domingo, 1 de noviembre de 2015

El colgado




Faltan 5 minutos para las 6 de la tarde en el reloj de pared de la sala. No hace frío, pero el viento  se escucha soplar más fuerte de lo habitual  afuera de la casa. Un niño de unos 6 años muere de aburrimiento frente al televisor, recostado en el sofá con una almohada bajo la nuca.
Su madre aparece en el marco de la puerta y con un ademán le indica que es hora de ir a traer el pan.

A los seis años, aún no ha aprendido argumentos para negarse y, además, él mismo deseaba que sucediera algo que le sacara de su inmovilidad.

Al dar la vuelta en la esquina se da cuenta que el movimiento de las personas a esa hora de la tarde es inusual. En el lugar donde se reúnen los teporochos del barrio (así les llama su padre) hay una patrulla con la torreta encendida y la gente busca con la mirada algo en el segundo piso de la casa de la esquina.

Entre la multitud de curiosos, alcanza a reconocer a uno de sus compañeros de la primaria. Como quedaban en el camino hacía la panadería, es inevitable pasar junto a él y su madre que le sostiene con fuerza de la muñeca, como si creyera que su hijo le pudiera ser arrebatado por el viento. Al preguntarle al otro niño qué era lo que sucedía, él solo le señala con el dedo hacia una ventana del segundo piso, donde se ve a contraluz la silueta de un hombre que se balancea como si solamente estuviera...



-¿Colgado? -es lo que el niño escucha preguntar a su madre a la otra señora.
-Sí. Al parecer no se habían dado cuenta hasta hace un rato.
-¿Y por qué lo hizo?
-Nadie sabe. Pero mañana le pregunto a la señora Lucrecia, que vive aquí a la vuelta. Ella siempre se entera bien de las cosas.



Madre e hijo se alejan de los curiosos, con rumbo a la panadería. Una vez ahí, el chico observa a su madre escoger las cinco piezas acostumbradas. De regreso tienen que pasar por el mismo lugar y él se cubre los ojos con la mano. No tengas miedo escucha la voz que le habla desde allá arriba, desde la altura de los adultos. Él desearía no tener miedo, pero eso a veces resulta un poco difícil. Especialmente cuando eres un niño. Especialmente cuando ves el cuerpo de un hombre sin vida balancearse lentamente, pendiendo de una cuerda atada al cuello. El miedo resulta inevitable. Sobre todo, cuando estás seguro que el colgado volteó y clavó en los tuyos la mirada de sus ojos muertos...

jueves, 1 de octubre de 2015

Encuentro



No me había percatado que él estaba ahí, de pie, observando a las personas que avanzaban en  sentido contrario a su posición.

Me sorprendió descubrir sus ojos fijos en mí. Nuestras miradas se encontraron por un momento y pude percibir la tensión en su mandíbula, el apretar de los dientes. Supe que desviar la mirada podría interpretarse de muchas maneras, ninguna conveniente para mí, así que sostuve la de él, mientras asumía que él apretaba los puños.  Al menos, eso me dijo su expresión.

Su apariencia era diferente a lo que yo recordaba de él. Tenía menos cabello, se veía más pesado y parecía cansado, pero no de ese cansancio debido al trabajo o la actividad física: cansado de sospechar, de inferir, de no dormir pensando en todo lo que pudo haber sido y que él no era capaz de asegurar. Las líneas de expresión en su frente me lo confirmaban.

Sentí sus deseos de hacer algo; gritar, golpear, preguntar...

Mientras nos veíamos sin parpadear, dije su nombre alto y claro, a manera de saludo, y lo complementé con una ligera inclinación de cabeza, apenas perceptible. Ni siquiera recuerdo si hubo en mi mueca un esbozo de sonrisa (algunos podrán llamarlo cinismo; para mí, era solo una estrategia de defensa). Yo seguía caminando en dirección contraria de donde él se encontraba de pie, estático, recargando el hombro izquierdo en la pared.

