viernes, 14 de febrero de 2014

En línea




Hace rato que el sol se ha puesto en el horizonte y son las luces artificiales las que iluminan la ciudad. Aún se puede escuchar el agitado ritmo de la vida citadina que corre, que huye, que busca llegar a un lugar que nunca encuentra. Es la última hora pico de la jornada.

Coloca la llave en la cerradura y con un giro de la muñeca activa el mecanismo. Entra en la salita y su brazo se extiende automáticamente para encender la luz de un departamento que su cuerpo conoce de memoria.

Después de merendar se desata los cordones de los zapatos y se quita éstos últimos sin usar las manos, solo empujándolos con los talones. Se tira en la cama y comienza el ritual.

Toma el dispositivo con la mano izquierda y con el índice de la derecha marca sobre el aparato el patrón de desbloqueo el cual -convenientemente-, es la inicial del nombre de ella.

La ansiedad provoca que su desplazamiento entre las pantallas sea torpe, pero finalmente encuentra el icono que le provoca esa sensación -tan irreal como imperativa- de cercanía. Él mismo asume que se le ha convertido en adicción.

Sus latidos se aceleran y contiene la respiración por un momento, de manera casi imperceptible.

La incertidumbre lo ha vuelto irritable, antisocial. El único sentimiento placentero que conoce últimamente, lo puede obtener de vez en cuando, al observar el dispositivo que ahora sostiene entre sus manos.

Él es consciente, desde su último encuentro, que llamarle es una pésima idea; pero no puede evitar extrañarle, desearle, fantasear con ella, recordarle suya, abrazar su desnudez con la imaginación como si regresara el tiempo hasta aquellos días en el pequeño departamento donde apenas había espacio suficiente para el refrigerador, la cama, el sillón, las dos sillas y la mesa; únicos testigos de sus frecuentes escapatorias.

Con el pulgar sobre el botón verde, a punto de marcar,  recuerda su situación y decide salir de la lista de contactos, para evitar hacer eso que desea en forma tan vehemente. Se siente tenso, desesperado...


No hay mucho que pueda hacer. Salvo espiarla sin que ella lo sepa, sin que ella lo sienta; todo a través del dispositivo electrónico. Todavía espera unos cuantos minutos más, que le parecen horas.

Al fin, justo debajo del nombre ficticio que ha inventado para ella -costumbre paranoide que no ha podido desarraigar-, aparece esa leyenda que tanto espera:

  • On line


Ahora sabe -al menos- que en algún lugar del mundo ella aún existe. Alberga la esperanza de que tal vez el emoticón de la carita sonriente que ella tiene como estado, vaya con dedicatoria para él. Gira el cuello hacia su derecha para ver el reloj de una vieja videocasetera que ya solo sirve para eso. Son las 10:24 de la noche de un diez de febrero.

Se desliza sobre el colchón hasta que su cabeza encuentra la almohada, inhala profundamente y cierra los ojos mientras sonríe: ahora podrá dormir tranquilo.

domingo, 5 de enero de 2014

Cansado de besar princesas



Erase una vez, hace muchos, muchos años, en un lugar muy lejano (probablemente en Estados Unidos, tierra del californiano Walt Disney, responsable de que las mujeres de mi generación -y de varias más- crecieran con una idea absolutamente distorsionada acerca de los conceptos de felicidad y amor, principalmente), un bosque encantado.

Pensándolo bien, un bosque encantado encaja de mejor manera en las tradiciones nórdicas e incluso en el folclor oriental, lo cual me obliga a olvidarme de la clase de geografía del mundo y recomenzar la historia:

Erase una vez, hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano (cuya ubicación real se desconoce), un bosque misterioso del cual se contaban muchas historias fantásticas. Al norte del bosque se encontraba un impresionante castillo amurallado y rodeado de un foso que un día estuvo lleno de agua. En el castillo vivía un rey, con su única hija. La reina se había largado años atrás con un joven caballero que montaba un brioso corcel, del modelo más reciente (se cuenta que la reina no pudo soportar el seguir usando el mismo modelo de caballo por dos años seguidos, porque sería duramente criticada por las otras reinas, durante sus reuniones en el club. Otras versiones aseguran que el rey comenzaba a mostrar tendencias hidrocanoicas y su mujer no estaba dispuesta a soportar los chismes publicados en El juglar sentimental,  panfleto más leído del reino).

