sábado, 3 de marzo de 2012

La tradición



La habitación prácticamente sin decoración en las paredes, ladrillos desnudos y gastados por la acción del tiempo, testigos silenciosos de reuniones como ésa, aunque no tan antiguos como la tradición que  se encargaba de reunirnos en aquella cabaña alejada de nuestra cotidianidad. 

Me levanté para ir hasta la mesita de estar. Agua y vino en los jarrones, como siempre. Me serví un poco de la roja bebida y volteé a ver a mis compañeros. 

Les vi sentados en las incómodas sillas de madera, mirando fijamente la vela colocada al centro de la mesa, cada uno absorto en sus propios pensamientos. Llevábamos veinte minutos en total silencio. Ninguno decíamos nada. Se adivinaba en el aire que ninguno de los tres nos sentíamos preparados para cumplir con los sagrados ritos impuestos por La Tradición. Ni Rehael, el contador, ni Germaín, doctor recién recibido y mucho menos yo.

Pero era nuestro deber estar ahí. Deber heredado por línea sanguínea directa. Los tres. La triada...

Rehael levantó la vista y preguntó sin más preámbulos:


-¿Lo hiciste?
-¿Hacer qué?
-Terminar con ella.


Las familias de nuestros padres se frecuentaban desde que eramos pequeños. Luego coincidimos en los rituales de iniciación. Por decirlo de alguna manera, teníamos cierto grado de amistad que nos daba derecho a hacer ese tipo de preguntas personales.


-Aún no...
-¿Y qué esperas? Recuerda que tener a alguien cerca de ti, te vuelve vulnerable. Es peligroso para ambos.
-No sé qué decirle. No tengo la más remota idea de qué decirle...
-Dile la verdad.


Sonreí sin ganas. Me imaginé a mi mismo diciéndole a Alma que tengo el deber de enfrentar un peligroso demonio que habita la tierra desde antes que el hombre empezara a caminar sobre ésta, y que debo prepararme por un periodo de 90 días para hacerle  frente, apoyado, claro, por dos tipos a los que nunca mencioné, pero que conozco de toda la vida, obligado por una tradición milenaria de la cual puedo hablarle menos aún. Se lo comenté a Rehael.


-Tienes razón. Suena cómo si lo hubieras inventado. ¿Qué vas a hacer entonces?
-Decirle alguna mentira que suene más convincente.
-¿Como qué?
-Que necesito estar solo...
- ¿Y te va a creer?


Alma era una mujer inteligente, segura de lo que deseaba y metódica hasta la exageración. Sin duda, una justificación como la que recién se me ocurría, habría sido hecha trizas con buenos argumentos.


-No. Conociéndola, le parecerá una razón sin solidez...
-A mi también me lo parecería.


Germaín, el mayor de los tres y quien hubiese permanecido inmóvil desde hacía un buen rato, se levantó de pronto y nosotros guardamos silencio. Sacó de uno de sus bolsillos el antiguo reloj grabado con las insignias de La Logia y nos indicó con un gesto que también nosotros tomáramos nuestros instrumentos rituales. 


-Es hora - dijo.


Hizo girar el picaporte y, antes de que saliéreamos, se dirigió a mi con una sonrisa condescendiente: 


-Dile que eres gay. Eso nunca falla...



4 comentarios:

  1. jajajajajaja no me esperaba eso último...
    pero bien!
    Salud!... kika

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  2. De por si decir: "tengo el deber de enfrentar un peligroso demonio y que debo prepararme por un periodo de 90 días para hacerle frente, acompañado, claro, por dos tipos a los que nunca mencioné..." ya suena bastante gay...

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