sábado, 14 de enero de 2017

Armando Palomas




I

Supe de la música de Armando Palomas cuando recién despuntaba el siglo XXI. Se había desvanecido ya la histeria  del Y2K y el consabido fin del mundo; vivíamos los albores del nuevo siglo entre una mezcla de incertidumbre, desasosiego y esperanza.

Mi padre había muerto y yo estuve a nada de que me corrieran de la ingeniería por una materia que debía. Afortunadamente, todo quedó en una baja temporal, mientras me regularizaba. Así que tuve que buscar una manera de ganar dinero, pues mis hermanos tenían que seguir comiendo.

En ese tiempo comencé a trabajar  en el otrora famoso, pero para entonces ya en pleno declive Salón Chapa Internacional. El equipo era compacto: El Capitán, Fernando, Balta, Othón, Beto, a veces El mameiker y la mano derecha del capi, Edgar, apodado El Greñas.

Me aceptaron como lavaplatos, luego trabajé en la barra, que no era más que tener listo el servicio de hielos y refresco cuando los meseros titulares lo requerían. Además, apoyar en cualquier cosa que hiciera falta, como trapear el refresco que tirara algún idiota invitado pasado de copas. Chalán de mesero, por así decirlo. Luego fui aprendiendo el oficio.

Antes de la jornada y al terminar la misma, nos concentrábamos en el asqueroso cuartucho  que hacía las veces de vestidor. Ahí nos cambiábamos, nos poníamos la camisa blanca de almidonado cuello de pajarita, la faja lustrosa y la maldita corbata de moño. En ese lugar dejábamos las mochilas con nuestro cambio de ropa y  era ahí también donde se nos pagaba. A ese lugar, cubierto de una polvosa alfombra azul llena de manchas de grasa, circundada por sillas destartaladas reparadas hasta el hartazgo, le decíamos La Perrera.

En muchas ocasiones, El Capitán me pidió que llevara la guitarra y nos amanecíamos cantando y bebiendo en La Perrera. El alcohol nunca faltaba, ya fuera un obsequio de la gente de la fiesta (sobras, muchas veces), o la reserva que se guardaba en un destartalado mueble de MDF, que parecía rescatado de la basura y amenazaba con derrumbarse en cualquier momento. En ese mueble también había una vieja grabadora negra, manchada de pintura marrón, a la cual le faltaba la puerta de uno de los reproductores de cassettes y dos botones.

El Greñas era el más locochón de todos y el más aventurero. Le gustaban los excesos, las borracheras que terminan con lagunas mentales. Solía irse cada año al Festival Cervantino y pasarse una semana alcoholizado. Al terminar la mesereada del sábado, nos contaba sus hazañas.

Fue después de una de esas borracheras épicas en el Cervas, cuando llegó con un cassette en la mano, con la emoción desbordada y abriendo mucho los ojos, para decirme:

Güey, tienes que sacar estas rolas. Están bien chingonas. 

Eran canciones de Armando Palomas. Ahora que tengo varios de esos materiales en mi colección personal, puedo decir que esa producción era la que corresponde al título Tequila Coyoacán.

Esa noche escuchamos la grabación, el preciado tesoro con que se había hecho El Greñas, en nuestro acostumbrado after de meseros. Las rolas de ese cassette, se convirtieron en parte de nuestra rutina, de nuestra cultura general, de nuestras bromas repetitivas e incluso, en la música de fondo que se escuchaba en mi habitación mientras la aseaba, lo cual me ocasionó varios regaños de parte de mi madre, por estar escuchando groserías.

Un día murió El Greñas. Una sobredosis, quizá. Nunca lo supe o nunca lo quise saber. Fue un asunto muy triste. Lo despedimos su familia, sus compañeros meseros y sus compañeros de la maestría en Biología que seguían haciendo bromas acerca del peyote. El tipo aún alcanzó a darse el gusto de pedir que en su funeral se tocara la música del Palomas. Y así se hizo.


II

Hace ya muchos años de eso. Después me hice aficionado de hueso colorado a esas canciones.

Esperaba expectante que el dichoso Palomas amagara con presentarse en el también extinto León de Mecenas, Peña-Bar muy conocida en mi ciudad. Yo era de los primeros en comprar los boletos. Me impresionaba cómo una sola persona, con nada más que su guitarra, podía prender a un público que parecía tan variado y lo iba llevando en un viaje por distintos ritmos e historias, sobre una montaña rusa de emociones, usando como vehículo composiciones que muchos de los ahí presentes apenas escuchábamos por primera vez.  