En este hogar (castillo), sin la figura dominante y a merced de la sobreprotección del Rey, creció la princesa Cristal, que a diferencia de su nombre no era frágil ni transparente, sino dura y berrinchuda, como la mayoría de las mujeres (perdón, princesas).

No es difícil imaginar el carácter de una chica a la cual se le cumple cualquier capricho para tratar de compensar el abandono de su madre. Fue consentida más allá de los límites imaginables y por supuesto, cuidada en extremo para evitar que se hiciera ningún daño: le ocultaron todo tipo de herramientas (incluidas las ruecas, debido a una extraña fijación del padre), las tijeras, los tenedores (que eran un elemento de moda por aquellos días), los martillos, las escobas... Así que creció siendo una inútil que no sabía como usar ningún utensilio. Aunque eso no le preocupaba.

¿Por qué habría de preocuparse si lo tenía todo a la mano y al alcance de un grito de princesa consentida?
Tenía el poder, el oro para pagar a los mejores elfos cirujanos plásticos, a los más hábiles enanos joyeros y a las mejores hadas estilistas: el mundo era suyo.

Pero sucedió que un mal día llegó otro joven y galante caballero que cautivó con su hermosura (y con su brioso corcel) al Rey, cuyo problema hidrocanoico terminó por manifestarse abiertamente y cubierto solo con su manto de púrpura y armiño (cual Lady Godiva cruzando el pueblo de Coventry), huyó en ancas con aquél hermoso príncipe, perdiéndose ambos en el horizonte, al filo del anochecer.

La princesa que no tenía idea de como administrar un castillo o utilizar algún instrumento pronto quedó en bancarrota y se quedó solo con el castillo (propiedad que también perdió al cometer la estupidez de firmar como aval para una ninfa de dudosa reputación).

Así pues, no solo huérfana, sino desprotegida y sin un centavo tuvo que marcharse del lugar para tratar de buscar donde vivir. Sin embargo, el único camino que podía tomar cruzaba precisamente aquél bosque misterioso. Una de las hadas estilistas todavía le quiso hacer un favor:

-¡Ay, manis! Me da tanta pena tu caso... Tú que eras tan uff, tan nais, tan delajáis, mira que terminar así... Toma: te regalo esto.
-¿Qué es? -preguntó  la princesa.
-Es una brújula, estúpida... Ay perdón, se me olvida que no conoces nada de nada. Esta es una brújula mágica que te permitirá encontrar lo mejor para ti, solo tienes que pedirlo con mucha fe y voilá, aparecerá frente a tus narices.

La princesa se alejó pensando que eso de creer en la magia era una tontería. Y se internó en el bosque...


Después de caminar un rato, se sintió totalmente maltrecha y dolorida. Tenía hinchados los tobillos (solo a alguien como ella se le podía ocurrir emprender el camino a campo traviesa calzando tacones del 16). Llegó a la orilla de un arroyo, se sentó sobre la grama y recargó los brazos en una piedra grande y lisa y comenzó a llorar con ese llanto agudo y entrecortado que tienen las princesas.

Lo único que había podido conservar de todas sus pertenencias era una bolsa de Gucci (obviamente finísima) en la que metió torpemente las manos para buscar un pañuelo con el cual poder limpiarse los mocos. Sus dedos encontraron la brújula que le dio aquella hada de apariencia andrógina y la sostuvo entre sus manos.

-¿Qué es lo mejor para mí? -Se preguntó.
-¡Hola!

Del susto la princesa saltó hacia atrás, con tan  mala suerte que resbaló con un guijarro y cayó golpeándose muy fuerte en las nalgas. Concluyó que, definitivamente, esa caída no era lo mejor para ella y comenzó a maldecir.

-Hola -volvió a decir el sapo.

Era un sapo feo, como todos los sapos, de una tonalidad gris verdosa, con ojos pequeños y una boca muy grande. Aún así, tenía una voz extraordinariamente agradable y varonil. Medía casi 20 centímetros de cabo a rabo. También era un sapo muy educado y elocuente.

