jueves, 20 de diciembre de 2012

El canto de la sirena




La chica llega cinco minutos tarde y se disculpa con él, que es el supervisor en nuestra oficina. Le da un beso en la mejilla que dura solo un par de segundos más de lo usual. Nadie parece notarlo, pero para el ojo entrenado, hay un mensaje claro en el beso y en la manera en que desliza su mano sobre la de él mientras se dirige a su escritorio, con ese andar felino que las mujeres saben explotar. 

Se han mensajeado toda la mañana, a través del celular. Ella suelta una risita y lo mira después de leer algo en el dispositivo. Él coloca de vuelta el suyo en la bolsa del saco y le sostiene la mirada. Después vuelven al trabajo o al menos eso es lo que aparentan.

He sido testigo de historias similares muchas veces y el resultado ha sido idéntico. A pesar de eso, no pienso intervenir. Tal vez deba dejarlo aprender ciertas lecciones por sí mismo. Sé que ella no tiene nada qué perder y además sé también, por experiencia propia que cuando un hombre entra en determinado umbral de apasionamiento, no escucha voces ni consejos. Todo lo que ocupa su mente es el canto de la sirena. Eso y nada más.

Su esencia, su alma, le pertenecen ahora a ella. Lo supe en el momento en que tomó la foto de su esposa para colocarla dentro del cajón. A partir de ahora todo apunta hacia el naufragio y me veré obligado a ver como se deteriora, como colapsa. Después de eso, tal vez tenga que ayudarle a buscar y unir con cinta adhesiva las piezas rotas de su corazón. A fin de cuentas, para eso son los amigos.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Te amo



-Te amo -le dije mirándola directamente a los ojos y con la misma sonrisa ensayada que tengo para todas las demás.


Ella, como siempre, no se intimidó. Delicadamente deslizó una mano sobre su frente, apartando el mechón de cabello castaño que caía sobre la misma y me respondió de la manera acostumbrada.


-Me encanta cuando mientes de esa manera. De todos los mentirosos, tú eres mi favorito.


Me acerqué a ella y le abracé. La sábana que nos cubría a ambos era de color azul claro. Yo la corrí con la mano izquierda para besar con libertad las pecas en sus hombros desnudos. Ella cerró los ojos y me dejó hacer, mientras el sendero de besos seguía de manera ascendente hasta su cuello. Los primeros rayos de sol se colaban por la ventana y los olores de la  primavera que llegaría cinco días después, amenazaban colarse por esa rendija de la ventana que nunca reparamos.


-Debo irme -comenté al fin.
-Lo sé -respondió ella con una sonrisa.


Así. Sin reproches, sin llantos. Consciente de que intentar detenerme carecía de sentido. El grado de entendimiento entre los dos y la pasión que nos unía facilitaban una conversación plena de silencios, roces y miradas de complicidad.


-Discúlpame -dije antes de besar suavemente sus labios y girar el picaporte para marcharme a casa.
-No te preocupes -contestó ella desde las sábanas, mirándome sensualmente y agregó:
-de cualquier modo, la luna sigue siendo nuestra.


Cerré la puerta detrás de mí y sonriendo me alejé del departamento pensando en esa frase, en ese código que solamente ella y yo entendíamos, sintiendo en mi espalda su mirada desde la ventana.

-Así es, querida: Nuestra.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Imaginario



Siempre fue una niña solitaria -al menos esa fue su percepción, pese a estar rodeada de una familia que se preocupaba por ella y por sus hermanas- y no cambió de parecer ni siquiera al llegar a la edad adulta. Soy invisible, no soy importante para nadie eran frases que acudían a sus labios con frecuencia. Esa necesidad de estar con alguien y dejar de sentirse tan vacía le hizo concebir al imaginario.

Y le creó a imagen y semejanza de un sueño que soñó tener una vez: moreno, ojos color café, voz grave, no muy alto, solo lo suficiente para alcanzar a besar sus labios sobre las plataformas de esos zapatos rojos, los favoritos. Detallista, romántico, cariñoso y sincero. Confiado, seguro de sí mismo, tal vez con alguna habilidad artística, la cual no se había decidido a asignarle desde un principio,  pero se decantó por convencerse de que el imaginario era músico y tocaba el piano.

Se pasaba tardes enteras hablando de él a sus compañeras de trabajo y lo hacía con tanta convicción que todas ellas le asumieron como real. Incluso, hubo ocasiones en que le culpó de su rostro demacrado, aduciendo una noche de llanto después de una fuerte discusión con él. Pero un día comenzaron a sospechar, a cuestionar, a pedir alguna muestra de que realmente existía, porque nunca habían visto una evidencia de lo contrario.