Después, dejó de presentarse y coincidió que el León también cerró sus puertas. Uno de mis cuates salió totalmente decepcionado del último concierto en el que coincidimos en ese lugar. 

Me dijo:

―No, güey, ese cabrón  ya tocó fondo. Casi se saca el chilaquil ahí enfrente de toda la gente, valiéndole verga que en el público hubieran el chingo de morras y de ñoras... No vuelvo a venir, qué pinche falta de respeto.

Eso yo no lo vi. Supongo que fue antes de que el Palomas llegara dando tumbos al baño del bar, de donde yo iba saliendo, para alvianarse y, después de la grapa, poder regresar al escenario ya más tranquilo.

Años después, anunciaron que volvería a presentarse en la ciudad, en un lugar de la periferia del cual no recuerdo ni el nombre. No era la gente que usualmente lo traía, pero estábamos ávidos de sus letras provocativas, de su desparpajo en el escenario. Varios incautos estuvimos esperándolo ahí algunas horas. Nunca llegó. 


III

Hace una semana recibí el siguiente mensaje privado en el féisbuc

Hola, ¿te gusta cantar? Comunícate a éste número. Creo que podría interesarte.

La chica que lo escribió, no estaba en el listado de mis contactos. Hice clic con el ratón de la computadora, para ver su perfil.  La foto mostraba a una hermosa mujer, treinta y pocos años,  posando de perfil, usando minifalda con estampado floral y presumiendo unas maravillosas piernas. Hice lo que cualquier hombre en mi situación haría: la acepté de inmediato, sin pensarlo siquiera. 

Con cierto recelo le pregunté cómo sabía que a mí me gustaba cantar (hace algún tiempo había muchos problemas en el estado y uno de los temores generalizados, eran los secuestros). Me contó que un amigo en común se lo había dicho. Ya más tranquilo, le marqué al número que me había dejado, pensando que me invitaría a alguna audición para ser vocalista de una bandita local, lo cual ya me estaba emocionando.

La propuesta que tenía para mí, me dejo perplejo:

Entiendo que te gusta la música de Armando Palomas. Te comento que estamos organizando el evento en el que se va a presentar ahí, en tu ciudad. Así que te pregunto: ¿te gustaría abrir el concierto?, ¿Te gustaría ser  telonero en el próximo concierto de Armando Palomas?

Mi respuesta fue un rotundo sí. ¿Cómo iba a desperdiciar esa oportunidad? No se trataba solo de asistir a un concierto de él una vez más, sino a (casi) compartir el escenario con alguien cuyas rolas habían marcado mi vida en los años más recientes. Yo quedé fascinado con la idea. 

Como dije, eso fue hace una semana. Todo fue tan repentino que no sabía qué rolas pudiese presentar. Mi mayor problema es que cuando estoy echando desmadre con mis amigos, toco canciones del Palomas. Pero en su concierto, no haría eso. Me parecería una falta de respeto para el artista. Así que, me encontré con la terrible situación de no saber qué tocar y con muy poco tiempo para preparar algo decente. Afortunadamente existe el internet y lo pude solucionar con tutoriales del YouTube.


IV

Ahora estoy llegando al lugar del evento. Me tiemblan las manos y las piernas. Veo un montón de Choppers y rockeros vestidos de negro. El tipo de seguridad no me quiere dejar entrar. Le señalo la guitarra y le digo que voy a tocar. Llama a alguien por la radio. La voz metálica en el aparato dice algo ininteligible y el gorila me hace el ademán de que puedo pasar. Ya dentro encuentro varias caras conocidas, rostros que vi en los conciertos de hace años. Otros son gente que trabaja o trabajaba cerca de donde yo lo hice por algún tiempo. Varios de ellos no tenían idea de que tocaba la guitarra.  Creo verlos aquí me pone más nervioso todavía. 

La gente comienza a silbar. El evento aún no empieza y ya hay unos tipos ahogados de borrachos en uno de los reservados.  Me piden que esté preparado. Al parecer, debo comenzar a tocar en veinte minutos. Subo las escaleras hacia el escenario improvisado en un tapanco, el miedo desaparece y el hormigueo en las yemas de los dedos, también. Me doy cuenta que soy un pinche afortunado. 

