sábado, 4 de agosto de 2012

Deja que brille el sol





-Te quiero mucho –le dijo ella.

Sin embargo él pareció no escuchar o tal vez no escuchó.

                La música del café aunque no estaba fuerte, obligaba a las personas a hablar más alto de lo normal.

                Tenían poco de haber llegado, ella tomaba chocolate frío y él café caliente, parecía malhumorado y se veía pensativo.

                Ella intentó besarlo y él la apartó con el hombro.

                -Ya no te quiero, ya no quiero estar contigo – murmuró, no la miraba a ella, veía la taza de café, le daba vuelta tras vuelta, dio un sorbo, lo dejó de nuevo en la mesita de vidrio, pasaría una eternidad hasta que volteó a verla.  Ella lloraba en silencio, justo en ese momento dos lágrimas brotaron de sus ojos, saltaron al mismo tiempo con una sincronía de clavadistas chinos y se perdieron en su pantalón negro.

                Llegó el mesero para ofrecerles algo más, él pidió otro café y ella nada más.

                La música seguía.

                El repitió lo mismo pero ahora más alto y mirándola a los ojos: “Ya no te quiero, ya no quiero estar contigo.”

                Ella sintió que todo el mundo lo había escuchado y él pensó que todos lo veían.

                El abrió la boca para decir algo más pero ella no esperó, se levantó, había dejado en la mesa un billete de 50 pesos y se marchó.

                El la vio alejarse, bajaba las escaleras y pareció que el sol se ocultaba, conforme fue bajando se oscurecía,  su cabello rubio se perdió de vista, todo quedó en tinieblas, pero él no lo notó, estaba ciego de todos modos.

                Se quedó solo, como la luna de esa noche.

                Apresuró su café y pidió la cuenta, el mesero llegó casi de inmediato, pagó el importe, pensaba dejar el billete como propina pero lo tomó y lo miró, era lo único que le quedaba de ella.

                Eso... y su cabello.

                Eso… y su mirada.

                Eso… y su sonrisa.

                Eso… y sus manos.

                Eso… y sus ojos.

                Eso… y su voz.

                Eso… y sus labios.

                Eso…y sus besos.

                Eso… y que siempre lo quiso, fue la única que lo quiso, se lo demostró tres mil seiscientas veces por hora al día.

                La lluvia se soltó de pronto.

                El corrió a buscarla, miró hacia todos lados pero no la vio, una ambulancia en una esquina rodeada de curiosos llamó su atención, pensó lo peor, la ambulancia se fue antes que él llegara y los curiosos se disiparon, preguntó a uno qué sucedió.  Un ciclista, golpeado por un conductor distraído, no era ella.

Anduvo largo rato bajo la lluvia buscándola.

                Buscó refugio bajo el toldo de una tienda y la llamó… no contestó, llamó a su casa… no estaba.

                Cada vez que la llama no contesta y en su casa no está, va a buscarla y no la encuentra.

                Pasaron meses haciendo lo mismo, dejó de buscarla y de llamarle.

                Hoy la vio después de dos años, estaba radiante, brillaba, su sonrisa lo iluminó todo de nuevo, llevaba un niño, rubio también y hermoso, con ellos dos iba otro, otro que no era él pero también brillaba, tres soles bellos y felices; quiso hablarle pero se acobardó. Los miró hasta que los perdió de vista, todo se oscureció de nuevo pero esta vez sí lo notó.

                Ella no lo vio y qué bueno, porque al sol siempre lo eclipsa la luna.

7 comentarios:

  1. Para mi, el mejor de Augusto que he leído hasta ahorita, muy emotivo, excelente trabajo, felicidades.

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  2. Me hizo llorar mil lágrimas. Mucha inspiración.
    Samantha

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  3. Estoy de acuerdo. Excelente trabajo mi estimado Augusto.

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  4. Gracias amigos por sus comentarios, me da gusto saber que no le hablo a las piedras.
    Augusto.

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  5. Muy bueno Augusto, tienes talento.

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  6. Excelente calidad literaria y gran creatividad.

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