domingo, 10 de agosto de 2014

Vasos, besos, blusas...

Feliz cumpleaños, dondequiera que te encuentres...



Me pide un vaso con agua. Saca de  la bolsa de mano una cajita blanca de cartón y extrae algo de ella. Revienta una de las burbujas y toma la píldora entre el índice y el pulgar. La traga con ayuda del líquido vital. 

No preguntaré. Me rehúso a correr el riesgo de enojarme como la última vez. A fin de cuentas, ella decide lo que hace con su salud y con su cuerpo y yo, por mi parte, no intervendré más.

Trae una blusa gris con el estampado de un pentagrama sobre el pecho. Adivino sus pezones en el Mi de dos compases simétricos. 
Nos besamos con la vehemencia de dos adolescentes hambrientos de mundo, de caricias; decididos a sacarle provecho al poco tiempo que tenemos para nosotros.

Soy adicto a su aroma, a sus caricias, al peligro que me representa estar cerca de ella, al roce de su piel contra la mía, a sus contradicciones.

Se despoja de la blusa y me advierte, aparentando seriedad: puedes quitarme todo, excepto el sostén...

Me mantengo firme en mi decisión de no preguntar. He aprendido que cuando me involucro, nuestra situación se vuelve más riesgosa aún.

Recorremos mi cama, girando como las agujas del reloj. Nos besamos, nos mentimos; me promete no marcharse jamás y yo le juro que la amo. Mordemos nuestros labios y  compartimos el sudor. Una vez más, las horas se contraen. Nosotros ignoramos el tiempo hasta que algún ruido cotidiano nos devuelva a la realidad.

Vasos con agua que no ha de beberse, copas de vino que ya están vacías, besos alucinantes de intensidad creciente, blusas pautadas que que resbalan por unos hombros de marfil, hasta llegar a la alfombra, con el resto de la ropa dispersa por el suelo.

Uno de los dos debe marcharse siempre. Esta vez, el turno es de ella. Debe regresar al mundo, a la "estabilidad familiar", a la rutina agobiante, al hogar ejemplar.

Yo permaneceré en este agujero, aspirando el aroma que aún flota en la habitación, recitando cíclicamente y con los ojos cerrados -como si se tratara de un mantra- vasos, besos, blusas... Vasos, besos, blusas..., hasta caer vencido por el sueño entre las sábanas de esta cama donde mañana, irremediablemente, amaneceré sin ella...


domingo, 29 de junio de 2014

Evocación



Camina sin prisa, sintiendo el asfalto quemante bajo la suela de los zapatos. El pantalón negro absorbiendo los rayos del sol de las dos de la tarde. Traga saliva y mientras se protege los ojos con la mano izquierda, desea estar bebiendo una cerveza, sentado en la terraza de cualquier bar.

A su memoria llega, como una ráfaga, el recuerdo de ella.

Pero no piensa en sus ojos color avellana, ni en aquellos labios en forma de corazón; sino en lo más excitante de su anatomía femenina: las blancas piernas.

Recuerda la tarde -tan calurosa como ésta- y cómo le vio descender del coche color plata: llevaba una minifalda de mezclilla que dejaba al descubierto las torneadas extremidades rematadas en zapatos altos de charol rojo que hacían juego con sus labios. Extraordinariamente difícil contemplar esas pantorrillas con la boca cerrada. 

Recuerda también la reconfortante sensación del aire acondicionado al entrar en la sala de cine y cómo -deliberadamente- le cedió lugar a su derecha, para contemplarle por la espalda.

Tiene presente cada detalle: la penumbra de la sala, los asientos elegidos, los desnudos gratuitos de la película de Milcho Manchesvki en la pantalla, el fugaz atisbo a la blusa abierta hasta el tercer botón y el cómo se acercó al cuello de la chica para hacerle sentir su aliento y murmurar en su oído  me gustas. El recorrido intencionado del dorso de su mano sobre aquel hombro y aquel brazo desnudos; consciente de la reacción que provocaría.