Por lo que yo sé, todo se reduce a dos posibilidades muy concretas: ésto puede ser un absoluto desastre o puede, incluso, salir bien.  Y aun si fuera un total desastre, ¿cuántos podrían jactarse de decir yo abrí un concierto de Armando Palomas?

Así que saco la guitarra del estuche y conecto el cable. El tipo del sonido me confirma que sí se escucha y desde abajo alguien, desesperadamente, me hace señas con la mano.

Ya ―me dice―, comienza ya.

Estoy hecho un lío con las carpeta de las canciones que preparé (no me las sé de memoria, necesito el respaldo de la hoja impresa) y el Iván (guitarrista del Palomas) se compadece. Coloca un atril cerca de mí. Yo, aún en la pendeja le pregunto si lo puedo usar. 

―Para eso lo puse ―me dice― y sonríe con toda la dentadura. Me pregunto si se ríe conmigo o de mí.

Y entonces, frente a un montón de desconocidos, un par de rostros familiares, los borrachos de la mesa de enfrente, las chicas guapas que están de pie cerca de la barra, y todos aquellos que como yo, ya deseábamos que el Palomas volviera a esta ciudad, hago sonar los primeros acordes de una canción que, contra mis propios pronósticos, la mayoría canta, junto conmigo.


V

Pienso. Sonrío. Pienso una vez más. La guitarra, a menudo, me provee de este tipo de maravillosas oportunidades. Estoy bebiendo mi tercera cerveza de cortesía.

Aquél que toca la guitarra, tiene asegurada una copa. Siempre. 

Hace rato, un par de adolescentes me pidieron tomarse una foto conmigo. Doy un buen sorbo y sigo cantando, al igual que los tipos a mi alrededor, las rolas del Palomas a voz en cuello.

Sigo pensando: ¿cuántos hubieran pagado por la oportunidad que a mí se me dio? Creo que aún estoy extasiado. Acaricio la guitarra dentro de su estuche de tela, sonriendo. Recuerdo. Recuerdo noches maravillosas. Ahora escribo en una servilleta la guitarra abre la puerta de oportunidades sorprendentes: la música del Palomas me consigue mujeres y sexo.


Alguien arrastra una silla y se sienta a mi lado. No le presto mucha atención y sigo gritando las letras del Palomas. Ojalá que llueva sangre. La persona que colocó la silla junto a mí aprovecha una pausa en el programa y me dice al oído Me encanta lo que hiciste, cantas muy bien...

Es hasta entonces que reparo en ella, en el escote de su blusa negra, en los cabellos color zanahoria, en la minifalda de mezclilla, en las zapatillas de tacón. Tendrá unos cuarenta y cinco años. Trae un vaso de cerveza en la mano y sonríe mientras me mira. El Palomas comienza Hasta el fondo del zaguán y ella vuelve la vista al escenario y  canta a la par que él, sin equivocarse en ningún momento. En la parte instrumental de la rola, se apoya en mi pierna izquierda mientras se acerca para escupirme cerca del oído un delicioso Me gustas.

Huele a cerveza. Sostengo su mentón antes de que aleje su cara de la mía y la beso, pretendiendo, ingenuamente, que la sorprendo. Nos besamos muchas canciones más y los besos suben de intensidad. Déjame besar tus ojos. Aprovechando la penumbra y que todos miran hacia el escenario, mis manos han viajado desde su espalda a su entrepierna, haciendo escala en sus tetas flácidas y las estrías de su abdomen, donde he creído leer, como si fuera Braille, el nombre de alguno de sus hijos. 

―Cógeme... dice de pronto, entre los besos.

Yo abro los ojos, para encontrarme con los suyos, excitados, suplicantes, vidriosos, extraviados, tan ebrios como los míos. Se erizan los vellos en mis antebrazos. Fingiendo que no la he escuchado, le pregunto qué fue lo que dijo.

―Que me cojas. Quiero sentirte. Llévame a tu casa. Quiero que me penetres con las rolas del Palomas como música de fondo. Eso quiero. Quiero que ése sea nuestro soundtrack porno...

