miércoles, 29 de agosto de 2012

Nunca




Las hojas de papel en completo desorden sobre el escritorio me recuerdan todos los pendientes que aún me faltan por concretar. Decido poner manos a la obra, pero antes me levanto por un café. El despachador de agua caliente se encuentra fuera de la oficina, a unos sesenta centímetros de la puerta. Pongo el  café y el azúcar en las cantidades acostumbradas dentro de la taza y comienzo a revolver los gránulos en seco, con una cucharita desechable. Al salir, concentrado en el recipiente de porcelana,  me encuentro con unos hermosos ojos color marrón, mirándome con sorpresa.


-¡Hola!
-¡Hola! -respondo  yo sin poder cerrar la boca.


Por unos cuantos segundos ninguno de los dos sabemos qué decir. Al final, decido ponerle fin a la incómoda situación.


-¿Quieres llegar a la oficina? No tardo nada, solo le pongo agua a esto y paso por un oficio al otro departamento.
-Está bien -dice sonriendo.
-No esperaba encontrarte por aquí -le digo mientras me alejo  por el corredor. 


En la oficina todos salieron temprano, menos yo. Busco el legajo que necesitaré para terminar mi trabajo vespertino en uno de los módulos comunes.


-Yo tampoco esperaba encontrarte -dice ella a lo lejos-, solo pasé a saludar a los chicos y a la licenciada Farfán. De hecho, creí que ya no trabajabas aquí.



No escucho más. Temo que se haya ido. Regreso lo más rápido que puedo y, cuando cruzo aprisa la puerta, mi expectativa es mirarla sentada en mi lugar, donde solía esperarme. Pero no hay nadie en la silla. Me dejo caer en ella y la descubro frente a mí. Estaba tan ansioso de encontrarla que no me di cuenta que se había colocado en los silloncitos donde me esperan mis clientes. No puedo contener el impulso de levantarme e ir hacia ella. Le abrazo y puedo sentir como me corresponde con todo su ser. No sé cuantos segundos duramos así, abrazados, unidos con la desesperada añoranza de quien no se ha visto en muchos años.


-¿Qué me diste? -pregunta con voz entrecortada y las mejillas ruborizadas.


Yo también me he preguntado por qué jamás he dejado de pensar en ella. ¿Que desconocido embrujo colocó en mí? Después de tantos años, ¿por qué me sigue desarmando su mirada, por qué siento por ella la misma pasión que antaño? Mi conclusión es que, precisamente, el apasionamiento involucrado en ese tórrido romance con tintes de tragedia, es lo que nos hace seguir juntos a pesar de todo, a pesar del tiempo y la distancia. A pesar de las parejas de ambos.

Nos apartamos un poco, pero seguimos tomados de las manos. La siguiente pregunta me hace reír. Especialmente por lo que yo le respondo sin pensar.


-¿Estás temblando o soy yo?
-Creo que somos los dos.


Vuelvo a abrazarla. Le beso otra vez, como hace años. Ella me deja hacer, pero solo por un momento que disfruto como si fuera una eternidad. Luego se aparta y vuelve a repetir la primer pregunta.


-Es en serio... ¿qué me diste?


Esta vez le respondo.


-Siempre pensé que fuiste tú la que me había dado algo. Que habías sido tú quien me hechizó a mí.
-¿Así lo crees?
-Sí.
-Y entonces, ¿por qué me dejaste ir?
-Lo que yo recuerdo es que fuiste precisamente tú quien tomó la decisión de irse.
-Para mí sucedió de otra manera...


Podría discutir, pero no lo hago. No tiene ningún caso. Ella tiene sus recuerdos de cómo sucedieron las cosas y yo los míos. Ambos guardamos silencio. Pareciera que repentinamente comprendiéramos que teníamos que aprovechar los pocos momentos que de ahora en adelante podríamos pasar juntos, porque ya serían más espaciados y no durarían más de cinco minutos. Sonreímos.


-Fue un error de los dos -dije al fin- tú quisiste irte y yo te permití hacerlo, porque entendí que eso era lo que deseabas.
-Nunca debiste escucharme -dijo ella-, ni siquiera la primera vez: no estaríamos en esta situación.


