martes, 14 de febrero de 2012

Gracias


-¿Podrías decir otra cosa que no sea gracias? No sé qué es lo que agradeces...
-Yo me entiendo...



Gracias.

Sin importar el nombre 
que en algún momento te haya dado:
Princesa, Muñeca o Golondrina
Walkyria, Lilith, Eva o Astarté.

Por los besos prodigados sin medida,
por las manos que me acariciaron tantas veces, 
a escondidas,
y por las noches de sexo que jamás conté.

Gracias por la risa, por las flores, 
por las miradas llenas de complicidad.


Gracias por el odio, los rencores, 
por perdonarme tantas veces tu infelicidad...

Gracias... por el bien y por el mal...
por el amor y por el odio que, 
a final de cuentas, 
brotan del mismo manantial...


sábado, 4 de febrero de 2012

Omar



La puerta que da a la calle está abierta, como casi siempre a esta hora. Avanzo por el corredor procurando no mirar por las ventanas de cortinas corridas, no entrometerme en las otras historias que no me incumben. Mi destino es la última vivienda del corredor, a mano derecha.

Antes de golpear la puerta con los nudillos, ya percibo el aroma de cigarrillo que impera dentro de la casa.


-Hola -dice al tiempo que me da un beso en la mejilla y con un gesto me invita a pasar -¿Gustas algo de beber?
-Hola -respondo yo. -Coca Cola está bien.


Hay una botella de dos litros del enviciante  líquido negro sobre la mesita que hace las veces de comedor. El aroma de cigarro impregnado en las paredes de la modesta habitación que les sirve de vivienda me provoca náuseas. No consigo acostumbrarme.


-Tu mensaje me dejó preocupado. Me dijiste que querías verme y aquí estoy. ¿Qué pasó?
-Es él, tu amigo.


Ella dice que su marido, amigo mío desde hace muchos años, no la quiere, la trata mal. Yo he observado todo lo contrario. Todas las ocasiones que he podido convivir con ellos y con sus hijos, he visto con mis propios ojos que él hace lo posible por tratarla como una reina, a pesar de las limitaciones económicas.


-¿Dónde está él? -Le pregunto.
-Trabajando, como siempre. 


El tono en que responde me molesta. Si a alguien le consta el esfuerzo que José hace para procurar el sustento de su familia es a mí. Más aún, estoy seguro que él trabaja de muy buena gana, con el único y firme propósito de llevar pan a su mesa.

Estamos sentados a la orilla de la cama, a falta de sillas. Ella dice que necesita un abrazo. Es mi amiga y se lo doy. 


-¿Me das un beso?
-No. Te doy dos. - Le respondo sonriendo.


Tomo su cara entre mis manos y le beso en la mejilla y  en la frente. Parece decepcionada.


-¿Sólo así?
-No podría besarte de otra manera.
-¿Por qué?
-Por la amistad que tengo con tu marido.


Sus ojos brillan, destellan furiosamente justo antes de escupir el veneno, de arremeter con la siguiente oración:


-Omar me besó... Y más que eso
-Que lástima. Entonces Omar no ha terminado de entender el significado de la verdadera amistad entre hombres.


No hay nada más que decir. Salgo de la habitación sin mirar atrás. Echo a andar por el corredor de la vecindad, pintado de amarillo. Mis pisadas resuenan y yo procuro no mirar por las ventanas de cortinas corridas. A fin de cuentas, esas otras historias no me incumben... Hoy no.


sábado, 14 de enero de 2012

Metamorfosis



[...] y contigo aprendí 
que yo nací el día en que te conocí.

Eso, creo yo, me convierte en un niño precoz y a ti, en pedófila...



miércoles, 11 de enero de 2012

Magia


Dear borracho, ¿cuándo vuelves a escribir? 
Quiero un cuento nuevo y, de paso, dibújame un cordero, ¿sí?



Como puedo, abro paso entre el río de gente. Es una corriente viva la que me arrastra contra mi voluntad. Decido dejar de luchar y resulta mucho mejor. Después de dos minutos logro encontrar un claro, una zona donde soy yo quien toma la decisión de hacia donde ir.