La beso una vez más. Después ambos nos levantamos de nuestras sillas respectivas. Me echo el estuche de la guitarra al hombro y paso el otro brazo alrededor de su cintura, rozando sus nalgas intencionalmente. Salimos del lugar y nos llenamos de besos ebrios, pegajosos, de besos insolentes, descarados; besos tibios, de saliva, de lenguas que luchan, se anudan y se liberan;  besos de dientes lacerantes, besos que escandalizan a los que nos han visto, a esas sombras de las que solo distinguimos los ojos y que apenas pueden imaginar lo que arde dentro de nosotros. 




martes, 1 de noviembre de 2016

Ella canta




La mañana es fresca
y del pasto sin podar 
se levanta un suave olor 
a lluvia nocturna de septiembre

Las nubes contrastan sobre un manto azul sin matizar
y rayos que cortan las hojas de los sauces
se apoyan como navajas paralelas 
en un piso que humea
El mundo despierta frente a esta mirada incrédula.

Y la descubro a ella 
en medio de un mar de ojos de mujer
sus ojos que sonríen
              que resplandecen

Los ojos a su alrededor 
intentan sonreír también
No saben
No pueden

                      La miro 
y entiendo cosas que desconozco
los conceptos caen sobre mis palmas
tan sólidos
que podría exprimirlos o morderlos

Sus ojos también están llenos de preguntas
Un nuevo ¿por qué? 
Se abre camino /  tímidamente en sus pestañas

Al final del sendero de sus ojos 
su boca me espera

Ella es diferente a todo
es la unidad que encierra todas las cosas
Se mueve entre la multitud 
con su elegante gracia
y templa las cuerdas de sus labios
                                                         Ella canta


sábado, 1 de octubre de 2016

¿Cuándo?





Pasó las yemas de los dedos por la nariz de él y dijo algo ininteligible. Pero no era necesario escuchar. Lo único que se necesitaba era entender el momento, la sensación, el ánimo. Todo lo que ella quería decir con aquellas caricias, con los besos, con las frases inconexas referían a una sola cosa: adoración.

Le abrazó, le apretó contra sus pechos desnudos que hacía varios años habían dejado de ser turgentes, volvió a besarle el pómulo, casi en el ojo izquierdo y le preguntó:


-¿En qué momento te convertiste en un demonio?
-El día que te conocí -respondió aquél.


Ella apartó su rostro unos cuantos centímetros, sorprendida.

Vio en él la misma máscara de siempre: frío, calmado, inexpresivo. Ella quiso rebatir.


-Tú ya eras un demonio cuando te conocí. Toda esa maldad ya calentaba tu sangre. Todas esas ideas. Yo solo soy un instrumento para tu placer, un accesorio para tus perversiones.

-Quizá -contestó él, mientras encendía un cigarro- pero el día que nos conocimos todo se potenció, como una chispa que encuentra pasto seco en un bosque. Y como al fuego, ya nada me podrá contener. 

-No quiero que te contengas. Quiero arder en tu maldad -dijo ella mientras sus mejillas se encendían y su voz temblaba, adivinando quizá lo que implicaban sus palabras. Después se acercó a él en un arrebato, para besarlo salvajemente, hundiendo los dedos en el cabello de su amante; extraviada, poseída, delirante; entregándose de la única manera que sabía hacerlo:  sin reservas, diluyéndose en la piel desnuda de su demonio.


jueves, 1 de septiembre de 2016

El atleta



Despierto de mal humor y, la primera cosa contra la que descargo mi furia es ese puto despertador. 
Y no es solo el ruido que taladra mi cerebro o la resaca después de mi visita al bar, anoche. Es que realmente no quiero levantarme. Quiero quedarme aquí, en esta deliciosa cama.

Me cubro la cara nuevamente con las sábanas y duermo diez minutos más, hasta que el despertador vuelve a sonar allá en el piso. Me veo obligado a levantarme para silenciarlo. La caída provocó que se le rompiera una esquina de plástico rojo cuyo pedazo faltante alcanzo a ver cerca de mis zapatos.

Cambio de hábitos. Eso es lo que me repito mentalmente mientras me coloco la ropa deportiva. Hace frío y aún no amanece. Yo, mascullo varias groserías aleatorias. 

Trato de recordar una razón por la que estoy haciendo algo que está totalmente fuera de mis rutinas y que, definitivamente, no me gusta. Es ahora que recuerdo la frase de Lester (con su cara de Kevin Spacey, alcanzando al par de Jim's) explicando: "I want to look good naked". Suspiro con alivio. No es mi caso.

