágrimas en los ojos, hundió el rostro en el pecho de su amado, abrazándole desesperadamente, como los moribundos se asen a la vida cuando la boca del inframundo se abre ante sus pies. Él la abrazó fría e inexpresivamente y, con un beso en los labios, desencadenaron juntos aquella promesa de infelicidad que pendía sobre la cabeza de la princesa desde el instante mismo de su nacimiento.





sábado, 22 de septiembre de 2012

La luna





La hija del Tiempo salió temprano de sus habitaciones en el sagrado castillo de su padre. Comenzó a caminar por los amplios jardines y no tardó mucho en llegar a un arroyo que desembocaba en un lago de plata. Se despojó de sus ropas y se introdujo en las frescas aguas. Después del baño, enjuagó y secó su larga cabellera negra que contrastaba con la deslumbrante blancura de su piel. Ahí, donde las gotas que caían de su cabello se perdían en la tierra, nacían las flores más hermosas, con el mismo aroma que guardaban las suaves fibras capilares de las cuales habían caído. Anduvo un rato por la ribera pensando en la sensación de felicidad que la embargaba y agradeciendo a los dioses por ello.

Se detuvo frente a una visión extraña. Un extranjero, venido de muy lejos, sin duda, ya que no vestía con los colores del reino. Debía ser un guerrero, pues tenía la mirada dura y lejana, los dorados cabellos caían hasta los hombros y su piel, a diferencia de la blancura de la princesa, era levemente rojiza. Él no le vio. Bebió un poco en las aguas del lago y dejó que su cabalgadura lo hiciera también. Después se marchó sin mirarla siquiera.

Ella le siguió, durante un tramo, a través de los bosques que circundaban el castillo pero no le alcanzó. Sentía curiosidad. Quería saber todo y más de aquél extraño. Cuando lo perdió de vista regresó a su hogar, la mirada inundada de tristeza y los brazos lastimados por los espinos del bosque, lugar al que nunca antes se había aventurado.

Su padre, anciano y sabio, blanco y deslumbrante como ella misma, adivinó algo diferente en su actitud.


-¿Qué sucede, niña mía?
-Vi a alguien. Distinto a nosotros. No pude preguntarle quién es. Le seguí pero no le alcancé. Monta una  bestia desconocida para mí.
-¿Por qué le seguiste?
-Porque no me vio y nunca me había pasado eso. Incluso las flores voltean al verme pasar y el manantial acelera su paso para darme la bienvenida con sus mil voces, las aves guardan silencio cuando saben que vendré y el viento detiene su continua marcha en el instante en que mis pies suenan en la hojarasca...
-¿Qué esperas de ese guerrero entonces? -dijo el Tiempo tristemente, sabiendo que el momento que tanto temía estaba por llegar.


La princesa se sorprendió por un momento. Luego recordó que su padre lo sabía todo. Siempre lo sabía.


-Quiero que me vea. Que su mirada me de calor. Ser importante para él. Creo que estoy enamorada.


Su padre le miró con ternura y tristeza. Le dijo lo que tenía que ser dicho. Era su deber. Lo había sabido durante siglos y ahora había llegado el temido instante.


-No puedo ayudarte.


El Tiempo vio a su hija salir por el portal, vio alejarse su reflejo en el mármol blanco del amplio corredor y suspiró resignado, consciente de que nunca más la iba a ver entrar por ese umbral. Él mejor que nadie sabía que el destino debía cumplirse.

La princesa llegó  a la orilla del lago y lloró largamente, Lloró tanto que las aguas del lago subieron de nivel hasta alcanzar a cubrir los blancos tobillos y las hermosas pantorrillas. El espíritu que habitaba en el fondo del espejo de plata se compadeció de ella. Salió de las profundidades entre reflejos dorados, rojos y púrpuras. La princesa se protegió un poco los ojos con la mano derecha para poder mirarle.


-¿A qué se debe su llanto, princesa? -preguntó
-Quiero algo que no puedo conseguir.
-¿Qué desea?
-Que el guerrero de los cabellos dorados me mire, quiero poder seguirlo a donde él vaya, que sepa que lo necesito para poder continuar siendo.
-Ya veo.
-Y mi padre no quiere ayudarme.
-El Tiempo no puede, princesa. No tiene el poder. Pero yo sí.


La hija del Tiempo miró sorpendida al espíritu del lago  e hizo la pregunta:


-¿Tú puedes ayudarme?
-Sí. Pero solo si es algo que realmente desea.
-Es lo que más quiero.
-Aunque eso implique perder todo lo que conoce hasta el momento.
-¡Sí! -respondió la princesa.
-¿Quiere usted acompañar al guerrero que nunca se detiene en su viaje?
-Sí quiero.
-¿Por cuantas jornadas?
-Para siempre. Por toda la eternidad.


El silencio reinó de pronto. Pareciera que el espíritu del lago dudara de lo que estaba escuchando.


-¿Está segura de lo que pide?
-Sí -dijo ella firmemente.
-Necesito a cambio su cabello. No lo necesitará en el lugar a donde va. Cierre los ojos.


La hija del tiempo sintió un leve mareo. Se elevaba sobre el suelo, flotaba. Comenzaba un viaje eterno. Se convertía en la luna y el rubio guerrero, debido al deseo de la princesa se convertía en el sol. Justo en ese momento y en ningún otro es que el día y la noche comenzaron a existir.  

