lunes, 1 de junio de 2015

La niña


No pienso dejar de escribirte, de reconstruirte con palabras...



Es media tarde y el aroma que trae el viento y mueve las hojas de los árboles del parque me dice que lloverá pronto. Levanto la vista hacia el cielo y las nubes que alcanzo a ver me lo confirman.

La observo desde una distancia que considero adecuada. Lleva el cabello suelto y el viento que arrecia se lo lanza a la cara con con impunidad. Me gusta lo que veo: su piel extraordinariamente blanca, su rubia cabellera, los labios muy rojos y un vestido de color claro que le ajusta maravillosamente.

Adivino la tristeza en sus ojos, aun desde aquí. Hace tiempo que decidí amarla así, a la distancia, con ese tipo de amor que ella no comprende. 

La veo secar una lágrima que no alcanza a contener. No se ha dado cuenta que la miro.

Sufre. Sufre por amor, como antes, como las otras veces, como todas las veces. Sé por la expresión de su rostro que vuelve a hacerse las mismas preguntas, las que no ha sabido cómo responder.

Me gustaría decirle que todo estará bien, que el dolor pasará, que no hay nada malo en ella, que mucha gente la ama, pero su propia necedad de mujer enamorada cerrará sus oídos a las cosas razonables que ya se le han dicho antes.

Ella no puede amar de otra manera, no sabe. Se entrega así: totalmente. Yo quisiera pedirle que pare, que el amor no puede ser unilateral, que la inmensidad de su amor no provocará que la otra persona le ame de la misma manera solo por ver como su corazón se inflama en el sentimiento. 

Pronto lloverá. Presiento la tormenta en el cielo y en sus ojos. 

La niña no me ve, pero de alguna manera sabe -siente- que estoy pendiente de ella. Yo permanezco aquí, observándole desde lejos, viendo como se estrella nuevamente contra el muro al que le arroja su amorosa impetuosidad. 

Nada puedo hacer, salvo permanecer aquí, esperando, por si acaso me necesita...

viernes, 1 de mayo de 2015

El cantautor



Las luces del área de mesas se apagan y un haz circular golpea con su intensidad el escenario.  Al centro hay un hombre joven que intenta ocultar las ojeras bajo el ala de un sombrero panameño estilo Savannah. Lleva unos jeans raídos y Chuck Converse en color rojo. Es flaco, como la mayoría de los músicos que ella conoce.

Junto a la chica están sentadas dos amigas suyas, tan ruidosas como ella misma. Ambas se despiden dándole un beso en la mejilla justo a la una de la mañana. 

Dos mojitos más generan en ella un calor corporal generalizado y la valentía suficiente. Toma una servilleta y escribe algo con un bolígrafo de tinta azul. La dobla en cuatro partes más y presiona sus labios -previamente retocados- marcando en ella un beso color vino. Se levanta decidida y coloca aquel pedazo de papel sobre el atril, para después volver a su mesa,  frente al joven trovador que en ese momento termina la pieza que interpretaba.

Acostumbrado a tales demostraciones, toma la servilleta y la lee en silencio. No puede evitar sonreír ante el Me gustas que ha vuelto a colocar sobre el atril. Busca los ojos de la chica con la mirada y les saluda con una ligera inclinación de cabeza. 

Ella usa una chaqueta beige con zipper al frente. Lleva además una blusa blanca  y  shorts azul cielo de botones metálicos. Las zapatillas son exactamente del mismo tono que la chaqueta y están rematados en la parte externa por un adorno cromado, con forma de hebilla, de unos dos centímetros de ancho.

Cuando termina la presentación sólo quedan unas diez personas en el bar, contándola a ella. Él mete la guitarra al estuche y se coloca éste en el hombro. Salta desde el escenario ignorando, como siempre lo hace, los tres escalones que hay para bajar.  Se dirige a la mesa donde ella corre una silla para que se siente a su lado, mientras el ron y la emoción hacen hervir esas tersas mejillas.