-Parece que estás en problemas.
-¿Problemas? ¡Claro que estoy en problemas! dijo la princesa apenas repuesta de la sorpresa (no se asustó, ni le pareció extraño encontrar un sapo parlante, pues vivía en un cuento de hadas). 

Y le contó su historia.


Cuando hubo terminado, el sapo quedó pensativo por unos segundos y después comentó:

-Tienes suerte de haberme encontrado. Te puedo ayudar, pero para eso debes dejar que te de un beso.
-¡Guácala! -dijo la princesa- ¡Pero si eres un sapo baboso!
-Te dejo entonces seguir tu camino -sentenció el sapo gravemente.
-Está bien, lo haré -chilló ella.


Para su sorpresa el sapo era un excelente besador, lo cual hizo pensar a la princesa que ella no era la primera. Lo cierto es que una lengua de semejantes dimensiones (23 centímetros de puro músculo lingual) había posibilitado que el sapo lograra un extraordinario perfeccionamiento en la técnica del beso francés, que rayaba en lo artístico.

Una intensa luminosidad los envolvió a ambos y al diluirse, apareció ante ella un hombre que no era rubio, ni alto, ni usaba espada al cinto, ni montaba un brioso corcel.


-¿Eres un príncipe? -preguntó la princesa Cristal con la emoción brillando en sus ojos.
-No, soy un trabajador -dijo el tipo.
-Ash -dijo ella, francamente decepcionada.


El hombre trabajador fingió no escuchar aquella expresión y la guió a su casa, la cual era tan común como él. 

-Aquí podrás quedarte -le dijo mirándole a los ojos- pero debes ganarte ese derecho, así que tendrás que ayudarme a limpiar, a ordenar, a lavar y a poner en orden la casa.


Mientras ella fregaba el piso y el hombre común lavaba los platos volvió a preguntarse ¿Cómo es posible que esto sea lo mejor para mí?

Al terminar y después de tanto fregar (actividad que se le dio de manera prácticamente natural: fregó todo el día), la princesa Cristal se sentía exhausta. Quería descansar y se dio cuenta que en aquella vivienda solo había una cama.

-¿Y tú dónde vas a dormir? - le preguntó al hombre.
-Es mi cama. Yo te permito dormir conmigo en lugar de hacerlo en el bosque misterioso.

La princesa soltó un pequeño gruñido, pues no tenía más remedio que aceptar. El hombre se acostó del lado izquierdo de la cama, cediendo una mitad para su invitada. 

A la luz de la luna la princesa Cristal comenzó el ritual que toda princesa que se precie de serlo realiza antes de dormir. Y frente a los atónitos ojos del hombre que le observaba desde un almohadón de plumas de ganso, sucedió lo inimaginable.

Primero, se quitó las extensiones de cabello que colocó con cuidado en la mesita de noche. Después, frente al espejo, arrancó las dos tiras que sostenían las pestañas postizas y quitó los pupilentes de color. Luego se quitó la faja, el trasero postizo, los dientes falsos y terminó limpiando la pintura que le cubría el rostro, el cuello y parte del pecho. Al final solo quedó una figura humanoide, al parecer hecha de cartón (de ese color y textura), pues debajo de todo lo demás, solo eso había.


El otrora sapo no podía dar crédito a lo que veían sus ojos y salió  a mojarse el rostro con el agua de la garrafa.   

-Qué asco -dijo para sí- y pensar que yo me atreví a besar esa cosa... 


domingo, 22 de diciembre de 2013

Just Do It



He vuelto al gimnasio después de varios meses de holgazanería pero eso sí, con la determinación bien alimentada. Aún aquí soy un solitario y un antisocial, por lo mismo no encuentro mucha gente a la cual saludar. De hecho, el único que hace una ligera inclinación de cabeza a manera de bienvenida, es  el instructor en turno. 

Cabe en el estereotipo: alto, fornido, come atún, ensalada o pollo y adiciona su agua con esos polvos mágicos que les vuelven tan poderosos y, sobre todo, tiene un nombre de entrenador de gimnasio: Charly, Roger, Richi o alguno similar.