El que yo lo saludara lo sacó de balance. Creo que no esperaba que pudiera hacerlo. Pasé a escasos cinco metros de él y seguí caminando hasta dejarlo atrás. Sentí su mirada clavándose en mi espalda como una daga afilada. Pensé en ella. Debía estar muy cerca de ahí, quizá detrás de la puerta más cercana a él, la que parecía defender como un perro guardián. No lo culpo.

Sé que me odia, sé que sospecha pero no está seguro. Sé que pudo golpearme, de frente o por la espalda y sé que yo no hubiera hecho el menor intento por defenderme. Sé que no podrá resolver su duda. Sé que me matará si confirma eso que no le deja dormir. Sé que es muy difícil que se presenten las circunstancias para que me encuentre con ella. Sé que desearía que sucediera de nuevo. Sé que estuvo mal desde el principio y sé que lo volvería a hacer una y otra vez. Sé que soy un estúpido y sé que soy un suicida. 

Pienso que en mayor o menor medida, todos lo somos y cada quien busca la forma de matarse a su manera...

martes, 1 de septiembre de 2015

La otra Lolita



Por la posición del sol en la escena, deduzco que era más o menos esta misma hora.

Primero aparece Melanie Griffith como Charlotte Haze, mostrando el lugar a Jeremy Irons, efundado en su papel -y en el traje- del nuevo profesor de literatura de la Universidad de Bearsville. Inmediatamente después la cámara descubre detrás de un seto a la muy desarrollada Lo (Dominique Swain), quien hojea una revista mientras el agua del aspersor moja su vestido, lo cual permite que puedan verse su piel y sus formas a través de la inevitable transparencia.

Durante el siguiente acercamiento a la expresión del profesor Humbert, el espectador se da cuenta que ese primer contacto visual es el comienzo de la caída del personaje. Desde entonces se le adivina  hechizado por los encantos de Lolita. Desde ese momento se intuye que ella será su perdición. Los 58 segundos que pasan desde que el profesor entra en escena hasta que Dolores Haze le sonríe me parecen extremadamente sensuales, aunque de una manera tensa y llena de dolor: el preludio de una caída estrepitosa.


Esto no es un jardín sino la piscina de un hotel de playa y yo no soy un profesor de literatura, pero sí lo soy de inglés. Es el mes de septiembre y el día ha estado radiante, pese los pronósticos de huracán. La inclinación de los rayos del sol  no hubiese logrado que mi memoria evocara la escena de la película de Lyne, de no ser por la chica adolescente que se encuentra leyendo a unos metros de mí.

Tratando de que mi movimiento pase inadvertido me coloco justo frente a ella. Debido al diseño de la piscina, en esa zona nos separan unos cinco metros, aproximadamente. Ella está sentada a los pies del camastro donde se encuentra dormida su madre. Demasiadas piñas coladas. Tiene las piernas metidas en el agua, un top negro y lentes oscuros. El cabello suelto y ondulado resalta sobre sus hombros y, contrastando con el top, el calzón del conjunto es de color azul celeste, solo un poco más oscuro que la pintura del fondo. Casi me siento un degenerado, mirándola de esta manera.

Ahora he logrado ver la tapa del libro que tiene en las manos: María, de Jorge Isaacs. Me pregunto qué parte de la historia de María y Efraín es la que lee en este momento. Ella cierra el libro y se quita los lentes de sol. Mira distraidamente alrededor y su mirada se cruza con la mía. Sus pestañas son extraordinariamente tupidas y ella me sonríe mostrándome los brackets como la Lolita de Lyne lo hace con el profesor Humbert. Mi corazón late con fuerza.

No, no sucederá. Las historias de cine no se repiten en la vida real. Yo no la conozco y ella no me conoce: no existe el riesgo de que esa sonrisa sea el preludio de mi desastre personal, de mi propia caída estrepitosa.

Ella vuelve a sonreír mientras yo no puedo dejar de mirarla fijamente...


lunes, 10 de agosto de 2015

Guardar



Una hora. Quizá dos. Probablemente más. 

