miércoles, 1 de abril de 2015

El álbum



Tomó el álbum de fotos entre sus manos. Lo contempló largamente y en silencio, como si no se decidiera a abrirlo. Las pastas eran gruesas y duras y, sobre un collage de recortes de partituras, aparecía una rosa de pétalos azules.

Acarició la orilla de la portada con los dedos medio y pulgar de su mano derecha, hasta hacerlos coincidir en la esquina inferior derecha. Y entonces lo abrió. 

Una andanada de recuerdos vino a su mente mientras recorría las páginas del álbum fotográfico, sonriendo y evocando los momentos de aquella historia, imposible de olvidar dada su intensidad.

Detuvo su exploración, y el sucesivo pasar de las hojas. Una fotografía en particular llamó su atención. La sacó de aquella página plastificada y  miró el reverso. Sonrió una vez más:  29 de junio de...

Y los recuerdos seguían acudiendo a su memoria, cada vez con mayor claridad:



Era un poco más de las tres de la tarde de un día que había comenzado frío, pero que ahora no lo era tanto. El mensaje de texto ya era esperado, así que lo leyó en cuanto sonó su móvil: Ya estoy aquí.

Respondió de manera simple: Sube, estoy en la oficina.

Era viernes. Para esa hora todos los compañeros de trabajo ya habían salido, dispuestos a gastar sus quincenas lo más rápidamente que les fuera posible y por esa razón el lugar estaba desierto. Solo se escuchaba el viento pasar entre las hojas de los sauces en el jardín contiguo.

Él sintió su presencia y giró la cabeza hacia donde estaba la hermosa visitante. Su silueta contrastaba contra la luminosidad del sol cayendo a plomo allá afuera, detrás de ella. Llevaba unos botines de gamuza, con tacón alto y agujetas. El cierre, de unos cinco centímetros, por la parte interna y en la externa un adorno en forma de hebilla. Sus piernas eran ajustadas por unos mallones color café oscuro. El color predominante en la minifalda era el gris y sobre la blusa clara traía una chaqueta corta, de esas que las mujeres llaman toreritas.


-¿Ya terminaste? -Preguntó ella desde el umbral.
-Ya. Solo estaba apagando la computadora. -contestó él.
-Perfecto.


Ella comenzó a andar hacia el escritorio, mirándole fijamente. Él disfrutó cada paso que dio, siguiendo con la mirada esa cadera que se balanceaba con aquella sensualidad innata en ella. Se detuvo frente a él y se inclinó, sin doblar las rodillas, para besarle en los labios mientras  sostenía la cara entre sus manos. Él correspondió a la tibia caricia cerrando los ojos. 

Ella se sentó sobre las piernas de aquél hombre, de frente y sin retirar la mirada, acercando su sexo al de él, quién por mero instinto volteó hacia la puerta, deseando que ninguno de sus compañeros llegase y los descubriera. Pero un pensamiento lo tranquilizó: viernes de quincena...

Consciente de ello, metió ambas manos por debajo de la falda, hasta sostener con ambas las bien formadas nalgas de la chica, siguiendo el movimiento, la cadencia, el vaivén que ella había comenzado minutos antes.  

La observaba complacido. Toda ella era excitante: los ojos grandes y expresivos, los labios intensamente rojos, el largo cabello oscuro, las mejillas encendidas a causa del roce íntimo.

Sacó sus manos de donde estaban y exploró con sus dedos aquella espalda debajo de la blusa, mientras la besaba entre el cuello y la mandíbula. Deslizó ambos índices suavemente y con habilidad en un movimiento que ascendió por las vertebras dorsales, hasta llegar a la altura de las escápulas. Desandó después aquél camino y, tomando la blusa por el frente con sus manos, la subió delicada y lentamente, hasta dejar al descubierto un par de senos hermosos, perfectos, como cincelados por escultores griegos. Aquella piel temblaba, ávida de caricias...


Sus recuerdos se interrumpieron de pronto, por el inoportuno sonido del teléfono en su escritorio. Bufó con evidente molestia y cerró de un golpe aquél álbum de pastas gruesas. 