Ésta vez no anda deambulando por el lugar dando los acertados consejos que los neófitos requieren. Tampoco está de pie, frente a los espejos que rodean todo el recinto levantando los brazos en una franca evaluación de los centímetros que sus bíceps han crecido durante los últimos dos meses. Hoy no.

Frente a él hay una chica de unos 23 o 24 años, delgada y con un rostro muy agradable a la vista. No es una hermosura despampanante pero sí es de esas mujeres que llaman la atención por la armonía de sus facciones. El cabello es muy lacio y lo trae recogido en una pony tail que cae hasta un poco más abajo de los hombros. Tiene puesto un pantalón de mezclilla gris claro que hace lucir sus piernas largas, un cinturón color miel, botas negras y una chamarra blanca con peluche en la gorra. El que no lleve ropa de gimnasio es lo que más llama mi atención: no está aquí por el ejercicio.

Después de tanto tiempo sin realizar actividades físicas, tendré que pasar varios minutos en la caminadora para calentar lo suficiente y no provocarme algún daño, tratando de levantar los extraordinarios 20 kilos que pienso colocar en la barra. Lo cierto es que al estar aquí puedo observar sin censura la manera en que se desarrolla la conversación.

No escucho nada de lo que dicen. La distancia y la música electrónica (no esperaría menos estando en un lugar como éste) me impiden lograrlo, pero puedo ver cómo lo mira. Él está de pie frente a ella y le cuenta algo. Ella sonríe y no le quita la mirada del rostro. Yo termino en la caminadora y sigo con lo que recuerdo de la rutina de ejercicios.

Al terminar me acerco a él, para pagar la mensualidad (es lo que me falta para sentir que he vuelto). La curiosidad es más fuerte que yo:

-Esa chica... ¿qué onda?
-¿Te refieres a sí hay algo? ¡Yo sería feliz si así fuera!
-¿Entonces sí sales con ella?
-Sí. Somos amigos desde hace muchos años.
-¿Y no le has dicho nada?
-No. ¿Cómo decirlo? Ya ves cómo es ella de jovencita y muy linda y tiene muy bonitos sentimientos. Yo ya estoy viejo para ella y divorciado. Ella tiene buen trabajo y gana muy bien... La verdad me siento menos.

Aún recordando la forma en que la chica le miraba, vuelvo a insistir.

-Pero, ¿qué importa todo eso?
-La verdad siento temor. Ya ves que la última vez no me fue muy bien.
-Eso no quiere decir que todas las ocasiones vayan a ser iguales.
-¿Tú crees que debería soltarle prenda? 
-Sí.
-Pero luego todo va a pasar y hasta su amistad voy a perder.
-Yo lo que no quisiera es que un día cuando seas realmente un viejito, vuelvas la mirada al pasado y te preguntes ¿qué hubiera sucedido si yo le hubiera dicho?
-Me da miedo, no creas... Tú mero.

Mientras lo dice hace un movimiento con el mentón, como indicando la puerta por donde ella salió. Eso sí me saca de balance. ¿Me está cediendo el camino hacia una mujer que básicamente ha descrito como maravillosa sin luchar un poco? De pronto me siento tentado a decirle que lo haré, pero es una reacción de solo un instante. ¿Y para qué? Si en todo el tiempo que estuvo ahí de visita, no me miró ni a nadie más. Dudo que se haya fijado cuantas personas pasamos por su lado los 20 minutos que yo les vi conversando. En sus ojos solo estaba él (como persona, no como una masa musculosa: sé reconocer esa mirada).

Para alguien como yo resulta difícil encontrarse con una persona decidida a no actuar, a no hacer, por mínimas que sean las probabilidades: 0.23 sigue siendo mayor que 0. No sé si algún día él se decida a actuar, pero entre tantos lobos hambrientos, seguramente habrá alguien dispuesto a comerle el mandado mientras lo sigue pensando... 

Eso es seguro.




domingo, 1 de diciembre de 2013

¿Quién se ha creído?


"Cuando estás, ya no están los demás.
Cuando te vas, tengo ganas de llorar
perdía en el sillón de mi cuarto
pienso en ti con mis manos..."
-Bebe.



Hace rato que intento conciliar el sueño, sin resultado alguno. Y la culpable es ella.