Beben un poco más. Intercambian nombres y números telefónicos. No tardan mucho en llegar los primeros besos, las primeras caricias. Fuman un cigarro light entre los dos y van en busca de un lugar donde los cuerpos se acaricien con más libertades. En determinado momento ella sujeta las manos de él y le impide continuar al tiempo que dice, con voz entrecortada: No, no quiero...

Él cree haber escuchado la negativa, pero no está seguro. Decide proseguir acariciando, besando, provocando; pero ella vuelve a decir  que no.

Se siente irritado. El cuerpo que tiembla entre sus brazos grita sí, pero aquella voz diminuta ha manifestado su decisión. Él se resigna al fin y se aparta de ella. En su mente surge un término que descubrió recientemente: calientachiles*. 

El cantautor podría molestarse con toda justicia, pero tiene un mejor plan, el cual va detallando en su mente mientras se coloca la camiseta. 

Lo primero es retirarse con algo de dignidad; ésta noche se perdió una batalla, pero se avecinan varias más, eso es seguro. Así que no hay porqué desgastarse. 

Lo siguiente –lo que constituye la verdadera revancha– es hacer que la chica se apasione, que sea ella quien lo busque, llevarla a un punto en el que estar con él se torne prácticamente una necesidad. 

El medio en el que se desenvuelve le ha dado al cantautor las herramientas para llevar a cabo lo que se propone: hábil en el uso de las palabras y conocedor de la psicologia femenina, sabe lo que las mujeres quieren escuchar.

Pero el recurso principal con el que cuenta es la paciencia. Él no corre ninguna prisa y estas cacerías le producen infinito placer. Sabe que las llamadas que le conteste, los mensajes que le envíe, las inflexiones de voz, las palabras escogidas con precisión quirúrgica, le conducirán a lo planeado: que sea ella quien suplique estar en su cama.

Es jueves por la tarde cuando aparece en el móvil del muchacho el mensaje que le hace sonreír de manera triunfal: Me haces desearte como una maldita loca... 

Aún sonriendo, pone el celular en modo silencioso, luego entrelaza los dedos de las manos detrás de la nuca y se recarga cómodamente en la butaca del cine. Mientras aparecen las primeras imágenes en la pantalla piensa que la paciencia es parte fundamental de su estrategia y se pregunta si ella también la tendrá. Probablemente hoy mismo obtenga la respuesta, pues ha decidido contestar el mensaje tres horas más tarde...




*Calientachiles es un adjetivo que mi amigo Manteka describe de manera magistral. Si quieres saber de qué se trata, da clic en el enlace que se encuentra en el texto.

¡Salud!


miércoles, 1 de abril de 2015

El álbum



Tomó el álbum de fotos entre sus manos. Lo contempló largamente y en silencio, como si no se decidiera a abrirlo. Las pastas eran gruesas y duras y, sobre un collage de recortes de partituras, aparecía una rosa de pétalos azules.

Acarició la orilla de la portada con los dedos medio y pulgar de su mano derecha, hasta hacerlos coincidir en la esquina inferior derecha. Y entonces lo abrió. 

Una andanada de recuerdos vino a su mente mientras recorría las páginas del álbum fotográfico, sonriendo y evocando los momentos de aquella historia, imposible de olvidar dada su intensidad.

Detuvo su exploración, y el sucesivo pasar de las hojas. Una fotografía en particular llamó su atención. La sacó de aquella página plastificada y  miró el reverso. Sonrió una vez más:  29 de junio de...

Y los recuerdos seguían acudiendo a su memoria, cada vez con mayor claridad:



Era un poco más de las tres de la tarde de un día que había comenzado frío, pero que ahora no lo era tanto. El mensaje de texto ya era esperado, así que lo leyó en cuanto sonó su móvil: Ya estoy aquí.

Respondió de manera simple: Sube, estoy en la oficina.

Era viernes. Para esa hora todos los compañeros de trabajo ya habían salido, dispuestos a gastar sus quincenas lo más rápidamente que les fuera posible y por esa razón el lugar estaba desierto. Solo se escuchaba el viento pasar entre las hojas de los sauces en el jardín contiguo.