Todo lo anterior le hizo sentirse observada, perseguida y optó por refugiarse en su pequeño departamento, donde nadie la molestara ni le hiciera cuestionamientos incómodos. Cerró con llave y se metió a la cama, cerró fuerte los ojos y deseó con todo su ser parecerse a él. Al despertar la mañana siguiente, se dio cuenta que su estructura molecular había cambiado y que ahora se encontraba formada de esa sustancia blanquecina y translúcida  de la cual están hechos los sueños. Sobra decir que a partir de ese momento,  nadie más la volvió a ver. 

domingo, 2 de diciembre de 2012

El miedo a ser bueno




Es la última escena de una de mis películas favoritas. Lester -interpretado magistralmente por Kevin Spacey- es cuestionado por una sensual Lolita -en la piel de Mena Suvari- acerca de cómo se siente en ese justo momento. Su respuesta, después de pensarlo durante unos cuantos segundos es "Me siento muy bien" -I feel great-. Es el momento en que el personaje se da cuenta de que ha comenzado a vivir y por primera vez en la película adquiere consciencia acerca de lo feliz que se siente con las decisiones que ha tomado y que lo han llevado al lugar que ocupa en esta última toma. 

Justo unos momentos antes ha rechazado algo que ha deseado durante toda la cinta y al hacerlo reconoce que, a pesar de lo que pudieran decir los demás, él es -sigue siendo- una buena persona. Es aquí que suena una detonación de arma de fuego y aparece una salpicadura de sangre sobre los azulejos de la pared de la cocina. Algo totalmente injusto a los ojos del espectador, ya que a lo largo de la película el personaje de Spacey se ha ganado el cariño del público y decididamente, no se lo merecía.

La muerte como consecuencia a la bondad, sin embargo, no es algo nuevo para mí. 

Cuando estaba en los primeros semestres del bachillerato sobresalía uno de mis compañeros por su carácter afectuoso, su optimismo, su alegría por la vida y porque siempre ayudaba a todo aquel que lo necesitara. Pueden imaginar la sorpresa de los compañeros la mañana que llegamos y no le encontramos más. Accidente. Atropellamiento justo afuera de la escuela.

Años más tarde, un pintoresco personaje, buen marido, buen padre, sin vicios... enfermedad terminal. Y hace poco, un estudiante dedicado, hijo cariñoso, novio fiel, trabajador responsable, ejemplo y apoyo para todos sus compañeros. 

Me llaman poderosamente la atención comentarios como ya ves, se mueren los buenos, se quedan los malos, precisamente porque es cierto. Es por eso que no puedo darme el lujo de ser bueno: estoy convencido de que la bondad me garantiza una muerte prematura y yo quiero vivir.

Y si para eso tengo que ser malo, lo seré, pondré en ello todo mi empeño y disfrutaré vivir de esa manera.


domingo, 11 de noviembre de 2012

Me queda claro

Feliz Cumpleaños




No es amor, me queda claro. Lo adivino en la humedad de nuestros besos. En la erizada piel de tu espalda cuando mi lengua asciende por los escalones de tu espina, impulsada por mi aliento.

Yo no te amo, pero todos los días te deseo. A las tres de la mañana y a las cuatro y a las cinco. Y antes de las seis, cuando el frío cala y el ardor de tus abrazos se vuelve una necesidad. Te deseo más cuando mis ojos, cansados de buscarte tantas horas, se vuelven a cerrar.

Anhelo el calor de tus abrazos y nuestros salvajes besos, de dientes y saliva; la travesía lasciva de mi rampante mano, sobre tus muslos de piel morena, durante el peligroso ascenso por tus largas piernas. 

Extraño tu cabello negro derramándose en la almohada y el contraste de tu piel sobre la blancura de mis sábanas. Pero extraño más  tus claros ojos, tus ojos eternos, el perfume de tus hombros y tu espalda,  y beber de un sorbo tu linda imagen con la mirada.

He soñado contigo, con tu cuerpo, cubierto apenas por la combinación negra y granate de las prendas que te regalé. Ansío despojarte de ellas, deslizar una y arrancar la otra en un éxtasis frenético de lujuria y besos, mojados ambos en las cálidas notas de una canción de Auté.

Sirena seductora, entona tu canto una vez más. Pídeme que te acompañe, mujer-hechicera y, al momento, se dirigirán hacia tu puerto mis bien combadas velas. 

No. No es amor, estoy seguro. Pero -me queda claro- que soy esclavo de tu conjuro.





viernes, 2 de noviembre de 2012

Me he convertido




Me he convertido en todo aquello que un padre desearía evitar a sus hijas: un músico desobligado, un hombre sin disciplina, un cínico infiel y un mentiroso experto.