La temperatura, las farolas encendidas y los pocos autos estacionados dan la impresión de que aún es de noche, sin embargo la ciudad ya está despierta, viva. La gente camina con prisa. Yo imagino que cada una de esas personas apresuradas tiene secretos, tal vez secretos sucios, sórdidos...

Llego al gimnasio y el tipo encargado recién está abriendo. Todavía falta un buen rato para que salga el sol. Entramos después de él, una chica y yo. Pienso que hay pocos locos que se levantan a esta hora para hacer ejercicio. Luego me doy cuenta que no es así.

Suena un mix de música electrónica, música de gimnasio. Casi puedo adivinar a cuál Mix de Yutub es al que corresponde. Odio esa pinche sonido, pero esta vez olvidé mis audífonos.

De a poco, se va poblando el lugar. Yo coloco mis cosas en la estantería y después me acerco al fortachón que está detrás del mostrador para explicarle que es la primera vez que acudo a este tipo de lugares, que voy a pagar una mensualidad y le pregunto si es él quien me va a explicar cómo se usan los aparatos. Responde que sí; luego me registra en la computadora y recibe mi dinero.

 Todos se olvidan de lo que están haciendo cuando entra un hombre ya mayor vestido con shorts, una camiseta descolorida y tenis blancos. El encargado le saluda de mano, con una total reverencia, luego los otros cuatro tipos que llegaron después de mí y tres de las cinco chicas que ya se estaban ejercitando se acercan prácticamente corriendo para darle un beso en la mejilla. Le ven pasar abriendo muy grandes los ojos. Quiero pensar que ese tipo es el dueño del lugar.

El personaje en cuestión se adelanta hasta la banca que está cerca de la zona de regaderas y se ajusta los cordones de los tenis. Me vence la curiosidad y pregunto al encargado si ese señor es el propietario. 


No, -me dice con una sonrisa y sin dejar de observar al tipo aquél-, solo es alguien a quien admiramos, un atleta.
-¿Qué clase de atleta? -Insisto yo, que nunca aprendí a identificar el momento en que debo dejar de preguntar cosas.
-Un atleta sexual -responde el fortachón.


Una hora después, camino a casa, exhausto, adolorido y sediento, me sigo preguntando si escuché bien.

Estoy caminando como un autómata, mis ojos fijos en la banqueta, viendo, pero sin mirar nada en particular. Imagino nuevamente que el panadero, el hombre en bicicleta, la señora que lleva a su hijo a la escuela, la enfermera que sube al transporte público, el sacerdote en su auto color verde botella, el taxista, las chicas del gimnasio, el fortachón con calvicie prematura,  las colegialas que pasan en grupos de cinco frente a mí, el gordo que compra galletas, la licenciada que fuma Viceroy, el agente de tránsito y el hombre de los tenis blancos deben tener historias sórdidas, secretos que les avergonzaría contar... Luego decido que es momento de ponerle freno a mi imaginación. Llevo mis pensamientos a otras cosas.

Solo de pensar en que mañana tendré que levantarme tan temprano como hoy, vuelvo a enfurecer. En mis recuerdos, surge en off  la voz de Kevin Spacey diciendo que necesitará unos consejos el día que sale a correr por primera vez. 

También yo requiero algunos. Sé donde encontrarlos. Mañana, sin falta, le pregunto al viejo.
  

lunes, 1 de agosto de 2016

Poesía y poemas



Me despierto. Tras un primer momento de dificultad y enfoque, comienzo a descubrir en mi habitación  las cosas comunes que me rodean. Todo es cotidiano aquí y afuera. Los objetos aquí, los ruidos afuera.

Meto la mano en el bolsillo del pantalón y cae de él una hoja de papel descuidadamente doblada. No recuerdo qué escribí en ella, así que la extiendo para averiguarlo. Las lagunas mentales han sido más frecuentes desde hace dos años. 

Dos palabras, separadas por el operador relacional de diferencia, escritas con un delineador de ojos, me parece. No es mi letra, parece de mujer:


Poema ≠ Poesía


Un poema no es la poesía. La poesía no es igual a un poema. Lo leo tres veces. No entiendo.