Aquí se vende de todo: vida, sangre, vino, cariño y  galletas. Todo es cuestión de saber dónde y qué preguntar. Avanzo un poco más. Reconozco esta zona. Es un camino que he recorrido tantas veces que lo sé de memoria.

Detengo mi andar 20 pasos adelante del local donde se venden las caricias. La mercancía, como siempre sucede a esta hora, ya está expuesta. Pero no es eso lo que busco.

Es aquí. Lo que más me gusta de los lugares mágicos como éste, es que siempre parecen sitios normales, atendidos por gente común, como ustedes y como yo. Detrás del mostrador está una señora un poco gordita, tiene un pañuelo color lila anudado al cuello. Sonríe cuando me ve. Una de esas sonrisas de madre y abuela, rebosante de ternura y comprensión. Yo le correspondo y abro frente a ella el saquito rojo, desanudando el cordón.



-¿Para qué me alcanza? -pregunto.



Ella vacía el contenido sobre el mostrador.



-Veamos: Media docena de canicas (tres agüitas, dos ojos de gato y un balín), dos barras de chocolate, la mitad de un mapa de tesoro y una piola para trompo... sin trompo)



Me parece que hace un esfuerzo por no reír a carcajadas. Luego agrega:



-13 Sonrisas...



Me las entrega en una bolsa de papel. Yo me siento tan emocionado que estoy a punto de llorar. Camino aprisa, mejor dicho, emprendo una carrera que me lleva más allá del final del mercado. Es de noche y hace frío. Me detengo donde los pregones de los vendedores ya no saturan mis oídos y la luz de los puestos se pierde un poco. Reparto el contenido de mi bolsita de papel entre otros niños como yo. A fin de cuentas, para eso las quería.

Tras entregar la última sonrisa, me percato que hay algo más ahí. Un pequeño sobre, con un abrazo dentro.

Conozco el ritual. Cierro los ojos y sonrío mientras abro el sobrecito frente a mí con ambas manos. Al otro lado de la ciudad, la niña que llora en su balcón viendo la luna, lo recibe sin darse cuenta, pero alcanza a sentir un tibio roce que la envuelve desde los hombros. 

Ahora podrá dormir...


sábado, 31 de diciembre de 2011

Siempre

Haré que sepas de algún modo que te quiero, por si no te vuelvo a ver...
Alejandro Santiago.


Siempre es el mismo paisaje: baldosas mojadas que reflejan el oscuro manto estrellado, Selene en cuarto creciente. Reconozco el aroma a lluvia que me trae la noche y en mis labios el sabor de los suyos. Tiernos besos palpitan aún en ellos. Besos con sabor a llanto. Enésimo dejavú.

La misma escena, el mismo paisaje estelar. Esa sonrisa en el cielo, burlándose de mí.

Nuevamente la errática caminata nocturna, mientras trato de ordenar las ideas en mi cabeza. El descuido al cruzar la avenida. El claxón que se hace escuchar,  molesto y asustado. El dolor que se clava en la boca de mi estómago, causándome náuseas. Confusión. La misma pregunta que se repite una y otra vez: ¿Es ésto lo correcto?

En última instancia... ¿Qué demonios es lo correcto?


Siempre llueve. Siempre...




sábado, 24 de diciembre de 2011

La alquimista



El sol, alto en el cielo, se cuela por la ventana y golpea de lleno en mi rostro. El reloj de pared no hace sino comprobar lo que ya sabía: Es tarde.

Bajo las escaleras y mojo mi cara con agua fría de la  pileta. Al fin estoy completamente despierto.

Conozco mis deberes de este día así que acompaño a mi madre a comprar las hojas, la manteca, la carne de puerco, y el color vegetal. Más tarde regresaré por la masa sin batir que dejó apartada desde ayer. Ah, y por un kilo de Puscua, base para preparar el atole que beberemos por la noche.