Sonreía, lo recuerda bien. Maliciosamente, si se quiere. Recuerda cómo su mano siguió camino hacia los muslos, bajo la minifalda azul. Ella le dejó hacer, mostrando  esa sonrisa que aún ahora, pasado el tiempo, le hace estremecer. 

Él sonríe nuevamente, a pesar del calcinante sol, disfrutando cada uno de los recuerdos que acuden a su memoria, gozándolos, saboreándolos con avidez,  como si fuesen chocolates robados.


sábado, 7 de junio de 2014

Esto está mal...




Cierro los ojos con fuerza, intentando dormir, pero no pasa mucho tiempo para que me de por vencido: sigo pensando en ella.

No hay manera de negarlo. Y menos aún después de lo que sucedió.

Volví a besarla. Después de tanto tiempo, volví a tenerla entre mis brazos. Sentí el temblor de su cuerpo contra mi pecho y -lamentablemente- escuché las tres palabras que mi parte consciente insiste en ignorar.

-Esto está mal...


Me resistí a dejarla, a aflojar el abrazo, a soltar sus manos; pero finalmente dio media vuelta y se retiró.


Eso fue apenas la semana pasada. Y al igual que en las otras despedidas, pensé que era la definitiva, que la cordura nos había alcanzado y que ambos nos inclinaríamos por las opciones más saludables. Esas que me sacan de su vida y a mí de la suya.


Pero hoy...


-Hola... ¿Cómo estás? -suena del otro lado de la línea, arrastrando las palabras, como hace la gente cuando duda.
-Hola. Bien. ¿Y tú? -respondo yo en automático, sin salir de mi sorpresa.
-También. Estoy cerca de tu casa.


Ella nunca está cerca de mi casa: nuestros encuentros son tan desbordantes que hace tiempo ya habíamos decidido alejarnos uno del otro. Lo hemos hecho tantas veces que hasta hemos bromeado con eso. Incluso me he puesto a pensar que tal vez esa misma distancia (o nuestra insistencia en establecerla) es la que eleva los ánimos y las pasiones y nos ha llevado a cometer locura, tras locura...

-¿Qué tan cerca? Yo estoy por llegar a casa también, salí un momento para...


Me interrumpo de súbito, pues la descubro dando vuelta en la esquina. Me clava los ojos color café claro, los ojos felinos. Su mirada me hace estremecer. Ambos terminamos la llamada en los celulares y nos saludamos con un beso en la mejilla. 

-¿Gustas pasar? -Le pregunto con la voz entrecortada, esperando que diga que sí. Y lo hace...
-Claro.


Se detiene un momento en la salita, analizando la nueva decoración. Luego desvía su atención hacia el piano vertical que me envío el abuelo antes de morir. Se sienta en el banco, levanta la tapa y desliza con sensualidad su dedo medio por las teclas. 

-Tienes buen gusto -dice al fin e inmediatamente agrega -¿Sabes tocar?-

Le respondo que no. Que nunca aprendí. Me dice que es una suerte, porque no quiere que toque el piano. En mi mente trato de organizar una frase ingeniosa como claro, prefieres que te toque a ti, pero no me da tiempo para eso. 

Se cuelga de mi cuello. Me besa con la misma pasión de siempre. Temblamos en una frecuencia armónica. Se quita la blusa y antes de yo pueda decir palabra, coloca su índice sobre mis labios indicándome que calle.

-Esto está mal...


No me escucha. Y si lo hace, me ignora. Yo la beso con la misma pasión de siempre y con la misma paranoia; con los latidos del corazón a tope resonando en mis oídos y acallando deliberadamente la voz de mi conciencia que coincide con ella y conmigo. Una voz hueca, lejana, inútil. Una voz que jamás podrá persuadirnos de abandonar este juego al que, sin duda, ya nos hemos vuelto adictos... 


Esto está mal.