Siempre he sido malo con los conceptos. Me visto y la jaqueca me recuerda que me prometí no volver a tomar. No es la primera promesa que rompo y tampoco será la última.

Decido ir a la fuente: preguntarle a un poeta. Conozco uno de verdad: desamparado y sombrío, hundido en la desesperanza, triste como un condenado.

Lo encuentro en el bar de siempre, apoyando los codos sobre la barra. Contempla la espuma de un tarro de cerveza y tararea una canción en inglés de un vídeo que se proyecta en la única pantalla del lugar. Arrastro un banco y me siento junto a él. También pido una cerveza en tarro para mí. Él se da cuenta de mi presencia y me saluda con una ligera inclinación de cabeza. Se acicala la barba entrecana con la mano izquierda, en un gesto que más parece un tic,


–Maestro –digo yo con toda reverencia, –tengo una duda que usted me puede ayudar a resolver: ¿Cuál es la diferencia entre una poesía y un poema?

Me mira con los ojos enrojecidos que he reconocido frente a mi propio espejo, justo a medio camino entre la sobriedad y la embriaguez. Yo he sido esos mismos ojos muchas veces. Demasiadas, tal vez.

Muy simple: la poesía se encuentra en todas las cosas, el poema es una construcción literaria que nos sirve para enunciar la poesía que se encuentra contenida en todo lo que existe.

Ambos quedamos en silencio. Él vuelve distraídamente la vista a la pantalla que ilumina de manera tenue e intermitente la pared norte del bar y yo doy un largo sorbo a mi cerveza. Me concentro para encontrarle sentido a lo que se acaba de decir y comienzo un soliloquio que no exteriorizo.

Sí, es cierto. La poesía existe en todo lo que puedo percibir: un amanecer, la lluvia de anoche, el olor a pan recién horneado, las despedidas en los aeropuertos, el amor que se aleja de mí por carretera, el sexo indiscriminado y salvaje, el aroma del cabello de una mujer, la luna, la tristeza, el beso de los incautos, de los adolescentes. La poesía existe en el dolor, en la agonía, en la desesperanza e incluso en este tarro de cerveza vacío que pido me llenen una y otra vez. Hay poesía en las lágrimas que me rehúso a liberar, en esta sensación de embriaguez, en la cara sucia de las niñas de la calle, en una copa rota, en mi madre, en los accidentes mortales, en las prostitutas...

Si Antonio Machado encontró poesía en Las Moscas, yo puedo encontrarla también, creo. Quiero creerlo. 

Mis procesos mentales me conducen a pensar otras cosas, que se relacionan y no: ¿Sólo los seres humanos entienden la  poesía y crean poemas? ¿Los otros seres, carecen de esta capacidad? ¿Y si todos los seres puesto que son poesía en sí mismos, lo hacen, pero nosotros, en nuestra ignorancia, no podemos entenderlo? ¿Las moscas y los otros insectos son poesía, entonces, ¿escriben poemas?

Me traslado otra vez a uno de esos mundos creados por mi imaginación y descubro a un escarabajo desarrollando un texto poético impresionante. Me pregunto por qué su ritmo, su cadencia y su estilo me parecen tan sublimes. Pronto llego a una respuesta: es obvio, tiene una inspiración, una musa o, dicho de manera más apropiada, una escara-musa...





domingo, 1 de mayo de 2016

Yo no sé escribir poesía


Yo no sé escribir poesía.
A veces, no estoy seguro de saber hablar.

Especialmente cuando vuelves a lanzar
a quemarropa,
sin miramientos,
las preguntas que no he aprendido a contestar.

Quisiera poder escribir como lo hacen mis amigos.

Tener su ritmo, su precisión, su estilo...



¡Desconozco tantas cosas!

Quise encontrar la palabra
para describir lo que siento 
y ninguna resultó adecuada.

Quizá... Quizá podamos inventarla.

Una palabra que hable de ti y de mí,
de los secretos,
de los besos,
de los sudores,
de las miradas,
de las canciones, 
de tus rodillas,
de las botellas que rodaron, vacías, 
de tu imagen en mis párpados cuando apenas despunta el día.