En cuanto terminamos de comer acomodamos todos los utensilios y me dispongo a hacer mi parte. Hay que mezclar la manteca y agregar la masa, comenzar a batir. Una hora y media de esfuerzo físico que se verá recompensado al degustar esos deliciosos tamales.

Han llegado mis abuelos. Mis tíos llegarán más tarde.

Mi madre sabe de memoria las medidas, la cantidad exacta de royal, sal y azúcar que se necesita. Poco a poco va mezclando los ingredientes. Yo sólo soy una herramienta a su disposición. La fuerza bruta que  bate y carga. Ella es la artífice, la artista, la alquimista.

Prueba un poco. Falta sal, me dice. Yo la miro y la admiro. Admiro la capacidad que tiene de combinar ingredientes y reunir gente en torno a la mesa. Me sorprende el poder de convocatoria que tiene su comida, a  la que soy adicto.

Los tamales y el atole están listos a tiempo. Justo a tiempo. Todos comen, ríen y beben. Yo la observo a ella. Sonríe satisfecha. Lo ha hecho una vez más, su pócima mágica cumplió su cometido y todos están aquí.

Le abrazo y, mientras lo hago, le digo al oído que la quiero... y que no puedo resistirme al embrujo de su comida.

Creo que me serviré uno más. Sólo uno más. 


Perdí la cuenta en nueve.



sábado, 17 de diciembre de 2011

El Barman



Empecemos por el principio. Me llamo Adán y soy el barman de este lugar. Ya sabes, soy el  tipo que prepara las bebidas pero, más que eso, soy el testigo principal de las historias que todas las noches se mezclan entre humo de cigarro, alcohol y las notas de la banda que recién comenzó a tocar.

Es éste un lugar privilegiado, debo reconocer. Desde aquí, desde la barra, puedo observar todo tipo de personajes y dramas individuales. Hoy por cierto, me llama la atención lo que sucede en la tercera mesa a mi izquierda, justo al lado de la mesa de billar.

Es una pareja. Ella, morena, de labios gruesos. Lleva una blusa de hombros descubiertos color lila. Él, alto y delgado; usa una chamarra negra de piel. Los he observado desde que llegaron. Hace unos treinta minutos conversaban animadamente pero, en este momento, el semblante de ella ha cambiado. He visto tantas veces esa expresión, que he aprendido a identificarla. Es claro que han comenzado a discutir.  

No solo ella tiene una actitud diferente. Hace un momento, él la observaba inclinado hacia delante, apoyando el mentón sobre los dedos entrelazados de sus manos.  Ahora, se ha recargado en el respaldo de la silla de madera y, de vez en cuando, desvía la mirada, como evitando la conversación. 


O tal vez, solamente  se ha distraído con Brenda, la atractiva mesera encargada de esa sección.

El grupo hace una pausa después de tocar un cover de Guns N' Roses y es ahí donde escucho la frase que aviva mi curiosidad y me hace poner atención a lo que están diciendo.



-¿Qué puedo esperar de ti?



Él no responde, así que ella re-acomete.



-¿Quién eres realmente? Me parece que conozco un poco de ti, pero no lo suficiente... Hay muchas cosas que ignoro.
-¿Qué puedes esperar de mi? -Repite él. -De mi, puedes esperar traición, mentiras e infidelidad. Las mayores decepciones. Eso es lo que soy. Eso es lo que tengo. Y tú, ¿qué quieres de mí?
-Yo quería... Bueno... todavía...
-¿Qué cosa?
-Yo quiero ser tu novia...


El baterista da la entrada para la siguiente canción y suenan los primeros acordes en la guitarra y el sintetizador: África, un clásico ochentero. Debido a ésto, me es imposible seguir atendiendo a la conversación, pero alcanzo a ver que el tipo paga la cuenta y se despide de la chica con un beso en la mejilla. Ella permanece sentada en su lugar, observando largamente la copa de vino...


Yo... Yo sólo soy el barman. Testigo sin voz de las historias que todas las noches se entrelazan frente a mí. Lo que acaba de suceder no hace sino confirmar un hecho que ya sabía, que descubrí hace mucho tiempo: 

Jamás entenderé a las mujeres...