sábado, 27 de febrero de 2021

Hoja 18

 

 


No me siento bien.  ¿La causa? No lo sé. Quizá la calidad de la botana que sirven en la cantina, aunque también puedo culpar a la comida grasosa de los últimos días, incluso a las cervezas de ayer noche. Tengo sueño y me cuesta trabajo organizar mis ideas. Alguien me dijo que es posible tener alucinaciones olfativas. Lo recordé porque justo en este momento percibo en la punta de la nariz un olor lejano, como si solo lo soñara, un suave dejo a esa planta que mi madre llama huele de noche. Ese aroma me provoca la misma repulsión que el brandy y por la misma razón: demasiado dulce para mis sentidos. Entre el delirio por mi malestar y mis recuerdos, podría colocar uno de esos arbustos apestosos frente a una casa cercana al río, un mediodía donde el sol caía sobre el mundo sin misericordia, en una calle polvorienta donde pude ser golpeado por culpa de una mujer. A veces las mujeres que dicen querernos más hacen lo posible por destruirnos.

 

Un dolor, como si me pellizcaran las entrañas se me enreda en el estómago. ¿Será parte de ellas, estará dentro de su código genético un afán por destruirnos? Las mujeres saben a dulce y olvidan las citas y los besos, como hace ella. Quizá eso sea lo mejor. Yo mismo olvidé qué bar es al que quería ir. Seguramente lo recordaré en algún momento. He estado aquí metido toda la tarde. No tengo deseos de salir ni de leer ni de hacer ejercicio; ha estado lloviendo y prefiero dormir. Mientras escribo esto, me siento sonreír, una mueca, más que una sonrisa, una mueca triste. Cualquiera diría que son los síntomas de un depresivo. No sé si la gente que me conoce piense que lo soy. Ella, en su templo hecho de piedra, solo es silencio sin respuestas y yo solo quiero dormir, cobijarme, ahuyentar el frío.

 

 Imagen de abigail2resident en Pixabay 

sábado, 20 de febrero de 2021

Inevitable

 


La pluma y el cuaderno se mudaron de horario

las ideas están ausentes

desde ayer

 

Alguna se manifiesta tibia

                                         escondida

                                                          apenas

 

Aquí no hay nada

de no ser por sus ojos

y su belleza

que también es poder

 

Sabe

lo que puede conseguir

a través de su belleza

es

    sin duda

                     peligrosa

 

Hermosas

trampas de goznes lubricados

de resortes tensos

listos para saltar


Lenguas escondidas

detrás de los encendidos labios

                                                    carnadas

 

Irremediables vamos

en pos de ellas

por el mero instinto

 

Nos abrazamos a la trampa abierta y lista

la inevitable mujer

sábado, 13 de febrero de 2021

Hoja 17

 



Martes. He dormido casi toda la tarde. Quizá la medicina para la gripe tenga algo que ver con eso. Llevo varios días sin beber, así que no puedo culpar al alcohol en esta ocasión. Memorias que creía olvidadas me toman por asalto: el taller de rectificación de motores donde pasé los veranos de mi época de bachiller. Ahí leí varios de los libros más interesantes de mi juventud, entre olores de gasolina, grasa de motor y sosa cáustica. En ese librero de madera pintado de amarillo encontré el Drácula de Bram Stoker, Los Hornos de Hitler, El Kraken, Los niños del Brasil, El Imperio contraataca, Sybil y otros más. Mi padre había solicitado a la dueña del taller su permiso para montar una pequeña biblioteca. La señora Abraham no solo accedió, sino que mandó colocar el librero y donó los primeros volúmenes de la incipiente colección. Oro molido para un adolescente encerrado en esa bóveda que seguía siendo oscura, a pesar de las barras fluorescentes que pendían a varios metros del suelo. El lugar estaba lleno de tesoros para el que estuviese decidido a encontrarlos (y yo tenía dos horas de libre exploración todos los días, cuando los trabajadores del taller —excepto mi padre— salían a comer a sus casas). Cada área en que se dividía el taller, contaba con un tosco baúl metálico que hacía las veces de pequeño almacén, armario, refrigerador y altar para alguna figurilla de la virgen de Guadalupe, iluminada por un foquito rojo de15 watts. Las revistas ocultas en esos baúles ya lucían viejas y gastadas cuando yo las encontré. Ahí se escondía la otra literatura, la de barriada: revistas de segunda o tercera mano, el porno de los pobres. Me gustaban las modelos envueltas en telas vaporosas, camisones transparentes, luciendo sus baby doll rematados en encajes, pero lo que más me gustaba de esas revistas, eran los cuentos.  Han pasado tantos años que ya no recuerdo el título del texto ni el autor, pero era mexicano, sin duda. Tenía mucho del estilo de José Agustín o quizá Óscar de la Borbolla, a los que luego re-encontré en una antología de cuentos que aún sobrevive en casa de mi madre.

 Usualmente, cuando leo, alguna frase que me atrapa permanece en mi memoria. En el cuento El infierno tan temido, son dos palabras: piel cetrina. Yo no había escuchado a nadie usar esa palabra. Cetrina. Ese era el color de la piel de esa mujer. Recuerdo la infidelidad del padre del protagonista y mi sensación de certeza al terminar de leer el cuento, la conclusión de que tenemos la maldita costumbre de echar a perder las cosas cuando éstas se encuentran bien. Amamos el conflicto, la confrontación y el riesgo. Al menos yo sí.

 Adictos, así nos llaman.

sábado, 6 de febrero de 2021

Me he quedado sin voz

 


Me he quedado sin voz y sin ideas

a nadie le interesa lo que tengo que decir

 

Es un asunto entendido

el que cierra los ojos un momento

irremediablemente los cerrará por más

 

Las sombras que las cosas proyectan

no pueden ser la verdad

Un objeto jamás será su sombra

La percepción individual es subjetiva

y cada quién

es dueño de sus propias verdades

 

Otra caja de cartón

aprisiona el movimiento en sucesiones de luz


como fotografiar muñecas de plastilina

 

Otro ídolo de barro

escupe palabras al centro de la multitud

 

¿Cuántas trompetas 

para que la bestia embista el mundo con su furia?

 

El mundo se envuelve de luces rojas

mis amigos escuchan las voces de sus Tonales

un cuervo 

un venado

y el símbolo último

de un color que no recuerdo

 Sigo dormido

los ojos abiertos


La mujer vestida de blanco jura que me quedaré sin voz

me advierte la censura de mi garganta

¿por qué?

 

Persigo a Alicia sin remedio

a través de la cueva de las chácharas inservibles

y la música de azotea

y las cervezas

y la lluvia de las cuatro de la madrugada

hasta estrellarme al fin contra el muro de concreto

para caer 

              nuevamente 

                                  sobre la suave túnica del sueño