Me da un breve beso en los labios, a manera de despedida. Cruza el umbral y se aleja de prisa, temerosa de lo que siente, de lo que sentimos. De las cosas que suceden cuando estamos juntos. Yo sigo sin habla, recordando, pensando en la última frase.

Ni siquiera la primera vez...

Maldición -dije para mí, amargamente y sin seguirla-, cuánta razón tiene.

sábado, 18 de agosto de 2012

Al tercer día





Dos horas libres de gritos, de llantos, de raspones, de mocos y de golpes en los tobillos, asestados con la patineta. La casa estaba tan tranquila que podía escucharse a lo lejos la máquina del ferrocarril y, en el jardín, el viento pasando entre las hojas del limonero.

Dios bendiga las clases de catecismo, ‒pensó el hombre mientras abría el periódico local en la sección de deportes‒. No tardó mucho en aburrirse, así que encendió el televisor buscando algún mediocre partido de la liga nacional. Lo encontró pronto. Fue por una cerveza al refrigerador y volvió a zambullirse en su sillón favorito. 

Pero la calma no dura para siempre. De un momento a otro la calle se llenó de gritos infantiles y una pequeña y delgada figura irrumpió en la sala, golpeando la puerta en su carrera.


‒Hola papi.
‒Hola hijo. ¿Cómo te fue en tu clase?
‒¡Muy bien! La maestra Lupita dice que me porté muy bien y que si hago la tarea, me ganaré una estrellita... ¿Me ayudas?


Una decisión difícil. Fut bol más cerveza o hijo más tarea más dogmas católicos... No. Ni tan difícil.


‒¿Qué te dejaron?
‒Tengo que hablar de La Resurrección...


¡A centímetros del poste izquierdo pasó esa bola!, ‒gritaron en la televisión‒.


‒Eh... Mmm... Yo creo que eso lo encuentras en Internet. Búscalo ahí. ‒Dijo el padre señalando la computadora con el índice de la mano izquierda y, una vez librado de su vástago, tomó un largo sorbo del bote de cerveza. Tuvo que eructar.

El chiquillo encendió el aparato a regañadientes y se dispuso a trabajar. Al terminar la clase del día siguiente, llegó muy triste a casa. Un cinco en sus deberes, el motivo.


‒¿Por qué te pusieron cinco? ‒Preguntó indignado el hombre‒ Déjame leer eso.

Después que diosito murió, los apóstoles se pusieron muy tristes. Por eso tuvieron que investigar formas de cómo revivir a Jesús. Uno de ellos tuvo una visión y se le apareció Morfeo, quien le dijo que debía elegir entre la verdad o seguir en la mentira. Él dijo que la verdad, así que le dio una pastillita azul que decía Pfizer. Cuando se la tomó, se puso todo loco y decía que  un arbusto le hablaba y que le decía que tenían que visitar al oráculo. Cuando llegaron, éste les dijo que la única forma de revivir a diosito era juntando las esferas del dragón que estaban custodiadas por los guardianes de las doce casas. Los apóstoles tuvieron que tomar un rápido entrenamiento para ganarse su armadura de bronce y después de muchas batallas, lograron reunir todas las esferas para poder invocar a Shen Long. Diosito resucitó al tercer día, porque ese fue el tiempo que tardaron los apóstoles en recolectar las esferas del dragón. Y así fue todo y ya.




‒Ya estarás conforme ‒dijo la madre del pequeño, bastante molesta‒, por tu culpa le han puesto cinco en el trabajo. Y todo por no querer hacerte responsable. Ni para eso sirves. ¡Ya me lo decía mi madre! ¿Por qué no contestas nada?



El hombre la ignoró y mientras tanto, seguía sosteniendo el trabajo de su hijo entre las manos. Terminó por sonreír. Le despeinó el cabello en un gesto cariñoso y guiñando un ojo le dijo:



‒¿Sabes? Para mí tienes un diez en creatividad.  

sábado, 4 de agosto de 2012

Deja que brille el sol





-Te quiero mucho –le dijo ella.

Sin embargo él pareció no escuchar o tal vez no escuchó.

                La música del café aunque no estaba fuerte, obligaba a las personas a hablar más alto de lo normal.

                Tenían poco de haber llegado, ella tomaba chocolate frío y él café caliente, parecía malhumorado y se veía pensativo.