No quiero pensar en el tiempo que he pasado haciendo girar el cursor del ratón alrededor del pequeño icono azul en la parte superior de mi pantalla. Es como si tuviera miedo. Miedo de borrar el archivo una vez que por fin me haya decidido a presionar el botón.

Comencé escribiendo acerca de los eventos fortuitos que desencadenaron en nuestro último encuentro (un encuentro no menos apasionado que los anteriores). En mi mente repaso cada escena, como si viera una película. Desde la manera accidental en que tropezamos el uno con el otro a cien metros de mi casa. El diálogo que pretendía ser espontáneo. La invitación a tomar algo. El asentimiento casi silencioso. El nerviosismo. El temor (sempiterno) a ser descubiertos. El alivio de cerrar la puerta tras nosotros. El abrazo largamente deseado y al fin obtenido. Los besos que saben a fruta prohibida...

Me levanto de la silla y me dirijo a la cama. Me recuesto en el mismo lugar. Cierro los ojos para pensar en ella y en las cosas que dijo (yo sí conozco una manera mejor). Su imagen se dibuja más clara que nunca. Y no puedo evitar el recuerdo de aquella última vez que le vi, desde un segundo piso. Ella no se dio cuenta de que le observaba. Le vi caminar, radiante como siempre.   Sonreía y se alejaba. Su cabello era más largo de lo que yo recordaba y su sonrisa también. Un pensamiento acudió a mí.


Será que ya es feliz...


Respiro profundo. La locura que nos unía era tal vez demasiado peligrosa. Quizá lo mejor es que suceda esto que presiento. Ella se aleja. Yo miro el calendario en el reloj de pulsera. Sonrío sin alegría y me dirijo de nueva cuenta hacia el ordenador. 

En voz muy baja, como si ella estuviera aquí, sentada a mi lado, digo de manera casi imperceptible Feliz Cumpleaños...

(Clic en Guardar)

miércoles, 1 de julio de 2015

La francesa



La conocí cuando el año agonizaba. La tarde era fría y por eso ella llevaba unos mallones color humo bajo la minifalda negra. Ella pidió limonada y yo, como siempre, café. Conversé con ella y con sus ojos color almendra. Ninguno de los dos hizo nada por disimular que disfrutamos estar juntos desde esa primera vez.

Cuando salimos del lugar el frío calaba inmisericorde y una leve llovizna invernal comenzaba a cubrir de humedad las baldosas de la plaza. Le dejé salir antes que yo, como haría cualquiera que pretendiera ser caballeroso, sin embrago mi mirada se desvió hacia su hermoso trasero, cosa que notó, sin duda. Me lo dijo esa sonrisa que aprendí a identificar desde entonces. Ella siempre fue mujer de iniciativa así que me tomó de la mano y caminamos durante un rato por las calles húmedas del centro de la ciudad. Cuando nos detuvimos y clavó en mi sus ojos maravillosos, comprendí que tenía que besarla y lo hice, como hicimos tantas cosas desde entonces: con descaro.

Al primer beso, cargado de pasión, le sucedieron otros, esa noche y muchas más. Fuimos las caricias clandestinas, las miradas de complicidad, la pasión desbordada: nuestras soledades se complementaron y se hicieron amigas.

Ella no nació en Francia, pero siempre fue una apasionada del idioma de ese país y a mí me complacía saberlo y acompañarla mientras repasaba sus lecciones. Si le llamo Francesa es por decirle de alguna manera y no gastar su nombre ni ensuciarlo. Su nombre puro, blanco, cristalino, quedará grabado en mis memorias, junto a lo mejor de mis recuerdos.

Un día ella dijo que me amaba y yo no estaba listo para eso. Aun así, le amé a mi manera, una forma de amar que ella nunca pudo comprender.

Cierta noche fría y lluviosa nos despedimos; ella lloró desde el primer momento y yo al doblar la esquina. Seguimos cada quien por rumbos separados y, desde ese momento, le perdí la pista.