Cansado de dar vueltas hacia un lado y hacia otro decido encender la luz. Coloco las manos bajo la nuca y quedo absorto contemplando el filamento de la bombilla durante un momento (o lo que parece ser un momento). Cuando volteo a ver el reloj en mi muñeca, me dice que ha sido casi media hora.

Me siento en la orilla del colchón y aún deslumbrado por la luz en las pupilas  arrojo sobre mis hombros desnudos lo primero que encuentro. Atravieso el patio y veo el cielo estrellado entre las ramas del limonero. No hay nubes, pero tampoco luna.

Me dirijo a la cocina, sirvo agua en un vaso, y regreso al comedor en una sucesión de movimientos mecánicos. Coloco el celular sobre la mesa y abro su mensaje una vez más. Tres palabras son las que no me dejan dormir: pienso en ti... 

Apago el aparato y lo arrojo lejos de mí, en el sofá. Con los codos sobre  la mesa y las manos en el cabello pregunto en voz alta: ¿Quién se ha creído?

Nadie responde. Ella no está ahí. Al menos no físicamente. 

Es mi desesperación, mis horas sin sueño, mis días sin ella y mi orgullo maltrecho quienes lo preguntan. ¿Quién le da el derecho de irrumpir nuevamente en mi vida? (Irónicamente, me doy cuenta de que nunca se ha ido). ¿Y con tal facilidad? Un simple mensaje de texto enviado a las once de la noche con cincuenta y dos minutos y mis ideas vuelven a orbitar en torno a ella. Le descubro en mi mente como antes: mi obsesión, el objeto de mi lujuria, la pasión malsana que me hace sentir tan vivo, mi fruta prohibida, mi adicción al riesgo y al dulce veneno que tienen su lengua y sus besos.

La deseo más ahora que el destino nos hace coincidir, que la puedo ver de lejos al menos, desde el barandal del segundo piso. Me matan las ganas por correr a ella, tomarla en un abrazo, rodear su cintura breve, levantarla en vilo y probar sus labios y su cuello en un beso apasionado y voluptuoso, en un éxtasis que imagino vampírico.

De a poco, me voy quedando dormido, sumido en mis fantasías. Recordando aquellos días en que fuimos amantes (aunque de manera estricta, nunca dejamos de serlo). Días de escapes, de llamadas perdidas que nos buscaban a los dos. Tardes de sospechas, de preguntas que se contestan con mentiras: No, no está conmigo... Noches de sexo llevado al extremo más lejano que los instintos naturales pueden permitir. 

Son las tres de la mañana. Vencido por el sueño y el cansancio que me provoca pensar en esta situación, me he quedado dormido sobre la mesa del comedor...


viernes, 15 de noviembre de 2013

Momentos mágicos

"Ahora que las floristas me saludan,
ahora que me doctoro en lencería,
ahora que te desnudo y me desnudas
y en la estación de las dudas
muere un tren de cercanías..."

-Joaquín Sabina


Ahora que mis rutinas se ven alteradas 
y que no escribo cuando quiero, 
sino cuando me queda un resquicio de tiempo. 
Malditas estructuras obsesivas...




Se vieron temprano ese día, después de una dura semana en los trabajos de ambos. Por fin un poco de descanso, sin el incesante bip de las impresoras ni el monótono golpetear de los dedos sobre los teclados. Solo el aire libre de humo de cigarrillo que les brindaba el parque y las hojas secas bajo sus pies. 

Los pequeños cúmulos de nubes allá, en el cielo azul, hacían adivinar  que la tarde sería aún más fresca. Se detuvieron un poco para escuchar al viento silbar entre las copas de los árboles y disfrutar de esos sonidos que se aprecian mejor cuando la mayoría de la gente de la ciudad trata de protegerse del frío dentro de sus propias casas. El domingo recién se partía por la mitad.

Lo de ellos era caminar. Los autos les representaban un candado a lo emotivo y a la espontaneidad, a menos que ambos se encontraran en el asiento trasero. Tener que atender al volante y a la palanca de velocidades resulta en un terrible distractor.