Lo saben ellos. Y también nosotros.

jueves, 17 de abril de 2014

Coleccionista



No es mi costumbre ser puntual, por lo tanto, me sorprende ser el primero que llega al bar. Hace algún tiempo que no veo a mis amigos y es por eso que tengo plena confianza en que no tardarán. Aun así, decido llamarles para confirmar el lugar. Los dos responden.

Hace un par de años que terminamos la universidad y nos reuniremos para actualizar las novedades en nuestras vidas. Manuel llega tres minutos después que yo, pero Carlos no aparece. Cuando le marqué al celular, me dijo que estaba a una cuadra del bar y que venía con una amiga.

Se lo comento a Manuel y sonreímos al mismo tiempo. Hacemos apuestas al respecto:
 
-Seguramente, la estará besando y por eso la demora. Típico en él -concluyo.

Me dedico a observar el lugar mientras esperamos. Es un espacio más bien pequeño, una combinación de elementos que me hace ubicar el bar en la categoría de lo postmoderno. Las pantallas planas colocadas en la pared proyectan algunos éxitos musicales de los noventa, lo cual me hace sentir muy cómodo, pero el mobiliario no. Estamos sentados sobre unas sillas metálicas (sillas de jardín) pintadas de blanco, las mesas son cuadradas, pulidas y cromadas En otra sección, que sobresale  15 centímetros del nivel en el que estamos nosotros hay luces de neón en el piso y los asientos son taburetes de tres colores distintos: rojo, blanco y chocolate. La barra tiene un diseño moderno, con una fuente en la parte posterior y una lámpara en rojo intenso que, contra los pronósticos, armoniza con todo lo anterior. Las paredes del lugar son de cantera rosa, desnuda, sin acabados y un arco cruza la estructura y la divide en dos. Hay además un mesanín desde el que se domina todo el panorama. 

Nuestra mesa no puede estar peor ubicada, ya que se encuentra en el camino a los baños, pero era la única libre cuando entramos.

Al fin llega Carlos. Nos presenta a la chica en turno: Lluvia. 

Se besan con descaro, como si Manuel y yo no estuviéramos ahí. Todos pedimos cerveza, excepto Lluvia. A ella le apetece un Whisky. Hablamos de las trivialidades de rigor: el trabajo, el sueldo, el tiempo libre. A Carlos siempre le gustó escribir, Manuel es un fanático de la tecnología y mis pasatiempos siembre han sido el cine y los deportes. La curiosidad me vence y lanzo la pregunta de la manera más ambigua e impersonal en que la puedo articular:

-¿Y ustedes, qué onda?
-¿A qué te refieres? -responde Carlos.
-¿Qué hay entre ustedes? ¿Son novios? ¿Dónde se conocieron? -Agrega Manuel.

Siempre he admirado la capacidad de Carlos para salirse por la tangente, por evadir cualquier comentario que lo pueda comprometer. Con la serenidad de un dandi, le cede en un gesto la iniciativa a ella, invitándola a contestar. Sin embargo, por la expresión de su rostro, puedo adivinar que no esperaba esa respuesta.

-Yo he andado con todo tipo de hombres: músicos, rockeros, pintores, bailarines... Solo me faltaba un escritor en mi colección. 


Los tres hombres que estamos en la mesa quedamos un momento en silencio pero es Carlos el encargado de romperlo con un recurso gastado, pero siempre efectivo.


-¿Bailamos? -Le pregunta a la chica, quien accede de muy buen talante, con una enorme sonrisa dibujada en el rostro.

Al verlos girar sobre la pista, no puedo evitar preguntarme ¿Quién está coleccionando a quién?




viernes, 14 de febrero de 2014

En línea




Hace rato que el sol se ha puesto en el horizonte y son las luces artificiales las que iluminan la ciudad. Aún se puede escuchar el agitado ritmo de la vida citadina que corre, que huye, que busca llegar a un lugar que nunca encuentra. Es la última hora pico de la jornada.

Coloca la llave en la cerradura y con un giro de la muñeca activa el mecanismo. Entra en la salita y su brazo se extiende automáticamente para encender la luz de un departamento que su cuerpo conoce de memoria.