                Ella intentó besarlo y él la apartó con el hombro.

                -Ya no te quiero, ya no quiero estar contigo – murmuró, no la miraba a ella, veía la taza de café, le daba vuelta tras vuelta, dio un sorbo, lo dejó de nuevo en la mesita de vidrio, pasaría una eternidad hasta que volteó a verla.  Ella lloraba en silencio, justo en ese momento dos lágrimas brotaron de sus ojos, saltaron al mismo tiempo con una sincronía de clavadistas chinos y se perdieron en su pantalón negro.

                Llegó el mesero para ofrecerles algo más, él pidió otro café y ella nada más.

                La música seguía.

                El repitió lo mismo pero ahora más alto y mirándola a los ojos: “Ya no te quiero, ya no quiero estar contigo.”

                Ella sintió que todo el mundo lo había escuchado y él pensó que todos lo veían.

                El abrió la boca para decir algo más pero ella no esperó, se levantó, había dejado en la mesa un billete de 50 pesos y se marchó.

                El la vio alejarse, bajaba las escaleras y pareció que el sol se ocultaba, conforme fue bajando se oscurecía,  su cabello rubio se perdió de vista, todo quedó en tinieblas, pero él no lo notó, estaba ciego de todos modos.

                Se quedó solo, como la luna de esa noche.

                Apresuró su café y pidió la cuenta, el mesero llegó casi de inmediato, pagó el importe, pensaba dejar el billete como propina pero lo tomó y lo miró, era lo único que le quedaba de ella.

                Eso... y su cabello.

                Eso… y su mirada.

                Eso… y su sonrisa.

                Eso… y sus manos.

                Eso… y sus ojos.

                Eso… y su voz.

                Eso… y sus labios.

                Eso…y sus besos.

                Eso… y que siempre lo quiso, fue la única que lo quiso, se lo demostró tres mil seiscientas veces por hora al día.

                La lluvia se soltó de pronto.

                El corrió a buscarla, miró hacia todos lados pero no la vio, una ambulancia en una esquina rodeada de curiosos llamó su atención, pensó lo peor, la ambulancia se fue antes que él llegara y los curiosos se disiparon, preguntó a uno qué sucedió.  Un ciclista, golpeado por un conductor distraído, no era ella.

Anduvo largo rato bajo la lluvia buscándola.

                Buscó refugio bajo el toldo de una tienda y la llamó… no contestó, llamó a su casa… no estaba.

                Cada vez que la llama no contesta y en su casa no está, va a buscarla y no la encuentra.

                Pasaron meses haciendo lo mismo, dejó de buscarla y de llamarle.

                Hoy la vio después de dos años, estaba radiante, brillaba, su sonrisa lo iluminó todo de nuevo, llevaba un niño, rubio también y hermoso, con ellos dos iba otro, otro que no era él pero también brillaba, tres soles bellos y felices; quiso hablarle pero se acobardó. Los miró hasta que los perdió de vista, todo se oscureció de nuevo pero esta vez sí lo notó.

                Ella no lo vio y qué bueno, porque al sol siempre lo eclipsa la luna.

martes, 24 de julio de 2012

Sirena




-¿Me acompañas?


Dijo la voz, tierna y seductora, como en un susurro. Una voz femenina, cálida y dulce. Son las únicas voces que pueden provocar en mí esa sensación que asciende por la columna vertebral y desciende por los brazos, erizando, durante su eléctrico viaje, los vellos de los mismos. 

Voltee. No había nadie. Me recargué con pereza en el barandal para seguir contemplando ese oscuro horizonte y perderme en mis pensamientos. El viento soplaba y se alcanzaban a ver, lejanas, las luces del muelle.  

Sentí que mis ojos se cerraban. Tenía sueño. Aflojé el nudo de la corbata y tragué saliva. La noche olía a la lluvia que, entre relámpagos, se anunciaba del otro lado de la ciudad. Aspiré hondamente hasta inflar el pecho. Necesitaba enderezar la espalda. Sentía como si hubiese estado cargando un peso enorme y hacer ese movimiento hizo que mis vértebras encontraran posición más adecuada, emitiendo leves chasquidos sucesivos. Una gruesa gota cayó en mi mano, pero ya estaba demasiado distraído como para notarlo. Solo quería dormir...