Pero cómo lo disfruto.

sábado, 13 de octubre de 2012

Medea



Los últimos rayos de sol se abrían paso con dificultad entre las  frondosas copas y herían sus hermosos ojos. Tuvo que levantar la diestra y protegerse con ella. En pocos minutos la noche sin luna se apoderaría del camino y sería complicado alcanzar la encrucijada. La princesa Medea lo sabía, así que sus pies descalzos recorrieron aprisa las últimas decenas de metros: El ritual, como siempre, debía ser ejecutado en el lugar que demandaba la Diosa.

Fue precisamente en la encrucijada donde Medea detuvo su andar. Se esforzó porque su respiración volviera a su ritmo normal. Aspiró profundamente y no pudo evitar recordar lo dicho por el Oráculo al momento de su nacimiento: 

Tendrá una infancia feliz y será hábil en las artes de la adivinación y la magia. Sin embargo, el amor hacia un hombre le hará perder absolutamente todo.

Sobra decir que fue esa precisamente la razón por la que había sido consagrada como sacerdotisa en el templo de Hékate desde que era una niña. Y más obvio resulta aún, el exacerbado desprecio -y velado temor- que profesaba hacia el sexo masculino. Mismo que le había hecho prometerse a sí misma que jamás se enamoraría, pues eso, precisamente, estaría marcando el inicio de sus desgracias.

Se colocó la piel de leopardo y puso ambas manos a la altura del pecho, contando los latidos acostumbrados, luego el índice y el corazón de su mano derecha se movieron a sus labios y su frente durante el mismo lapso de tiempo. Con los puños cerrados levantó ambos brazos hacia ese cielo carente de luna pero colmado de estrellas. Abrió las manos y dirigió la palma de su mano izquierda hacia el manto infinito, la derecha fue bajando poco a poco hasta que la palma apuntara al suelo. El trance comenzaba y también la invocación:

Amiga y amante de la oscuridad, Diosa y madre mía, tú que caminas entre fantasmas y entre tumbas; tú la peregrina, la de la triple faz, Luna, Diana y Proserpina, la guardiana de las llaves, ¡portadora de la luz! Te ruego me seas propicia.
Te invoco a ti, Gran Señora de Cielo, Mar y Tierra, por tus misterios de noche y día, por la luz de luna y la sombra del sol. Te invoco a ti, Señora de la vida, la muerte y el renacimiento; emerge ahora del mundo de las sombras para alimentar mi alma y dar luz a mi mente, Señora de los tres caminos, Hékate, compañera y guía en los terribles senderos, te suplico y te ruego... ¡Susurra ahora tus secretos!

Apenas había encendido Medea el fuego místico cuando escuchó la voz de la deidad, dirigiéndose cariñosamente a ella, como tantas otras veces:

-Hija mía, la favorita, ¿qué es lo que deseas saber?
-¿Quiénes son los guerreros que han anclado en las costas de La Cólquide y qué es lo que desean?
-Son soldados, príncipes y aventureros. Vienen a buscar el tesoro más preciado que posee el rey, tu padre.
-En ese caso, les daré muerte.
-Será mejor que lo hagas pronto, hija mía, porque entre ellos, ha desembarcado aquél predestinado a ser amado por ti. El que te traerá traición y muerte. El que se marchará con alguien más.
-No le daré esa oportunidad -dijo Medea segura de sí misma- ninguno de los tripulantes de esa nave volverá a ver el amanecer en su reino...

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El Rey Eetes esperaba ansioso el regreso de la princesa Medea. Aun a pesar de siempre haberse opuesto a la consagración de su hija más joven al templo de Hékate, había aprendido a respetar sus habilidades adivinatorias. Recordó haber estado en desacuerdo con la decisión tomada por la reina, es decir, enviarla con las sacerdotisas. Pero ambas, tanto Medea como Idía, su madre, eran necias y obcecadas. El rey estaba seguro que la necedad de la princesa por hacer las cosas a su capricho, le acarrearía terribles dificultades.

-¿Qué ha dicho la Diosa, hija mía? -preguntó en cuanto le vio cruzar el umbral.
-Vienen por el vellocino dorado, padre.
-Es mi mayor tesoro.
-Lo sé. Y es por eso que les prometerás que tal premio les será otorgado una vez que su capitán cumpla con tres retos imposibles de lograr, que te detallo a continuación.
-¿Tres?
-Tal como lo manda la guardiana de las llaves.

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Medea entró corriendo en sus aposentos, bañada en llanto. Se dejó caer sobre su lecho y cubriendo el rostro con ambas manos, siguió llorando por varios minutos más.

-¿Por qué, Diosa, por qué?