Después de merendar se desata los cordones de los zapatos y se quita éstos últimos sin usar las manos, solo empujándolos con los talones. Se tira en la cama y comienza el ritual.

Toma el dispositivo con la mano izquierda y con el índice de la derecha marca sobre el aparato el patrón de desbloqueo el cual -convenientemente-, es la inicial del nombre de ella.

La ansiedad provoca que su desplazamiento entre las pantallas sea torpe, pero finalmente encuentra el icono que le provoca esa sensación -tan irreal como imperativa- de cercanía. Él mismo asume que se le ha convertido en adicción.

Sus latidos se aceleran y contiene la respiración por un momento, de manera casi imperceptible.

La incertidumbre lo ha vuelto irritable, antisocial. El único sentimiento placentero que conoce últimamente, lo puede obtener de vez en cuando, al observar el dispositivo que ahora sostiene entre sus manos.

Él es consciente, desde su último encuentro, que llamarle es una pésima idea; pero no puede evitar extrañarle, desearle, fantasear con ella, recordarle suya, abrazar su desnudez con la imaginación como si regresara el tiempo hasta aquellos días en el pequeño departamento donde apenas había espacio suficiente para el refrigerador, la cama, el sillón, las dos sillas y la mesa; únicos testigos de sus frecuentes escapatorias.

Con el pulgar sobre el botón verde, a punto de marcar,  recuerda su situación y decide salir de la lista de contactos, para evitar hacer eso que desea en forma tan vehemente. Se siente tenso, desesperado...


No hay mucho que pueda hacer. Salvo espiarla sin que ella lo sepa, sin que ella lo sienta; todo a través del dispositivo electrónico. Todavía espera unos cuantos minutos más, que le parecen horas.

Al fin, justo debajo del nombre ficticio que ha inventado para ella -costumbre paranoide que no ha podido desarraigar-, aparece esa leyenda que tanto espera:

  • On line


Ahora sabe -al menos- que en algún lugar del mundo ella aún existe. Alberga la esperanza de que tal vez el emoticón de la carita sonriente que ella tiene como estado, vaya con dedicatoria para él. Gira el cuello hacia su derecha para ver el reloj de una vieja videocasetera que ya solo sirve para eso. Son las 10:24 de la noche de un diez de febrero.

Se desliza sobre el colchón hasta que su cabeza encuentra la almohada, inhala profundamente y cierra los ojos mientras sonríe: ahora podrá dormir tranquilo.

domingo, 5 de enero de 2014

Cansado de besar princesas



Erase una vez, hace muchos, muchos años, en un lugar muy lejano (probablemente en Estados Unidos, tierra del californiano Walt Disney, responsable de que las mujeres de mi generación -y de varias más- crecieran con una idea absolutamente distorsionada acerca de los conceptos de felicidad y amor, principalmente), un bosque encantado.

Pensándolo bien, un bosque encantado encaja de mejor manera en las tradiciones nórdicas e incluso en el folclor oriental, lo cual me obliga a olvidarme de la clase de geografía del mundo y recomenzar la historia:

Erase una vez, hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano (cuya ubicación real se desconoce), un bosque misterioso del cual se contaban muchas historias fantásticas. Al norte del bosque se encontraba un impresionante castillo amurallado y rodeado de un foso que un día estuvo lleno de agua. En el castillo vivía un rey, con su única hija. La reina se había largado años atrás con un joven caballero que montaba un brioso corcel, del modelo más reciente (se cuenta que la reina no pudo soportar el seguir usando el mismo modelo de caballo por dos años seguidos, porque sería duramente criticada por las otras reinas, durante sus reuniones en el club. Otras versiones aseguran que el rey comenzaba a mostrar tendencias hidrocanoicas y su mujer no estaba dispuesta a soportar los chismes publicados en El juglar sentimental,  panfleto más leído del reino).