Él sintió su presencia y giró la cabeza hacia donde estaba la hermosa visitante. Su silueta contrastaba contra la luminosidad del sol cayendo a plomo allá afuera, detrás de ella. Llevaba unos botines de gamuza, con tacón alto y agujetas. El cierre, de unos cinco centímetros, por la parte interna y en la externa un adorno en forma de hebilla. Sus piernas eran ajustadas por unos mallones color café oscuro. El color predominante en la minifalda era el gris y sobre la blusa clara traía una chaqueta corta, de esas que las mujeres llaman toreritas.


-¿Ya terminaste? -Preguntó ella desde el umbral.
-Ya. Solo estaba apagando la computadora. -contestó él.
-Perfecto.


Ella comenzó a andar hacia el escritorio, mirándole fijamente. Él disfrutó cada paso que dio, siguiendo con la mirada esa cadera que se balanceaba con aquella sensualidad innata en ella. Se detuvo frente a él y se inclinó, sin doblar las rodillas, para besarle en los labios mientras  sostenía la cara entre sus manos. Él correspondió a la tibia caricia cerrando los ojos. 

Ella se sentó sobre las piernas de aquél hombre, de frente y sin retirar la mirada, acercando su sexo al de él, quién por mero instinto volteó hacia la puerta, deseando que ninguno de sus compañeros llegase y los descubriera. Pero un pensamiento lo tranquilizó: viernes de quincena...

Consciente de ello, metió ambas manos por debajo de la falda, hasta sostener con ambas las bien formadas nalgas de la chica, siguiendo el movimiento, la cadencia, el vaivén que ella había comenzado minutos antes.  

La observaba complacido. Toda ella era excitante: los ojos grandes y expresivos, los labios intensamente rojos, el largo cabello oscuro, las mejillas encendidas a causa del roce íntimo.

Sacó sus manos de donde estaban y exploró con sus dedos aquella espalda debajo de la blusa, mientras la besaba entre el cuello y la mandíbula. Deslizó ambos índices suavemente y con habilidad en un movimiento que ascendió por las vertebras dorsales, hasta llegar a la altura de las escápulas. Desandó después aquél camino y, tomando la blusa por el frente con sus manos, la subió delicada y lentamente, hasta dejar al descubierto un par de senos hermosos, perfectos, como cincelados por escultores griegos. Aquella piel temblaba, ávida de caricias...


Sus recuerdos se interrumpieron de pronto, por el inoportuno sonido del teléfono en su escritorio. Bufó con evidente molestia y cerró de un golpe aquél álbum de pastas gruesas. 

Se levantó de la salita para atender la llamada y aún se dio tiempo de pensar en aquellas fotos, en aquella historia -corta pero intensa-, registrada para siempre en imágenes; en aquella mujer hermosa y atrevida que le seguía excitando y en el genuino arrepentimiento de no haber tomado aquella foto, frente al espejo de la posada y mientras ella se vestía: esa que siempre reclamó y de la que probablemente siga pensando que él mantiene oculta en su colección privada, únicamente para su deleite personal...



domingo, 1 de marzo de 2015

La pelirroja




Él siguió escudriñando detenidamente el piso de la habitación. Después de cinco minutos de labor, consideró terminada su cacería. En la mano izquierda sostenía tres o cuatro cabellos rojos de unos 30 centímetros de largo. Resopló con evidente molestia  cuando descubrió uno más sobre la almohada de su cama. Lo colocó junto a los demás, avanzó hacia el bote de basura y los dejó caer en él. Mientras los cabellos caían girando, su memoria comenzó a trabajar.



Habían estado jugueteando un rato y hablando de cualquier cosa: del trabajo de él, de los gustos de ella. Era el tiempo destinado al estudio del rival, donde todavía nadie enseña sus cartas. Pero las mujeres saben poco de mesura...



Él se levantó temprano ese día, pues le interesaba descartar cualquier evidencia. Sabía, por experiencias previas de la posibilidad de que la almohada estuviera manchada de tinte rojo de cabello. Ahora que había amanecido y que ella ya no estaba, fue lo primero que verificó. Suspiró aliviado al no encontrar lo que en ocasiones anteriores. Después de eso se dedicó a recolectar los cabellos.