Se levantó de la salita para atender la llamada y aún se dio tiempo de pensar en aquellas fotos, en aquella historia -corta pero intensa-, registrada para siempre en imágenes; en aquella mujer hermosa y atrevida que le seguía excitando y en el genuino arrepentimiento de no haber tomado aquella foto, frente al espejo de la posada y mientras ella se vestía: esa que siempre reclamó y de la que probablemente siga pensando que él mantiene oculta en su colección privada, únicamente para su deleite personal...



domingo, 1 de marzo de 2015

La pelirroja




Él siguió escudriñando detenidamente el piso de la habitación. Después de cinco minutos de labor, consideró terminada su cacería. En la mano izquierda sostenía tres o cuatro cabellos rojos de unos 30 centímetros de largo. Resopló con evidente molestia  cuando descubrió uno más sobre la almohada de su cama. Lo colocó junto a los demás, avanzó hacia el bote de basura y los dejó caer en él. Mientras los cabellos caían girando, su memoria comenzó a trabajar.



Habían estado jugueteando un rato y hablando de cualquier cosa: del trabajo de él, de los gustos de ella. Era el tiempo destinado al estudio del rival, donde todavía nadie enseña sus cartas. Pero las mujeres saben poco de mesura...



Él se levantó temprano ese día, pues le interesaba descartar cualquier evidencia. Sabía, por experiencias previas de la posibilidad de que la almohada estuviera manchada de tinte rojo de cabello. Ahora que había amanecido y que ella ya no estaba, fue lo primero que verificó. Suspiró aliviado al no encontrar lo que en ocasiones anteriores. Después de eso se dedicó a recolectar los cabellos.



Fue ella quien abrió fuego: un ataque franco y desparpajado, tal vez buscando intimidar al tipo que tenía enfrente. Él lo tomó con calma y no cedió terreno. Era importante la primera reacción y él estaba consciente de ello. Sonrió confiado y colocó el rostro de manera que la luz artificial le iluminara. Le miró intensamente, como si buscara entrar por las pupilas de aquellos ojos oscuros. Ella se ruborizó y torpemente quiso hacer un movimiento defensivo


-No me mires así -fue lo que atinó a decir. Y todavía agregó:
-Si me miras de esa manera, terminarás enamorándote de mí...


Justo ahí, al terminar la frase comenzó a sentir el calor, la contracción en el bajo vientre, la adrenalina... Y tuvo la convicción de que sería besada en los segundos subsecuentes. No se equivocó. Unos labios carnosos y expertos rozaron apenas los suyos haciéndole estremecer.



Era importante desaparecer cualquier rastro de que ella estuvo ahí. Normalmente a él no le hubiese importado, pero algo tienen los cabellos rojos (además de peróxido e intensificador de color) que hacen que cualquier visita que llegue a la casa, quiera conocer más detalles del encuentro cuando descubren ciertos indicios. Cosa que no ocurre con algún cabello rubio o moreno regado por el piso. 



Se besaron sin control y sin mesura, como si el mundo fuera a extinguirse la madrugada siguiente. Como hacen los adolescentes, los desahuciados, los que se aferran a la vida. Se besaron como se supone que debe hacerse: sin teorizar, sin pensar en lo que estaban haciendo, dejándose llevar tan solo por la emoción del momento. A ese primer beso le sucedieron dos mil más. 



Después de la última supervisión, aquél obsesivo se dio por satisfecho. Ahora ningún visitante podría cuestionar acerca de las cosas sucedidas en aquél segundo piso, basado en conjeturas provocadas por el descubrimiento de un cabello pelirrojo que una mujer hermosa perdiera sobre el piso de la casa. 

Después de todo, esas cosas son solo de dos...





domingo, 1 de febrero de 2015

Sin remordimientos


Aún no dan las 8 de la mañana y en la explanada de la universidad ya hay un mar de gente. Me las arreglo para caminar aprisa entre los muchos compañeros que hacen lo mismo en su afán de llegar a tiempo  a las primeras clases matutinas.

Tengo las manos en los bolsillos,  pues el frío del invierno deja sentir su rigor.

Al llegar al pie de la escalera los descubro, dando vuelta en el descanso que se encuentra justo antes de bajar los últimos diez escalones de concreto. Ella lleva leggins negros, botines y una chamarra café con peluche en la capucha. Él usa unos vaqueros azules, camisa clara  y tenis. Casi no reparo en él.

La que me interesa es ella: su piel tersa y apiñonada, el lustroso cabello lacio que le llega hasta la mitad de la espalda, las bien torneadas piernas, la sonrisa -hoy enmarcada por unos labios color carmín- y su belleza natural y cotidiana. Esa belleza que la marca que le dejó la viruela sobre la ceja izquierda, no hace sino acrecentar.