En este hogar (castillo), sin la figura dominante y a merced de la sobreprotección del Rey, creció la princesa Cristal, que a diferencia de su nombre no era frágil ni transparente, sino dura y berrinchuda, como la mayoría de las mujeres (perdón, princesas).

No es difícil imaginar el carácter de una chica a la cual se le cumple cualquier capricho para tratar de compensar el abandono de su madre. Fue consentida más allá de los límites imaginables y por supuesto, cuidada en extremo para evitar que se hiciera ningún daño: le ocultaron todo tipo de herramientas (incluidas las ruecas, debido a una extraña fijación del padre), las tijeras, los tenedores (que eran un elemento de moda por aquellos días), los martillos, las escobas... Así que creció siendo una inútil que no sabía como usar ningún utensilio. Aunque eso no le preocupaba.

¿Por qué habría de preocuparse si lo tenía todo a la mano y al alcance de un grito de princesa consentida?
Tenía el poder, el oro para pagar a los mejores elfos cirujanos plásticos, a los más hábiles enanos joyeros y a las mejores hadas estilistas: el mundo era suyo.

Pero sucedió que un mal día llegó otro joven y galante caballero que cautivó con su hermosura (y con su brioso corcel) al Rey, cuyo problema hidrocanoico terminó por manifestarse abiertamente y cubierto solo con su manto de púrpura y armiño (cual Lady Godiva cruzando el pueblo de Coventry), huyó en ancas con aquél hermoso príncipe, perdiéndose ambos en el horizonte, al filo del anochecer.

La princesa que no tenía idea de como administrar un castillo o utilizar algún instrumento pronto quedó en bancarrota y se quedó solo con el castillo (propiedad que también perdió al cometer la estupidez de firmar como aval para una ninfa de dudosa reputación).

Así pues, no solo huérfana, sino desprotegida y sin un centavo tuvo que marcharse del lugar para tratar de buscar donde vivir. Sin embargo, el único camino que podía tomar cruzaba precisamente aquél bosque misterioso. Una de las hadas estilistas todavía le quiso hacer un favor:

-¡Ay, manis! Me da tanta pena tu caso... Tú que eras tan uff, tan nais, tan delajáis, mira que terminar así... Toma: te regalo esto.
-¿Qué es? -preguntó  la princesa.
-Es una brújula, estúpida... Ay perdón, se me olvida que no conoces nada de nada. Esta es una brújula mágica que te permitirá encontrar lo mejor para ti, solo tienes que pedirlo con mucha fe y voilá, aparecerá frente a tus narices.

La princesa se alejó pensando que eso de creer en la magia era una tontería. Y se internó en el bosque...


Después de caminar un rato, se sintió totalmente maltrecha y dolorida. Tenía hinchados los tobillos (solo a alguien como ella se le podía ocurrir emprender el camino a campo traviesa calzando tacones del 16). Llegó a la orilla de un arroyo, se sentó sobre la grama y recargó los brazos en una piedra grande y lisa y comenzó a llorar con ese llanto agudo y entrecortado que tienen las princesas.

Lo único que había podido conservar de todas sus pertenencias era una bolsa de Gucci (obviamente finísima) en la que metió torpemente las manos para buscar un pañuelo con el cual poder limpiarse los mocos. Sus dedos encontraron la brújula que le dio aquella hada de apariencia andrógina y la sostuvo entre sus manos.

-¿Qué es lo mejor para mí? -Se preguntó.
-¡Hola!

Del susto la princesa saltó hacia atrás, con tan  mala suerte que resbaló con un guijarro y cayó golpeándose muy fuerte en las nalgas. Concluyó que, definitivamente, esa caída no era lo mejor para ella y comenzó a maldecir.

-Hola -volvió a decir el sapo.

Era un sapo feo, como todos los sapos, de una tonalidad gris verdosa, con ojos pequeños y una boca muy grande. Aún así, tenía una voz extraordinariamente agradable y varonil. Medía casi 20 centímetros de cabo a rabo. También era un sapo muy educado y elocuente.