Fue ella quien abrió fuego: un ataque franco y desparpajado, tal vez buscando intimidar al tipo que tenía enfrente. Él lo tomó con calma y no cedió terreno. Era importante la primera reacción y él estaba consciente de ello. Sonrió confiado y colocó el rostro de manera que la luz artificial le iluminara. Le miró intensamente, como si buscara entrar por las pupilas de aquellos ojos oscuros. Ella se ruborizó y torpemente quiso hacer un movimiento defensivo


-No me mires así -fue lo que atinó a decir. Y todavía agregó:
-Si me miras de esa manera, terminarás enamorándote de mí...


Justo ahí, al terminar la frase comenzó a sentir el calor, la contracción en el bajo vientre, la adrenalina... Y tuvo la convicción de que sería besada en los segundos subsecuentes. No se equivocó. Unos labios carnosos y expertos rozaron apenas los suyos haciéndole estremecer.



Era importante desaparecer cualquier rastro de que ella estuvo ahí. Normalmente a él no le hubiese importado, pero algo tienen los cabellos rojos (además de peróxido e intensificador de color) que hacen que cualquier visita que llegue a la casa, quiera conocer más detalles del encuentro cuando descubren ciertos indicios. Cosa que no ocurre con algún cabello rubio o moreno regado por el piso. 



Se besaron sin control y sin mesura, como si el mundo fuera a extinguirse la madrugada siguiente. Como hacen los adolescentes, los desahuciados, los que se aferran a la vida. Se besaron como se supone que debe hacerse: sin teorizar, sin pensar en lo que estaban haciendo, dejándose llevar tan solo por la emoción del momento. A ese primer beso le sucedieron dos mil más. 



Después de la última supervisión, aquél obsesivo se dio por satisfecho. Ahora ningún visitante podría cuestionar acerca de las cosas sucedidas en aquél segundo piso, basado en conjeturas provocadas por el descubrimiento de un cabello pelirrojo que una mujer hermosa perdiera sobre el piso de la casa. 

Después de todo, esas cosas son solo de dos...





domingo, 1 de febrero de 2015

Sin remordimientos


Aún no dan las 8 de la mañana y en la explanada de la universidad ya hay un mar de gente. Me las arreglo para caminar aprisa entre los muchos compañeros que hacen lo mismo en su afán de llegar a tiempo  a las primeras clases matutinas.

Tengo las manos en los bolsillos,  pues el frío del invierno deja sentir su rigor.

Al llegar al pie de la escalera los descubro, dando vuelta en el descanso que se encuentra justo antes de bajar los últimos diez escalones de concreto. Ella lleva leggins negros, botines y una chamarra café con peluche en la capucha. Él usa unos vaqueros azules, camisa clara  y tenis. Casi no reparo en él.

La que me interesa es ella: su piel tersa y apiñonada, el lustroso cabello lacio que le llega hasta la mitad de la espalda, las bien torneadas piernas, la sonrisa -hoy enmarcada por unos labios color carmín- y su belleza natural y cotidiana. Esa belleza que la marca que le dejó la viruela sobre la ceja izquierda, no hace sino acrecentar.

Me sorprende verles tomados de la mano. No sé si es por los tacones, pero ella luce más alta que él y desprende luminosidad. Él siempre ha sido opaco, gris; el tipo de persona que pasa desapercibida... y aún así van de la mano. ¿De todas las posibles opciones, por qué él? Siento surgir algo caliente dentro del pecho. Una mezcla de envidia y decepción.

Sonrío con descaro pues he tomado una decisión. Los espero al pie de la escalera para saludar a mi amigo, pero sobre todo para aspirar el perfume de ella al besarnos la mejilla. Sostengo su mano entre las mías más tiempo del necesario. Él parece no darse cuenta.

El primer paso está dado, sé lo que haré después. Me convenzo a mí mismo de que Armando no es tan mi amigo y de que utilizaré todos los recursos que tenga a mi alcance para concretar el despojo.