Yo quería escribirte algo, 
pero no sé escribir poesía.


martes, 1 de marzo de 2016

Como siempre



Estoy trabajando frente a la computadora, escuchando la lluvia que cae afuera. Han sido ya un par de horas ininterrumpidas frente al aparato y decido que un descanso me vendría bien. Dirijo mis pasos hacia el refrigerador. Destapo una cerveza y vierto el contenido en mi vaso. Bebo sin prisa y regreso al escritorio. Es un documento importante y debe ser entregado mañana muy temprano.

Se escucha que golpean a la puerta del departamento en sucesiones de tres golpes. Solo hay una persona que toca así y no es usual que venga a buscarme sin avisar y menos a esta hora. 
Ha oscurecido ya y me inquieta que camine por estas calles y más con la lluvia que ha durado toda la tarde... 

Corro el pestillo y abro la puerta incrédulo. Los goznes rechinan y  decido que es tiempo de aceitarlos. Es la tercera vez que lo decido esta semana. 

Me encuentro con el rostro de ella. Me mira detrás de mechones de cabello mojado. A pesar de la oscuridad alcanzo a distinguir por separado sus lágrimas y las gotas de lluvia.

Le abrazo con alegría después de meses de no verla. Como siempre, intento al saludarla besarle la boca. Ella parece aceptar el primer beso, pero rechaza los demás, como hace siempre.


-¿Puedo pasar?


Acostumbrado a  esas silenciosas negativas, solamente le sonrío, mientras le indico con la mano izquierda que puede entrar.

Me cuenta sus problemas como siempre, pero sus lágrimas son un elemento extra, al cual no estoy acostumbrado. Le dejo hablar, En medio de sollozos interminables, hace una pausa, respira profundo, como ordenando sus ideas. 


-Quiero alcohol -dice de pronto.


Le indico con el índice las botellas de tinto, vodka y tequila que aún quedan en el estante. Ella se levanta del sofá  y toma la botella de Smirnoff. La abre con gran facilidad, como de costumbre.


-El jugo de uva está en la vitrina y quedan hielos en el congelador - le digo con la mirada fija en la pantalla de la computadora, donde  he descubierto una falta de ortografía que debo corregir de inmediato.


Se sirve un vaso y luego otro. Seguimos conversando y ella no deja de llorar. Yo logro terminar la redacción del documento y me coloco junto a ella. Se levanta por otro vaso de vodka y vuelve a sentarse a mi lado. Yo paso mi brazo por su hombro. Ella me rechaza como siempre. Cansado del juego, me levanto y pongo en orden los libros y las películas en el mueble de madera.

Ella bebe varios vasos más, no sé cuántos. La dejo desahogarse, como siempre.

Ella gira la cabeza para verme. Dice algo que no esperaba escuchar de su boca.


-¿Me darías un beso?


Ni siquiera respondo sí o no. Simplemente camino hacia el sillón individual donde se encuentra sentada ahora, le quito el vaso de la mano y me coloco a horcajadas sobre sus piernas. Beso sus carnosos labios que saben a vodka, jugo de uva y lágrimas. Me parece que dice algo acerca de las cosas que no están bien, pero al mismo tiempo me pregunta si tengo condones. Solo respondo a esto último, sin dejar de besarla. 

La puerta de mi recámara está a 15 centímetros de donde nos encontramos y llegar a mi cama nos toma cinco pasos. Caemos sobre mis almohadas y los besos no cesan. Se desnuda y me pide -me exige- que no encienda la luz. En la penumbra alcanzo a distinguir sus senos morenos y sus pezones oscuros. Los acaricio con ambas manos y le prometo que la oscuridad seguirá tal como está.

Tenemos una sesión de sexo extraña, donde yo me concentro en ella y ella parece pensar en algo más. Después del coito quedamos abrazados varios minutos, sudando. 

Como si despertara de un trance causado por el alcohol, se  incorpora de manera repentina y me pregunta la hora. Le respondo y ambos coincidimos en que es tarde. Busca su ropa y enciendo la luz. Ambos nos vestimos en silencio. Antes de llegar, nos besamos apasionadamente y nuevamente deslizo mi mano bajo su blusa hasta sus senos. La dejo en su casa y adivino a su madre tras el portón reprobando su tardanza y mi presencia.

Regreso al departamento, apago la computadora que ha quedado encendida y me dejo caer de espaldas en la cama que huele a su perfume. Es imposible no pensar en ella y su imagen en mi mente, me impide dormir. Pasa una hora y luego otra más. Y la vuelvo a maldecir. Como siempre...