Me sorprende verles tomados de la mano. No sé si es por los tacones, pero ella luce más alta que él y desprende luminosidad. Él siempre ha sido opaco, gris; el tipo de persona que pasa desapercibida... y aún así van de la mano. ¿De todas las posibles opciones, por qué él? Siento surgir algo caliente dentro del pecho. Una mezcla de envidia y decepción.

Sonrío con descaro pues he tomado una decisión. Los espero al pie de la escalera para saludar a mi amigo, pero sobre todo para aspirar el perfume de ella al besarnos la mejilla. Sostengo su mano entre las mías más tiempo del necesario. Él parece no darse cuenta.

El primer paso está dado, sé lo que haré después. Me convenzo a mí mismo de que Armando no es tan mi amigo y de que utilizaré todos los recursos que tenga a mi alcance para concretar el despojo.

Ahora ellos caminan en diagonal por el centro de la explanada. Ella voltea discretamente hacia mí y sonríe con complicidad, mostrando esos labios color carmín que me obsesionan, a manera de confirmación. Mi arrebato pues, ha surtido efecto.

Me apoyo en la baranda mientras los veo alejarse un poco más y luego giro sobre mis talones para subir al tercer piso, brincando los escalones de dos en dos. Al entrar al salón mi pulso está acelerado y no es solo por la agitación del ejercicio: no puedo evitar mi sonrisa de triunfo adelantado. 

Quizá alguien pudiera pensar que soy una mala persona o un cínico. La verdad, es que yo no siento remordimiento alguno... 

sábado, 17 de enero de 2015

En reparación



Pues bien, por segunda vez desde el 2009 me toca a mí asumir el control momentáneo del blog, solamente para dar la siguiente información:

Es de las dos los tres lectores conocido el hecho de que El Borracho es un enfermo ha padecido de sus facultades mentales desde que nunca ha tenido  tiene uso de razón. Esto, aunado a una fuerte depresión (que yo atribuyo al día en que el zapping lo traicionó dejándole indefenso frente a un capítulo de la rosa de Guadalupe y un resumen con lo mejor del Teletón), lo mantiene fuera de combate y en estado catatónico y lo único que atinó a hacer durante la media hora que salió de su letargo, fue publicar el último post (el anterior a éste).

Sin embargo, los esfuerzos del médico brujo y el peyote medicinal que le está siendo suministrado al personaje arriba mencionado, parecen surtir efecto y la mejoría resulta evidente. Todo indica que pronto dejará de babear y el pañal para adultos ya no será necesario. 

Si evoluciona favorablemente,  estará en condiciones de escribir la próxima entrega el día primero de febrero.


Agradecemos las cartitas de todas y todos quienes se preocuparon. Reitero que, al igual que hace unos años, me toca tomar el control solo para manifestarles que pronto las cosas volverán a la anormalidad a la que los tiene acostumbrados aquél. Solo me queda pedirles que sigan pendientes  y como dice El Borracho cuando ya no sabe que escribir: ¡salud!



Este post es patrocinado por Tena (R).

domingo, 4 de enero de 2015

Tal vez...

Desde algún lugar del mundo, enero del 2015.



Tal vez se ha llegado el tiempo de comportarse de acuerdo a la norma, tal como lo hacen las personas cotidianas: de dormir temprano, de tener horas de sueño completas, de despertar sin sobresaltos, de prescindir de la cerveza barata de los bares y de las manchas de maquillaje en la solapa de mi saco...

Quizá es momento de sentar cabeza, de tener familia, automóvil y una tarjeta de crédito (todas esas cosas que corresponden a la gente de mi edad); despertar todos los días en la misma cama, recostado siempre junto a la misma mujer, de olvidarme de aventuras de nombres inventados que terminan al rayar la aurora...

¿Y si es verdad? ¿Y si tienen razón esas voces que me indican que debo dejar el idealismo a las generaciones más jóvenes, que ya no estoy para tales andanzas, que eso de luchar contra molinos de viento nunca ha sido para mí?

Tal vez sea tiempo de olvidar metáforas y asumir realidades; de olvidarme para siempre de jugar al escritor y dejar esto a los que realmente saben hacerlo; de aceptar que jamás seré un buen músico y convencerme de que no soy un artista ni el personaje invencible que intenté describir...