¿Me acompañas? -volví a escuchar- y como un autómata, dije sí...


Y siguiendo esa voz, me arrojé al vacío.





domingo, 1 de julio de 2012

Lolita




La lluvia era ligera pero pertinaz. El cielo totalmente cubierto de nubes pronosticaba al menos dos horas más de precipitaciones y el ruido del tráfico allá afuera, en la calle, iba incrementándose poco a poco. El profesor dio el último sorbo a su café antes de depositar el recipiente vacío en el cesto, encendió la luz del laboratorio de cómputo y abrió el manual en la página correspondiente a la práctica de ese día. Miró el reloj de pulsera: Cinco minutos para las siete de la mañana.

El lugar no tardó en llenarse con los murmullos, las risas y los bostezos de los adolescentes que conformaban el grupo. Los muchachos ocuparon los lugares previamente asignados y comenzaron la clase. Las indicaciones eran fáciles de seguir, pero el plan de clase establecía una lectura dirigida. Todos abrieron su libro en la página 26 y siguieron con la vista lo que leía el profesor. Todos menos ella.

La buena suerte y su apellido la habían colocado en la primera fila, junto al corredor por donde el profesor se paseaba mientras daba las lecciones y que dividía además en dos partes el aula de cómputo. Alguna ventaja debía tener la tercera letra del alfabeto. 

Lo miró intensamente. Siempre lo hacía. Disfrutaba estar en ese lugar privilegiado, mismo que le permitía observarle el trasero descaradamente siempre que escribía algo en el pizarrón.  Fantaseaba. Fantaseaba todos los días y todas las noches. Le imaginaba suyo, con los anteojos empañados,  poseyéndose mutua y salvajemente, una y otra vez.

El profesor seguía concentrado en la lectura, por lo que la sensación de que algo subía por su pierna por poco le hace gritar del susto. Afortunadamente pudo contenerse.

La chica se había quitado el zapato derecho  y deslizado su pie por debajo del pantalón del catedrático. lo cual provocó un súbito incremento en el ritmo cardíaco de éste y un estremecimiento. Nunca, jamás una estudiante tan atrevida como ella. En cursos anteriores, tal vez una manzana acompañada de una mirada con intención, pero esta chica había tomado la iniciativa a mitad de la clase, con todos los compañeros presentes, aprovechando que el campo visual de los demás era restringido por los cubículos individuales donde estaban colocadas las computadoras. Lo disfrutó. Su sonrisa la delataba.

El docente optó por retirarse de ése lugar, para poder continuar con la lectura sin que se entrecortara su voz. Dio las últimas indicaciones y la clase siguió como si nada hubiese pasado. Al terminar los 50 minutos destinados a la práctica, todos se retiraron excepto ella.

El profesor, sentado detrás del escritorio que estaba al fondo del salón, a espaldas de los cubículos, le miró acercarse a él, cruzando todo el lugar, como si estuviera partiendo plaza. Se había soltado el cabello castaño que aparentaba ser más oscuro en ese momento, dado el contraste con el pizarrón blanco que estaba a sus espaldas. Un pie después de otro, con ritmo, con cadencia, sobre una línea recta imaginaria, de manera que sus caderas balanceaban divinamente, de un lado a otro, el peso de su falda escolar. 



-¿Qué fue todo eso Marianne?
-¿A qué te refieres? -Respondió ella, de una forma dulcemente irrespetuosa.
-A lo que hiciste con el pie hace rato.
-Tú ya lo sabes: te quiero.



La manera en que lo dijo era suficiente para deducir que el te quiero surgido de sus labios no era otra cosa que un te deseo. 



-Ya hemos hablado del tema y, aunque me siento halagado, sabes bien que no puede ser.
-¿Porque eres mi maestro y yo una alumna?
-Exactamente. Por eso y por qué eres menor de edad. Apenas tienes dieciséis años.
-Cumplo diecisiete en un mes.



Él quiso decir algo más, pero se contuvo dándose cuenta que sus argumentos iban a ser ignorados por ella deliberadamente. Se puso de pie para dar por terminada la conversación y dirigirse a dar su siguiente clase. 