La luna aún trata de alcanzar al sol en su interminable viaje y recibe su cálida mirada, para poder ser. Cuando el sol no la ve, la luna simplemente no existe. Sin embargo, sus lágrimas de tristeza quedan regadas sobre la negra bóveda celeste y aparecen pequeñas luminosidades a las que los hombres han tenido a bien llamar estrellas.

Desde entonces, como recordatorio del mágico trato con el espíritu de aquél lago de plata, en la transición del día hacia la noche, el horizonte vuelve a cubrirse con sus resplandecientes colores. Y el anciano Tiempo, viendo por la ventana, envuelto en su manto de armiño,  recuerda que hace muchos siglos él tenía una hija que corría por los jardines de su castillo y que se forjó una romántica maldición que la tendría atada a un trágico destino hasta los confines de la eternidad.

-Le seguirás por siempre, mi niña, y te mirará, sin duda. Su viaje será tu viaje y lucirás tu blanca belleza gracias a él. Le seguirás por siempre -repitió el Tiempo- pero jamás estarán juntos: ese fue tu deseo.


sábado, 1 de octubre de 2011

Te extraño



Te extraño. Con nadie he podido hablar de cine como lo hacía contigo. A todas ellas les eran ajenos los Kubrick, los Bergman y los Lynch. Extraño tu mano acariciando mi pierna en la penumbra de los ciclos dedicados a Hitchock y las tardes completas analizando y comentando The Birds.

¿Recuerdas ese viaje que habíamos planeado? Decidí hacerlo solo, a falta de ti.




Fui al festival. Ése, al que teníamos tantas ganas de ir. Hubiese deseado caminar contigo, tomados de la mano, por las calles empedradas de ese pueblo perdido en las montañas, sentir junto a ti el frío que esa noche calaba hasta los huesos.



Te imaginé durmiendo a mi lado y extrañé tu cabellera derramándose sobre la almohada cuando desperté en el hostal, cuando corrí a la ventana a llenarme los pulmones de aire fresco y del azul del cielo la mirada.



Extrañé tu plática, tus comentarios divertidos y acertados, mientras emprendía el camino de regreso al pueblito: 25 minutos de viaje a pie ambientado por los sonidos de la naturaleza.



Sentí el deseo, el irreprimible deseo de contarte las sensaciones que tuve la noche anterior, cuando me llevaban hacia el hostal en la camioneta y solo veía oscuridad alrededor de la misma. Eso sin contar que me llevaban hacia un hostal... ¡un hostal!

A final de cuentas, el festival era de películas fantásticas y de terror. Y yo ya estaba en el papel, la adrenalina al 100, expectante... En cualquier momento un psicópata saltaría al sendero e intentaría asesinarnos al chofer y a mi... ¿O sería el chofer el psicópata?

Sí, lo sé. Demasiado Gore es nocivo para la salud.




Tanto caminar me dio hambre. El pueblo despertaba y mi apetito también. Me dirigí al mercado y pedí una quesadilla de maíz negro. Luego un tamal de rajas tan picante como no había probado otro en la vida. Después me quemé los labios con atole de tamarindo. 



Te extrañé en la fila de acceso y en la presentación estelar. Extrañé abrazarte, rodear tu breve cintura con mis brazos y esas cosas que suceden entre nosotros en las salas de los cines. Extrañé tus ojos café y tu perfume. Tu voz delgada y tus reproches.

Te extraño hoy, metido en esta caja, rodeado de silencio y oscuridad. Tengo frío. Estoy añorando tu presencia y deseando un beso tuyo. Uno al menos. Tal vez eso me devolvería un poco de calor...

Te extraño...


sábado, 3 de septiembre de 2011

He perdido el corazón

[...]
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos, 
entregándose, dándose a cada rato, 
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
[...]
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, 
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas. 
Los amorosos se ponen a cantar entre labios 
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.


Los amorosos. [Fragmento]. Jaime Sabines.




Han pasado diez minutos desde que subí al bus que correrá la ciudad durante media hora más, antes de llevarme a mi destino. Me entretengo en observar jóvenes hermosas e imaginando historias para ellas y para cada personaje que camina por las aceras: El payaso, el agente de tránsito, la viejecita de cabellos blancos, la prostituta de la esquina...

Mi transporte se detiene y veo a dos chicos subir. Él es alto y espigado y ella tiene una cabellera lacia que cae esplendorosamente sobre su espalda como una cascada. Una pareja de adolescentes enamorados, lo sé. Lo deduzco por la manera  en que se devoran con la mirada.

Me veo forzado a sonreír, a recordarme en circunstancias similares, amando con los ojos y las manos, con los labios y los sueños. Hubo un tiempo en que circunstancias idénticas provocaban en mí -debo aceptarlo-, cierto sentimiento de envida.

En aquellos lejanos días, pensar en Los amorosos de Sabines resultaba irreprimible al contemplar la escena.

Es impactante notar de súbito que, desde hace años, las descaradas muestras de cariño que los otros amorosos se prodigan frente a mí, ya no mueven ninguna de mis fibras. Tal descubrimiento me hace sonreír asombrado y satisfecho: he dejado de sentir y de añorar.

Ahora me doy cuenta que, en algún punto del camino, he perdido el corazón...