Ayer, después de muchos meses, un número conocido centelleaba sobre la pantalla del móvil: era ella.


Hablamos de cualquier cosa y tuve la impresión de que evitábamos algún tema. Como he dicho antes, es una mujer de iniciativas.


-Quiero verte -dijo.


Y eso bastó para concertar una cita y perderme nuevamente en su piel blanquísima y su cabello castaño, Los besos tomaron el sendero de su cuello y los dedos ascendieron por su espalda. Besamos cada centímetro de la piel, nos devoramos a besos. Nuestras ansiedades volvieron a juntarse, a tensar la delgada cuerda que nunca ha dejado de unirnos, a estallar... Las horas se acortaron por no sé que extraño hechizo y la noche se disipó de repente.




Hace un rato desperté. La busqué en mi cama y no la encontré. En el aire flotaba esa sensación que solo percibe aquél que está acostumbrado a las despedidas. Al entrar al baño, lo que encuentro sobre el espejo, escrito con su lápiz labial me lo confirma:



"Merci", dice en primera instancia, luego mi nombre y al final un pequeño corazón. Un escalofrío de certeza me recorre la espalda y, recordando las tardes en que tirado sobre su cama le ayudaba a estudiar sus lecciones, aspiro con fuerza las reminiscencias de su perfume y digo en voz muy baja:


-Merci, mon amour...



lunes, 1 de junio de 2015

La niña


No pienso dejar de escribirte, de reconstruirte con palabras...



Es media tarde y el aroma que trae el viento y mueve las hojas de los árboles del parque me dice que lloverá pronto. Levanto la vista hacia el cielo y las nubes que alcanzo a ver me lo confirman.

La observo desde una distancia que considero adecuada. Lleva el cabello suelto y el viento que arrecia se lo lanza a la cara con con impunidad. Me gusta lo que veo: su piel extraordinariamente blanca, su rubia cabellera, los labios muy rojos y un vestido de color claro que le ajusta maravillosamente.

Adivino la tristeza en sus ojos, aun desde aquí. Hace tiempo que decidí amarla así, a la distancia, con ese tipo de amor que ella no comprende. 

La veo secar una lágrima que no alcanza a contener. No se ha dado cuenta que la miro.

Sufre. Sufre por amor, como antes, como las otras veces, como todas las veces. Sé por la expresión de su rostro que vuelve a hacerse las mismas preguntas, las que no ha sabido cómo responder.

Me gustaría decirle que todo estará bien, que el dolor pasará, que no hay nada malo en ella, que mucha gente la ama, pero su propia necedad de mujer enamorada cerrará sus oídos a las cosas razonables que ya se le han dicho antes.

Ella no puede amar de otra manera, no sabe. Se entrega así: totalmente. Yo quisiera pedirle que pare, que el amor no puede ser unilateral, que la inmensidad de su amor no provocará que la otra persona le ame de la misma manera solo por ver como su corazón se inflama en el sentimiento. 

Pronto lloverá. Presiento la tormenta en el cielo y en sus ojos. 

La niña no me ve, pero de alguna manera sabe -siente- que estoy pendiente de ella. Yo permanezco aquí, observándole desde lejos, viendo como se estrella nuevamente contra el muro al que le arroja su amorosa impetuosidad. 

Nada puedo hacer, salvo permanecer aquí, esperando, por si acaso me necesita...

viernes, 1 de mayo de 2015

El cantautor



Las luces del área de mesas se apagan y un haz circular golpea con su intensidad el escenario.  Al centro hay un hombre joven que intenta ocultar las ojeras bajo el ala de un sombrero panameño estilo Savannah. Lleva unos jeans raídos y Chuck Converse en color rojo. Es flaco, como la mayoría de los músicos que ella conoce.

Junto a la chica están sentadas dos amigas suyas, tan ruidosas como ella misma. Ambas se despiden dándole un beso en la mejilla justo a la una de la mañana. 

