domingo, 17 de marzo de 2013

Carta sin destino




Se acercó a la mesa de trabajo con actitud perezosa y sonrió. Esa  sonrisa irreprimible que acudía a sus labios de manera natural, cuando el recuerdo de Alma llegaba a su memoria.  Muchos de los amigos de ambos llegaron a describir esa relación como tormentosa -cuando menos-, pero eso no la hacía menos divertida. En esto ambos estaban de acuerdo. Y lo mejor de todo fue vivirla juntos.


-Lo haré a tu modo -dijo él, y volvió a sonreír.


Al sentarse en la silla giratoria de piel negra, seguía pensando en ella y en la gracia que causaba en él ese comportamiento tan decididamente obsesivo que siempre la caracterizó. Recordó que para hablar de cosas importantes, ella prefería expresarse por escrito. Él era consciente de ello y entendía cabalmente las razones por las que ella acostumbraba hacerlo  de ésa manera.

Una de las principales características del lenguaje escrito, es la permanencia. Dado que las letras se inscriben en soportes materiales que permanecen a través del tiempo, el lector-receptor tiene la posibilidad de leerlo varias veces con diversos fines: evocar un recuerdo, darle nuevo sentido a lo leído o darse cuenta que ciertos sentimientos que se pretendían olvidados, siguen intactos... Una vez plasmado el texto, dependiendo del material sobre el que se hayan realizado las anotaciones -y a veces, de los arranques emocionales de aquellos que lo sostienen entre sus manos-, el escrito perdurará, días, meses, años o siglos. Por otro lado, el que escribe puede tomarse la libertad y el tiempo necesario para elaborar el texto y enriquecerlo con las palabras y los recursos literarios que se precisen, hasta que considere que el mismo está listo para ser enviado. Es entonces y no antes: el momento apropiado para hacerlo llegar al destinatario. 

Ella misma lo dijo un día: "No se trata de escribir solo por hacerlo: siempre hay una razón, un motivo íntimo, la necesidad de una catarsis, de una liberación que solo la escritura es capaz de darnos...

Pero lo mejor, es la facilidad con que se puede acceder al ritual a través de la escritura. Ella misma usaba una pluma grabada con sus iniciales, tinta china de la casa Parker y un tintero de cristal que le había regalado su abuela; un papel especial, más poroso que el común para que las palabras se absorbieran de mejor manera. Escribir se convertía entonces en algo trascendental, algo que rayaba en lo sagrado. Cada carta era precedida de una ceremonia: se llenaba los pulmones con el aroma del papel desierto de letras primero y al terminar, nuevamente, aspiraba la esencia que desprendía el documento, impregnado ahora con parte de su energía vital.


Él se frotó las manos con lavanda, de manera que el papel que iba a usar quedase impregnado de su aroma, con el propósito de excitar los sentidos de ella y comenzó a escribir. Al terminar, tomó el cuaderno con la mano izquierda y rasgó la hoja para lograr arrancarla del espiral metálico. La dobló cuidadosamente, con más esmero que el usual. Quitó los papelitos excedentes y acercó la hoja de  papel a sus labios para depositar en ella un beso breve, suave y dulce.

A continuación abrió la caja de música, deslizó la tapa de terciopelo con el pulgar e introdujo la carta a un lado del mecanismo. No le dio demasiada importancia a que alguno de los bordes de la carta se atorase con cualquiera de los engranes. A fin de cuentas, el artefacto tenía muchos años de no producir sonido alguno: hacía tiempo que se había descompuesto y nadie se interesó en repararlo.

Al día siguiente se las ingenió para colocar la pequeña caja de madera en un lugar estratégico en ese departamento del que aún conservaba llave, cosa que ella ignoraba. La carta dentro, aguardando a ser descubierta y leída...

Sin embargo, ese momento nunca llegó. Ella vio la caja, sí, pero no se molestó en abrirla. Simplemente la cambió de lugar, uno donde había varios recuerdos de él que deseaba conservar. La carta permaneció escondida, siempre a dos metros de su cama. Jamás se leyó.

Y tal vez, eso fue lo mejor...

7 comentarios:

  1. Las Exactas razones por las que no me gustan las cartas

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  2. Hay cosas que te escribo en cartas para no decirlas.
    Hay cosas que escribo en canciones para repetirlas.
    Hay cosas que están en mi alma y quedaran contigo cuando me haya ido.
    en todas acabo diciendo cuanto te he querido.
    Hay cosas que escribo en la cama.
    Hay cosas que escribo en el aire.
    Hay cosas que siento tan mías que no son de nadie.
    Hay cosas que escribo contigo.
    Y hay cosas que sin ti no valen.
    Hay cosas y cosas que acaban llegando tan tarde.
    Hay cosas que se lleva el tiempo sabe Dios a donde.
    Hay cosas que siguen ancladas cuando el tiempo corre.
    Hay cosas que están en mi alma y quedaran conmigo cuando me haya ido,
    en todas acabo sabiendo cuanto me has querido.
    Hay cartas urgentes que llegan cuando ya no hay nadie.

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    1. Rossana tiene las notas y las palabras adecuadas para muchas situaciones, muñeca...

      Como un guante...

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  3. interesante... profundo... genial...

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  4. interesante... profundo... genial... te admiro por eso...

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  5. Que bonito! Desearía ser la "Alma" de alguien...

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