La princesa y sacerdotisa recordó cómo había sido el encuentro. Cerró los ojos y volvió a ver entrar por el portal de la cámara principal al héroe Jasón, seguido de su escolta. Le escuchó hablar, sintió como las graves vibraciones de la voz del joven que hablaba frente a su padre y su medio hermano, Absirto, calaban profundamente en su ser. De pie, a la izquierda de la silla del rey, admiró la valentía de aquél extranjero. Vio las cicatrices en los brazos y se dio cuenta que no había sido un viaje placentero, ni libre de privaciones. Creyó ver en el guerrero que venía a solicitar un objeto mágico, obsequiado a su padre, a un hombre probo, honesto, capaz de hablar directamente y sin máscaras. Le admiró por eso. Ella, la que había planeado su muerte, flaqueaba, cambiaba de sentimientos y ahora deseaba salvar de la muerte segura a la que el rey enviaría a Jasón siguiendo -irónicamente- sus recomendaciones.

-¿Señora de las encrucijadas, portadora de las antorchas, qué debo hacer? -pidió a Hékate consejo.


La Diosa se manifestó en la danzante llama de la vela encendida para tal fin.

-Debes seguir adelante con el plan trazado originalmente. El vellocino tiene que  permanecer en La Cólquide  y los viajeros deben ser exterminados. 
-Pero ahora no puedo hacerlo. Vi la determinación en los ojos del capitán Jasón. Yo esperaba un guerrero que a sangre y fuego quisiera conquistar nuestras tierras y hurtar el tesoro más preciado que hay en éstas, pero en su lugar, apareció un hombre dispuesto a dialogar para convencer. He visto en ese joven cualidades que nunca descubrí en otro hombre. No puedo matarlo ni permitir que le hagan daño.
-Ese hombre será tu perdición, hija mía.
-No importa. Yo lo quiero.


La determinación en la voz de la princesa parecía más un capricho que una resolución. Tal vez por eso la voz de la Diosa de la Oscuridad dejó de escucharse. Medea, como hija menor, mujer y princesa, había sido mal-acostumbrada a obtener siempre lo que deseaba. Desde niña supo de su poder y una vez sacerdotisa y hechicera, la magia fue su aliada para lograr absolutamente todo lo que se proponía, por más imposible que pudiera parecer para cualquier otro mortal. Aun así, quiso cerciorarse de las consecuencias que le acarrearían sus decisiones. Tomó los caracoles y los lanzó.

Hábil adivinadora -como lo pronosticara el Oráculo- vio en su destino tristeza, llanto y el claro indicio de que Jasón no le amaría jamás e incluso, la abandonaría por otra mujer. Cegada por su capricho, decidió ignorar todas las señales, aduciendo que su belleza, su magia y su amor bastarían para que Jasón, el viajero, la amara y nunca deseara separarse de ella. Se lo demostraría. Traicionaría a su padre, a su hermano, a su herencia y a su patria y, de esa manera,  su recién conocido amor no tendría más remedio que adorarla hasta el final de los días.

Esa lógica sin sentido de las mujeres que saben que serán destruidas por aquello que más aman -o creen amar- le hizo urdir un plan y crear los antídotos adecuados a las trampas que ella misma había diseñado.  Una vez terminado su trabajo fue buscar al capitán para ofrecerle los medios que le ayudarían a lograr su objetivo.

-¿Por qué lo hace, Princesa? -preguntó Jasón.
-Porque te amo.
-¿Cómo puede decir que me ama, si realmente no me conoce?
-Eso no importa. Yo te amo.


El argonauta sintió la necesidad de ser honesto con ella.

-Yo no la amo princesa.

Hubo un momento de silencio. Medea bajó la mirada y tras dudar por un instante, reanudó con mayor vehemencia.

-Yo puedo amarte por los dos. Ese cariño que no sientes surgirá. Yo lo haré surgir. Tú tendrás tu premio y yo te tendré a ti.
-Esa traición a su pueblo significará su muerte princesa.
-Es por eso que tendrás que llevarme contigo. -dijo ella, sonriendo.


Jasón colocó el puño sobre sus labios, en actitud pensativa. Valoró lo que se le ofrecía. Una victoria a cambio de fingir algún tipo de cariño hacia la princesa Medea. La lógica se impuso y decidió aceptar la oferta que se le presentaba de manera tan conveniente.

-No puedo amarla como usted pretende princesa... Soy un viajero, un espíritu libre. No deseo atarme a un solo puerto ni a una sola mujer. 
-Eso no importa -repitió Medea una vez más- dame lo que tengas, el poco cariño que tengas para mí, que yo sabré conformarme.
-¿Está usted segura? 
-Tan segura como que eres lo que más quiero en el mundo.
-Entonces acepto.
-Me haces muy feliz.


Medea, con lágrimas en los ojos, hundió el rostro en el pecho de su amado, abrazándole desesperadamente, como los moribundos se asen a la vida cuando la boca del inframundo se abre ante sus pies. Él la abrazó fría e inexpresivamente y, con un beso en los labios, desencadenaron juntos aquella promesa de infelicidad que pendía sobre la cabeza de la princesa desde el instante mismo de su nacimiento.