Ahora caminaban  por una callejuela empedrada. Ella colgada del brazo derecho de él. El rojo del semáforo peatonal cedió y pudieron cruzar la avenida. Entraron a una tienda de libros usados y extendieron la mano a un tiempo, para tomar el mismo libro. Algo relativo a mujeres con prisa y licántropos domesticados. Ante tal coincidencia, no tuvieron más remedio que sonreír.

Entraron a un restaurante. Un edificio de paredes de piedra, con árboles enormes al centro de la construcción. A sus pies, con un golpecito seco, cayó una flor anaranjada con forma de campana. Comieron pizza y bebieron tinto, como si fuera una celebración. Celebraron que no había nada que celebrar. Reían estruendosamente ante la mirada molesta de algunos vecinos de mesa. Gente que no entiende lo importante que es brindar y abrazarse precisamente durante las no-fechas, sin motivo aparente: simplemente porque se tienen ganas.

El sonido ambiental hizo sonar una melodía que ambos conocían y que los vinculaba emocionalmente, aunque ella no lo hubiera dicho y él nunca confesara que lo sabía. Al salir del restaurante, cayó otra flor, idéntica, justo en el mismo lugar que antes y se enfrascaron en una discusión filosófica acerca de los déjà vu.

Al salir, una leve llovizna les dio la bienvenida. Así que le respondieron con un beso, sobre la acera mojada.
Como fondo musical, alguien ensayaba en un piano desde algún lugar que no se podía determinar. Ella abrió los ojos y sonrió.

-Quiero ir al cine -fue lo único que dijo.

Él asintió con una sencilla inclinación de cabeza. En la penumbra de la sala se besaron una vez más, muchas veces más, aun a pesar de la mirada envidiosa que los escrutaba desde la fila L. Qué descaro, dijo una voz a la que ni siquiera le prestaron atención.  Y -posiblemente- a la película tampoco. 

Al salir, la luna ya brillaba, alto, en el cielo. Caminaron un poco más y ella se enredó en su cuello para besarle una vez más. El pasó las manos por su espalda para poderle abrazar, lo cual le hizo estremecer. Justo en ese momento detrás de él, fuegos artificiales iluminaban el cielo. No era ninguna fecha importante en el santoral, por lo menos ninguna de la que ellos estuvieran enterados. Aún así, el espectáculo siguió por varios minutos más, allá lejos, frente a ella.

-¿Te has dado cuenta que cuando nos vemos hay un montón de cosas mágicas que simplemente suceden?
-No -dijo él, incapaz de percibir el mundo con la claridad que a ella le permitían aquellos cristalinos ojos de miel...



domingo, 13 de octubre de 2013

El retrato



En este momento sostengo entre mis manos la estructura de madera que enmarca la primer fotografía que nos tomamos juntos, ésa que ella solía tener en el bureau junto a su cama. El hecho de que ahora yo la tenga en mi poder solo puede significar una cosa: se ha cerrado el círculo. 

Ella me observa desde el papel fotográfico, con sus ojos cristalinos y expresivos. Sonríe con la boca y el lunar -los labios en forma de corazón-. De los lóbulos de sus orejas cuelgan unas arracadas de plata, dos pulgadas de diámetro, lo sé bien. Los tonos sepia de la imagen no impiden que yo recuerde perfectamente el color de la blusa y el collar que usó esa tarde soleada de febrero:  el estilo del bolso de mano, los leggins ajustados a sus bien torneadas piernas, las botas de piel, el aroma de su perfume, ese peinado que pocas veces volví a ver...

Yo estoy sentado a la orilla de la cama, con la luna de octubre en mi ventana sin cortinas, y el retrato entre las manos, sabiendo que ella ha cerrado el ciclo. Yo lo asumo como tal y sonrío con agrado, pensando en nosotros, como tantas otras noches de luna llena y deseando que encuentre su felicidad.

Ella... Ella seguramente piensa que no la recuerdo, que no es importante para mí. Pero nada más alejado de la realidad: el retrato ha dejado de tener un lugar junto a su cama, pero ella nunca perderá el  que se forjó en mi historia y en mi corazón.