-Parece que estás en problemas.
-¿Problemas? ¡Claro que estoy en problemas! dijo la princesa apenas repuesta de la sorpresa (no se asustó, ni le pareció extraño encontrar un sapo parlante, pues vivía en un cuento de hadas). 

Y le contó su historia.


Cuando hubo terminado, el sapo quedó pensativo por unos segundos y después comentó:

-Tienes suerte de haberme encontrado. Te puedo ayudar, pero para eso debes dejar que te de un beso.
-¡Guácala! -dijo la princesa- ¡Pero si eres un sapo baboso!
-Te dejo entonces seguir tu camino -sentenció el sapo gravemente.
-Está bien, lo haré -chilló ella.


Para su sorpresa el sapo era un excelente besador, lo cual hizo pensar a la princesa que ella no era la primera. Lo cierto es que una lengua de semejantes dimensiones (23 centímetros de puro músculo lingual) había posibilitado que el sapo lograra un extraordinario perfeccionamiento en la técnica del beso francés, que rayaba en lo artístico.

Una intensa luminosidad los envolvió a ambos y al diluirse, apareció ante ella un hombre que no era rubio, ni alto, ni usaba espada al cinto, ni montaba un brioso corcel.


-¿Eres un príncipe? -preguntó la princesa Cristal con la emoción brillando en sus ojos.
-No, soy un trabajador -dijo el tipo.
-Ash -dijo ella, francamente decepcionada.


El hombre trabajador fingió no escuchar aquella expresión y la guió a su casa, la cual era tan común como él. 

-Aquí podrás quedarte -le dijo mirándole a los ojos- pero debes ganarte ese derecho, así que tendrás que ayudarme a limpiar, a ordenar, a lavar y a poner en orden la casa.


Mientras ella fregaba el piso y el hombre común lavaba los platos volvió a preguntarse ¿Cómo es posible que esto sea lo mejor para mí?

Al terminar y después de tanto fregar (actividad que se le dio de manera prácticamente natural: fregó todo el día), la princesa Cristal se sentía exhausta. Quería descansar y se dio cuenta que en aquella vivienda solo había una cama.

-¿Y tú dónde vas a dormir? - le preguntó al hombre.
-Es mi cama. Yo te permito dormir conmigo en lugar de hacerlo en el bosque misterioso.

La princesa soltó un pequeño gruñido, pues no tenía más remedio que aceptar. El hombre se acostó del lado izquierdo de la cama, cediendo una mitad para su invitada. 

A la luz de la luna la princesa Cristal comenzó el ritual que toda princesa que se precie de serlo realiza antes de dormir. Y frente a los atónitos ojos del hombre que le observaba desde un almohadón de plumas de ganso, sucedió lo inimaginable.

Primero, se quitó las extensiones de cabello que colocó con cuidado en la mesita de noche. Después, frente al espejo, arrancó las dos tiras que sostenían las pestañas postizas y quitó los pupilentes de color. Luego se quitó la faja, el trasero postizo, los dientes falsos y terminó limpiando la pintura que le cubría el rostro, el cuello y parte del pecho. Al final solo quedó una figura humanoide, al parecer hecha de cartón (de ese color y textura), pues debajo de todo lo demás, solo eso había.


El otrora sapo no podía dar crédito a lo que veían sus ojos y salió  a mojarse el rostro con el agua de la garrafa.   

-Qué asco -dijo para sí- y pensar que yo me atreví a besar esa cosa... 


domingo, 22 de diciembre de 2013

Just Do It



He vuelto al gimnasio después de varios meses de holgazanería pero eso sí, con la determinación bien alimentada. Aún aquí soy un solitario y un antisocial, por lo mismo no encuentro mucha gente a la cual saludar. De hecho, el único que hace una ligera inclinación de cabeza a manera de bienvenida, es  el instructor en turno. 

Cabe en el estereotipo: alto, fornido, come atún, ensalada o pollo y adiciona su agua con esos polvos mágicos que les vuelven tan poderosos y, sobre todo, tiene un nombre de entrenador de gimnasio: Charly, Roger, Richi o alguno similar.