Ahora ellos caminan en diagonal por el centro de la explanada. Ella voltea discretamente hacia mí y sonríe con complicidad, mostrando esos labios color carmín que me obsesionan, a manera de confirmación. Mi arrebato pues, ha surtido efecto.

Me apoyo en la baranda mientras los veo alejarse un poco más y luego giro sobre mis talones para subir al tercer piso, brincando los escalones de dos en dos. Al entrar al salón mi pulso está acelerado y no es solo por la agitación del ejercicio: no puedo evitar mi sonrisa de triunfo adelantado. 

Quizá alguien pudiera pensar que soy una mala persona o un cínico. La verdad, es que yo no siento remordimiento alguno... 

sábado, 17 de enero de 2015

En reparación



Pues bien, por segunda vez desde el 2009 me toca a mí asumir el control momentáneo del blog, solamente para dar la siguiente información:

Es de las dos los tres lectores conocido el hecho de que El Borracho es un enfermo ha padecido de sus facultades mentales desde que nunca ha tenido  tiene uso de razón. Esto, aunado a una fuerte depresión (que yo atribuyo al día en que el zapping lo traicionó dejándole indefenso frente a un capítulo de la rosa de Guadalupe y un resumen con lo mejor del Teletón), lo mantiene fuera de combate y en estado catatónico y lo único que atinó a hacer durante la media hora que salió de su letargo, fue publicar el último post (el anterior a éste).

Sin embargo, los esfuerzos del médico brujo y el peyote medicinal que le está siendo suministrado al personaje arriba mencionado, parecen surtir efecto y la mejoría resulta evidente. Todo indica que pronto dejará de babear y el pañal para adultos ya no será necesario. 

Si evoluciona favorablemente,  estará en condiciones de escribir la próxima entrega el día primero de febrero.


Agradecemos las cartitas de todas y todos quienes se preocuparon. Reitero que, al igual que hace unos años, me toca tomar el control solo para manifestarles que pronto las cosas volverán a la anormalidad a la que los tiene acostumbrados aquél. Solo me queda pedirles que sigan pendientes  y como dice El Borracho cuando ya no sabe que escribir: ¡salud!



Este post es patrocinado por Tena (R).

domingo, 4 de enero de 2015

Tal vez...

Desde algún lugar del mundo, enero del 2015.



Tal vez se ha llegado el tiempo de comportarse de acuerdo a la norma, tal como lo hacen las personas cotidianas: de dormir temprano, de tener horas de sueño completas, de despertar sin sobresaltos, de prescindir de la cerveza barata de los bares y de las manchas de maquillaje en la solapa de mi saco...

Quizá es momento de sentar cabeza, de tener familia, automóvil y una tarjeta de crédito (todas esas cosas que corresponden a la gente de mi edad); despertar todos los días en la misma cama, recostado siempre junto a la misma mujer, de olvidarme de aventuras de nombres inventados que terminan al rayar la aurora...

¿Y si es verdad? ¿Y si tienen razón esas voces que me indican que debo dejar el idealismo a las generaciones más jóvenes, que ya no estoy para tales andanzas, que eso de luchar contra molinos de viento nunca ha sido para mí?

Tal vez sea tiempo de olvidar metáforas y asumir realidades; de olvidarme para siempre de jugar al escritor y dejar esto a los que realmente saben hacerlo; de aceptar que jamás seré un buen músico y convencerme de que no soy un artista ni el personaje invencible que intenté describir...

Tal vez ya es tiempo de escribir despedidas, de cerrar capítulos, de aceptarme como un elemento más en el sistema, de empezar a morir conscientemente, de enterrar en el pasado a la persona que estoy acostumbrado a ser y, sobre todo, de evitarle al mundo mis eternas e incómodas preguntas.

Quizá mañana cuando despierte, encuentre sobre mi mesa un sobre blanco, y dentro de éste una nota sin firma con la condena dictada sobre un papel sin membretes, indicándome: ya, es tiempo...