viernes, 31 de octubre de 2014

El disfraz



Abro los ojos cuando aún no ha sonado la alarma en el despertador. Una vez concluida la temporada de lluvias, debo confesar que me sorprende esta claridad dominical, así que decido salir al patio a respirar la fría tranquilidad. 

El día está fresco, pero se alcanza a apreciar que ya hay un poco de sol en mi azotea. Subo la escalera y me protejo con la mano derecha de la luminosidad del astro rey.

Me asomo a la calle y me hace sonreír un espectáculo que hace mucho no veía:
La humedad en los techos de distintos materiales -concreto, lámina de cartón, teja-, al ser tocada por el rayo del sol comienza a vaporizar, se eleva unos 15 o 20 centímetros en formas caprichosas y luego desaparece. 

Se oye ladrar un perro a unas cuadras de distancia y el sonido de un camión de carga, más lejano aún.

Tres figuras aparecen al fondo de la calle, de las cuales solo alcanzo a distinguir las siluetas; sin embargo, me doy una idea de la ropa que llevan puesta y adivino a lo que se dedican.

Desde mi puesto vigía en la azotea de mi casa observo cómo avanzan. A cada paso, las puertas se cierran, los pestillos se corren, las madres  aconsejan a sus hijos no hacer ningún ruido... El temor hacia aquellos personajes es manifiesto.

En muy poco tiempo, la calle entera queda en silencio.

Está decidido: para la fiesta de All Hallows Eve del fin de semana, definitivamente mi disfraz será de Testigo de Jehová...

2 comentarios:

  1. jajajaja sí esos dan mucho miedo, te escondes debajo de la cama porque huelen que estás ahí... en algún rincón.

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