Ésta vez no anda deambulando por el lugar dando los acertados consejos que los neófitos requieren. Tampoco está de pie, frente a los espejos que rodean todo el recinto levantando los brazos en una franca evaluación de los centímetros que sus bíceps han crecido durante los últimos dos meses. Hoy no.

Frente a él hay una chica de unos 23 o 24 años, delgada y con un rostro muy agradable a la vista. No es una hermosura despampanante pero sí es de esas mujeres que llaman la atención por la armonía de sus facciones. El cabello es muy lacio y lo trae recogido en una pony tail que cae hasta un poco más abajo de los hombros. Tiene puesto un pantalón de mezclilla gris claro que hace lucir sus piernas largas, un cinturón color miel, botas negras y una chamarra blanca con peluche en la gorra. El que no lleve ropa de gimnasio es lo que más llama mi atención: no está aquí por el ejercicio.

Después de tanto tiempo sin realizar actividades físicas, tendré que pasar varios minutos en la caminadora para calentar lo suficiente y no provocarme algún daño, tratando de levantar los extraordinarios 20 kilos que pienso colocar en la barra. Lo cierto es que al estar aquí puedo observar sin censura la manera en que se desarrolla la conversación.

No escucho nada de lo que dicen. La distancia y la música electrónica (no esperaría menos estando en un lugar como éste) me impiden lograrlo, pero puedo ver cómo lo mira. Él está de pie frente a ella y le cuenta algo. Ella sonríe y no le quita la mirada del rostro. Yo termino en la caminadora y sigo con lo que recuerdo de la rutina de ejercicios.

Al terminar me acerco a él, para pagar la mensualidad (es lo que me falta para sentir que he vuelto). La curiosidad es más fuerte que yo:

-Esa chica... ¿qué onda?
-¿Te refieres a sí hay algo? ¡Yo sería feliz si así fuera!
-¿Entonces sí sales con ella?
-Sí. Somos amigos desde hace muchos años.
-¿Y no le has dicho nada?
-No. ¿Cómo decirlo? Ya ves cómo es ella de jovencita y muy linda y tiene muy bonitos sentimientos. Yo ya estoy viejo para ella y divorciado. Ella tiene buen trabajo y gana muy bien... La verdad me siento menos.

Aún recordando la forma en que la chica le miraba, vuelvo a insistir.

-Pero, ¿qué importa todo eso?
-La verdad siento temor. Ya ves que la última vez no me fue muy bien.
-Eso no quiere decir que todas las ocasiones vayan a ser iguales.
-¿Tú crees que debería soltarle prenda? 
-Sí.
-Pero luego todo va a pasar y hasta su amistad voy a perder.
-Yo lo que no quisiera es que un día cuando seas realmente un viejito, vuelvas la mirada al pasado y te preguntes ¿qué hubiera sucedido si yo le hubiera dicho?
-Me da miedo, no creas... Tú mero.

Mientras lo dice hace un movimiento con el mentón, como indicando la puerta por donde ella salió. Eso sí me saca de balance. ¿Me está cediendo el camino hacia una mujer que básicamente ha descrito como maravillosa sin luchar un poco? De pronto me siento tentado a decirle que lo haré, pero es una reacción de solo un instante. ¿Y para qué? Si en todo el tiempo que estuvo ahí de visita, no me miró ni a nadie más. Dudo que se haya fijado cuantas personas pasamos por su lado los 20 minutos que yo les vi conversando. En sus ojos solo estaba él (como persona, no como una masa musculosa: sé reconocer esa mirada).

Para alguien como yo resulta difícil encontrarse con una persona decidida a no actuar, a no hacer, por mínimas que sean las probabilidades: 0.23 sigue siendo mayor que 0. No sé si algún día él se decida a actuar, pero entre tantos lobos hambrientos, seguramente habrá alguien dispuesto a comerle el mandado mientras lo sigue pensando... 

Eso es seguro.