Tal vez ya es tiempo de escribir despedidas, de cerrar capítulos, de aceptarme como un elemento más en el sistema, de empezar a morir conscientemente, de enterrar en el pasado a la persona que estoy acostumbrado a ser y, sobre todo, de evitarle al mundo mis eternas e incómodas preguntas.

Quizá mañana cuando despierte, encuentre sobre mi mesa un sobre blanco, y dentro de éste una nota sin firma con la condena dictada sobre un papel sin membretes, indicándome: ya, es tiempo...

jueves, 1 de enero de 2015

Somos



La gente cuestiona, ¿cierto? Pero, ¿vale la pena responder?¿Tratar de explicar lo que jamás comprenderán?

¿Qué saben ellos: los lúcidos, los normales? Esos que critican y dan calificativos, ¿merecen respuestas?
Una cosa es cierta: lo nuestro puede ser tachado de todo, menos de ordinario.

Me pregunto si nosotros mismos, seremos capaces de describir lo que sentimos, lo que nos envuelve, el fuego que nos abrasa: esto que ni tú eres, ni yo soy, pero ambos somos.

Somos la noche de Samhain, a la puerta de mi casa, los más de 1200 kilómetros que nos separan, los 104 bocetos de tu desnudez que me observan en mi estudio.

Somos esta conversación, el código secreto que solamente tú y yo podríamos entender, los sonidos primitivos, los instintos básicos que han permanecido inalterados en las pieles y en los sentidos desde tiempos inmemoriales.

Somos la decisión de aislarnos del mundo cuando nos encontramos, de guardar lo que sentimos nada más para nosotros.
Somos tu piel desnuda, mi estertor en la madrugada, las pesadillas mutuas, el extraviarse en la desnudez del otro, el fuego que nos consume y que arde eternamente, como las brasas del infierno.

Somos tus amigas que me odian, las mías que no te soportan, los deseos que tu madre tiene de asesinarme. Somos el mismo fuego, nos inmolamos en la piel del otro, somos la respiración agitada antes del clímax y el desplome de los ídolos de piedra, la lluvia de cenizas, el renacer, el recomenzar: somos el ave fénix que emprende el vuelo batiendo las alas de tus labios en forma de corazón.

Somos los besos, el deseo, la lujuria... y tú gozas con ello, disfrutas ésta lascivia, la electricidad que eriza tu piel incluso antes de que mis dedos lleguen a tocarte.

Me acerco a ti lentamente y en silencio, como un felino que acecha a su presa. 

Somos amantes, lo saben nuestros cuerpos que contrastan sobre las sábanas. No deseamos compartirnos, nos pertenecemos de mil maneras, muchas de ellas dolorosas.

Somos lágrimas y sollozos, desprecio, hastío, pasión sin límite, lucha eterna, furia efímera.

Somos...

martes, 23 de diciembre de 2014

El amargado


Está bien. Te lo concedo: puedes llamarme así. A fin de cuentas, todos los días te doy más de una razón para que lo hagas. Pero si lo consideras seriamente, al respecto de este tema, mis razones son justificadas.

¿Cómo pides que me calme? ¿Cómo pides que respete tus creencias? Sabes que la celebración de estas fechas tiene su correspondencia con los cultos solares, ¿verdad? Y si no lo sabes, no importa. En realidad eso no me molesta.

Lo que me hace escupir piedritas de bilis es todo lo demás:

  • El mito de un personaje turco, envuelto en halo de leyenda, que una empresa refresquera retoma durante el siglo pasado,  le moderniza,  le asigna los colores de su marca  y lo comercializa hasta el hartazgo (mi hartazgo, si se quiere).
  • Los centros comerciales atascados de insoportables estresados.
  • Las filas interminables en bancos y cajeros electrónicos.
  • Los gastos estúpidos de los gobiernos municipales simulando (intentando simular)  mantos nivales en ciudades, pueblos y comunidades cercanas a los trópicos o al ecuador.
  • Las compras de última hora de cosas que no son indispensables y se pagan a precios inflados debido a la temporada navideña.
  • La hipocresía que dura poco menos de un día,  donde los amigos vuelven a serlo, las rencillas familiares se "olvidan" por unas horas y los teléfonos no dejan de sonar...


¿Quieres que me calme? ¿De verdad quieres que me calme y que participe de esta locura cíclica de temporada? ¿Me pides que crea en la magia? Está bien, lo haré. ¡Mostradme y creeré!

He aquí lo que deseo, como una prueba. Solo eso...





Sin moño, que ése se lo pongo yo.


¡Salud!