-¿Entonces no? -Volvió a acometer ella, esta vez guiñando un ojo.
-No... Discúlpame.
-Está bien, no hay problema...



Le dio un beso en la mejilla rozando su cuerpo contra el de él y giró sobre sus talones para salir del laboratorio. Por encima de la pretina de la falda escolar se veían las dos tiras de una tanga blanca. Intencionalmente, sin duda. Todavía se dio tiempo para detenerse en el marco de la puerta, voltear hacia el profesor y sonreír maliciosamente.

El resto del día fue de mera rutina. Sin embargo, ya estando en casa no podía sacarla de su mente. La imaginó ahí, en su cama, recostada junto a él. Aún tenía en su memoria el perfume que emanaba de aquél cuerpo adolescente. Cerró los ojos y se imaginó como sería desabrochar los tres primeros botones de la blusa escolar, besar el pecho juvenil y descubrir a medias los pezones color rosa. Deseó no ser su profesor, poder acariciar esas piernas que alguna vez, en clase, se habían mostrado para él, desabrochar  los dos botones y correr el cierre de su falda de colegiala, dejarse llevar por las pasiones que ella había logrado despertar. 

Aún con los ojos cerrados y frunciendo el ceño  también tuvo que pensar en las implicaciones de algo así: Ir en contra de las normas, desprestigio como catedrático, despido, señalamiento por parte de la sociedad y quizá hasta demandas por abuso de menores.

Esa lucha interna entre lo que se debe hacer y lo que se desea, el instinto básico, por llamarle de alguna manera, le resultó agotadora. Terminó quedándose dormido, con los zapatos puestos, la camisa a medio desabrochar, la corbata en la mano izquierda y sus deseos reprimidos en la otra...


sábado, 23 de junio de 2012

El crimen perfecto





            Esto que les cuento sucedió hace ya muchos años, sin embargo me ha venido atormentando desde entonces un remordimiento y una culpa que hoy ya no me dejan vivir, cada noche sueño con mi criminal acto y estando despierto veo el rostro de mi víctima por todas partes.

            Ahora, tratando de aminorar este mal que me aqueja les confieso a ustedes mi atrocidad, con la única esperanza de que si voy a ser juzgado tomen en consideración que me arrepiento de ello y con lágrimas en mis ojos, arrodillado y mirando al cielo, pido perdón al creador para que no me cierre las puertas del paraíso, ya de por sí difíciles de atravesar para mí.

            Era sábado en la mañana y hacía un día hermoso, el cielo azul cubría la ciudad y parecía alegrar a la gente que iba y venía ensimismada en sus asuntos cotidianos.

            Debo confesar que ya tenía tiempo que un pensamiento me daba vueltas por la cabeza y hacía que me preguntara: “¿qué se siente matar?”

            Este día tengo la oportunidad de saberlo…

            Elegí a mi víctima de un grupo que se encontraba cerca de mí, fue un poco al azar, pero también pudo ser el universo quien me la envió, quien hizo que mis ojos se fijaran en ella, la tomé del cuello con una sola mano, sin ninguna dificultad, a pesar de estar, como dije en un grupo, aquellos que la acompañaban se inquietaron un poco, pero pareció que no le dieron importancia a lo que acababa de suceder.

            Me daba lástima verla cómo intentaba zafarse, en vano se agitaba y se retorcía, mi fuerza era mucho mayor que la suya, la tuve sometida por el cuello hasta que se calmó.

            No quise perder mucho tiempo, así que de inmediato tomé mi cuchillo; era nuevo, afilado, brillaba con la luz del día y era hermoso; reflejaba todo, el cielo, a mí, a mi víctima; dejé que se mirara en mi cuchillo, que viera su mirada de terror, que se imaginara a sí misma, muerta; no sabría decir si su vida pasó por sus ojos, porque tal vez no le di tiempo a ello, le rebané la garganta con sólo una cuchillada, inmediatamente comenzó a brotar la sangre y volvió de nuevo a agitarse, se movía tanto que pensé que su cabeza iba a desprenderse de su cuerpo, ya que aún la sostenía por el cuello, sin embargo, no sucedió, la sangre me corría por entre los dedos y se me estaba resbalando, la tomé con la otra mano, la colgué de un gancho mientras esperaba a que se desangrara, la sangre que escurría caía en una tinaja para que no cayera al suelo y después poderla tirar a la alcantarilla, durante unos minutos sus pies seguían moviéndose con sorprendente fuerza, pero conforme perdía sangre su energía disminuyó hasta que dejó de moverse, transcurrió un poco más de tiempo hasta que decidí descolgarla y cerciorarme que en verdad estaba sin vida.