Además -lo haya aceptado, lo sepa o no-, la luna seguirá ahí, para vincular los sentimientos, los latidos, las vibraciones y los recuerdos...

domingo, 6 de octubre de 2013

Es lo mejor




Suena el celular y abro los ojos con dificultad. El reloj de pared se detuvo a la 1:45. Puedo escuchar el estéril tic-tac que no logra que las manecillas avancen. Son las 9 de la mañana y el sol entra a raudales por la ventana sin cortina de mi cuarto. Es ella. No esperaba que me llamara. No después de lo que sucedió hace unos días. Presiono el botón de contestar preocupado por ella y aún adormilado y confundido. Escucho su voz del otro lado de la línea. 

-Estoy afuera -dice, definitivamente molesta.


Yo balbuceo algo, no sé qué. Me visto lo más rápido que puedo con la ropa que tengo a la mano, abro la puerta de la casa y salgo a su encuentro. Me miro en sus hermosos ojos color avellana cuyo resplandor no decae a pesar de la furia con que me observa. Ha estado llorando. 

La veo y la escucho sin ninguna distorsión, a pesar de la resaca. Dejo que la andanada de reproches me golpee en directo, sin oponer ninguna resistencia. Me habla del infinito amor que siente por mí, de lo poco que demuestro mi cariño, de la certeza que tiene acerca de que yo prefiero estar con otras personas, pero no con ella.

-Te vieron. Toda mi familia te vio.


Ignoro a qué se refiere o a qué día me vieron. Incluso desconozco qué es lo que  me vieron haciendo. Me siento confundido, pero no digo una sola palabra. 

-¿Sabes el ridículo que me has hecho pasar?


Quisiera que el enojo fuera todo de ella, que emergiera el odio desde su interior, como el volcán que adivino en su ser. La última pregunta me hace pensar que lo más importante en este momento de furia no es lo que ella siente, sino lo que la gente, su familia, opina de ella. Le da más importancia a lo que piensen otros que a su propio dolor y eso no me gusta. Yo, por mi parte, permanezco callado. 

Me veo tentado a abrazarla, pero dudo que eso le haga bien ahora. Necesita desahogarse, dejar salir toda esa rabia acumulada. Toma una bolsa de plástico y me la arroja al pecho. No necesito abrirla para saber que dentro de ella vienen las cosas que le he regalado. Dice que me odia y creo que es lo mejor.

Mi confusión cede un poco cuando escucho de sus labios las preguntas, una tras otra, en metralla: ¿por qué no me pediste a mí que pasara por ti? ¿Por qué soy la última en enterarme de las cosas que haces? 

Decido continuar en mi mutismo. No le diré lo mucho que me duele verla llorar a causa mía. Tampoco le contaré acerca de ese viaje a la capital del que nadie sabía, ni de las coincidencias de esa noche, a mi regreso. No le hablaré de aquella persona que decidió continuar sus sueños, su camino y su propia historia en una ciudad distinta a ésta. No mencionaré la llamada al celular diciendo que se encontraba de paso y que deseaba contarme algo importante, ni la sugerencia de que, si yo no tenía inconveniente, ella podía pasar por mí a la terminal de autobuses a la cual yo iba a llegar en 10 minutos más. Tampoco le diré del abrazo de felicitación, de mi sincera alegría porque el proyecto de aquella persona fuera por fin aceptado y que sus sueños tomaran rumbo allá, lejos, en esa nueva vida que se estaba construyendo por ella misma, basada en sus méritos personales. Nada. No diré nada.

Dejaré que me crea la peor persona del mundo, que me odie. Que esas ganas que tiene de mutilarme se agiganten y le den la fuerza que necesita para alejarse de mí. Justo ahora, estoy más convencido de que no le causo otra cosa que perjuicios. Seguiré en silencio.

Ni siquiera le diré que está equivocada en su percepción: que ha logrado lo que nadie jamás hubiera podido, que le he dejado permear en mis actividades de una manera en que ninguna otra mujer lo ha hecho antes y que si no la amo de la manera que ella desea y espera, esto significa que no la adore con  toda la intensidad que mi forma de ser me permite.  

No lo voy a decir. Dejaré que me aborrezca y que me elimine de su vida, ya que tanto daño le causo. Ella se merece solo cosas buenas y yo no aparezco en esa lista. 

Que me odie. Es lo mejor.