Dos mojitos más generan en ella un calor corporal generalizado y la valentía suficiente. Toma una servilleta y escribe algo con un bolígrafo de tinta azul. La dobla en cuatro partes más y presiona sus labios -previamente retocados- marcando en ella un beso color vino. Se levanta decidida y coloca aquel pedazo de papel sobre el atril, para después volver a su mesa,  frente al joven trovador que en ese momento termina la pieza que interpretaba.

Acostumbrado a tales demostraciones, toma la servilleta y la lee en silencio. No puede evitar sonreír ante el Me gustas que ha vuelto a colocar sobre el atril. Busca los ojos de la chica con la mirada y les saluda con una ligera inclinación de cabeza. 

Ella usa una chaqueta beige con zipper al frente. Lleva además una blusa blanca  y  shorts azul cielo de botones metálicos. Las zapatillas son exactamente del mismo tono que la chaqueta y están rematados en la parte externa por un adorno cromado, con forma de hebilla, de unos dos centímetros de ancho.

Cuando termina la presentación sólo quedan unas diez personas en el bar, contándola a ella. Él mete la guitarra al estuche y se coloca éste en el hombro. Salta desde el escenario ignorando, como siempre lo hace, los tres escalones que hay para bajar.  Se dirige a la mesa donde ella corre una silla para que se siente a su lado, mientras el ron y la emoción hacen hervir esas tersas mejillas.

Beben un poco más. Intercambian nombres y números telefónicos. No tardan mucho en llegar los primeros besos, las primeras caricias. Fuman un cigarro light entre los dos y van en busca de un lugar donde los cuerpos se acaricien con más libertades. En determinado momento ella sujeta las manos de él y le impide continuar al tiempo que dice, con voz entrecortada: No, no quiero...

Él cree haber escuchado la negativa, pero no está seguro. Decide proseguir acariciando, besando, provocando; pero ella vuelve a decir  que no.

Se siente irritado. El cuerpo que tiembla entre sus brazos grita sí, pero aquella voz diminuta ha manifestado su decisión. Él se resigna al fin y se aparta de ella. En su mente surge un término que descubrió recientemente: calientachiles*

El cantautor podría molestarse con toda justicia, pero tiene un mejor plan, el cual va detallando en su mente mientras se coloca la camiseta. 

Lo primero es retirarse con algo de dignidad; ésta noche se perdió una batalla, pero se avecinan varias más, eso es seguro. Así que no hay porqué desgastarse. 

Lo siguiente –lo que constituye la verdadera revancha– es hacer que la chica se apasione, que sea ella quien lo busque, llevarla a un punto en el que estar con él se torne prácticamente una necesidad. 

El medio en el que se desenvuelve le ha dado al cantautor las herramientas para llevar a cabo lo que se propone: hábil en el uso de las palabras y conocedor de la psicologia femenina, sabe lo que las mujeres quieren escuchar.

Pero el recurso principal con el que cuenta es la paciencia. Él no corre ninguna prisa y estas cacerías le producen infinito placer. Sabe que las llamadas que le conteste, los mensajes que le envíe, las inflexiones de voz, las palabras escogidas con precisión quirúrgica, le conducirán a lo planeado: que sea ella quien suplique estar en su cama.

Es jueves por la tarde cuando aparece en el móvil del muchacho el mensaje que le hace sonreír de manera triunfal: Me haces desearte como una maldita loca... 

Aún sonriendo, pone el celular en modo silencioso, luego entrelaza los dedos de las manos detrás de la nuca y se recarga cómodamente en la butaca del cine. Mientras aparecen las primeras imágenes en la pantalla piensa que la paciencia es parte fundamental de su estrategia y se pregunta si ella también la tendrá. Probablemente hoy mismo obtenga la respuesta, pues ha decidido contestar el mensaje tres horas más tarde...




*Calientachiles es un adjetivo que mi amigo Manteka describe de manera magistral. Si quieres saber de qué se trata, da clic en el enlace que se encuentra en el texto.

¡Salud!