            De pronto, un miedo terrible me invadió, siendo yo un experto en criminalística y criminología, entendí que al haber tenido contacto con mi víctima dejaría indicios, por lo que me di  a la tarea de planear en qué forma podría borrarlos, desaparecerlos, eliminarlos, no dejar huella.

            Contaba con un cazo enorme que llené con agua y comencé a calentarla hasta que hirvió, estando en ebullición sumergí a mi víctima una y otra vez hasta que creí borradas mis huellas y cualquier indicio que hubiera dejado, arranqué su vestimenta que la cubría con ambas manos, volaban por todas partes los jirones mientras me invadía un frenesí que me empapaba la cara de sudor, un sudor que me corría por la espalda, una locura que me impedía detenerme hasta que quedó completamente desnuda.

            Ya la había matado, estaba complacido en parte, quedaban ahora muchas preguntas: “¿qué haría con el cuerpo?, ¿cómo me deshago de él? ¿Dónde ocultarlo?”

            Acudí con mi abuela que decidió ayudarme junto con mi tía (¿qué no hace la familia por ti?), para que no les fuera tan difícil, decidí mutilar el cuerpo, la cabeza, las piernas, los muslos, todo lo dividí y lo puse en una bolsa, las entrañas separadas en otra; confieso no sin grande vergüenza, que sacar sus tripas,  su corazón, su hígado, sus órganos internos, me resultó bastante agradable, sobre todo las tripas; lo tibio me daba un gusto extraño, parecido a meter la mano en un bulto de frijoles o de arroz, es una sensación que siempre me ha gustado, sólo que esta vez agregando la humedad y la tibieza. Pasaron mi abuela y mi tía y se llevaron las dos bolsas en un carro.

            El crimen estaba hecho.

            Pasaron muchas horas para que llegara a la casa de mis abuelos, me fui a beber con unos amigos  y me excedí a propósito para usarlo como coartada.

            Al llegar a casa, debido al alcohol dormí como si nunca hubiera ocurrido nada.

            Ya por la mañana del siguiente día, el dolor de cabeza y las náuseas me despertaron, corrí a vomitar al baño y recordé por primera vez a mi víctima, cosa que me seguiría sucediendo hasta el día de hoy y probablemente hasta el día de mi muerte.

            Debido al malestar que sentía, volví a acostarme y dormí hasta las 2:10 de la tarde, sin embargo, lo que me despertó esta vez fue un olor que venía de la cocina, un aroma delicioso que hizo que me olvidara por un momento de mi brutal asesinato, me llamó mi abuela a la mesa, el plato ante mí despedía un vaporcillo que empañaba mis anteojos y decidí quitármelos, lo observé un momento, era mole verde; unas tortillas a un lado, agua de jamaica, arroz y… mi víctima o mejor dicho una pieza de ella, una pierna; al final todos nos comimos el cadáver para no dejar rastro, para desaparecerla, la carne fue para nosotros, el gato se comió las menudencias y los huesos se los dimos a un perro de la calle que la borró para siempre, nada quedó de la que el universo colocó ante mí para darme la oportunidad de saber lo que es quitar una vida.

¡Dios la tenga en su gloria!
           


…Mientras tanto, en un gallinero lejano, el hermano mayor de 8 pollitos que iban detrás de él preguntaba a sus vecinos: “¿alguien ha visto a  mi mamá?”.
                       




FIN

sábado, 2 de junio de 2012

Muérdeme




Caminé un poco más aprisa para llegar a la esquina y poder comprobar que efectivamente, ésa era la calle correcta. Guardé el papelito en una bolsa del pantalón y miré el reloj por última vez: cinco minutos tarde.

El calor de medio día caía a plomo y causaba ese efecto reflejante del pavimento, que hace que la avenida parezca una alberca inmensa. Tuve que entrecerrar los ojos para poder leer la placa azul con letras blancas.

Ciento cuarenta y siete, dije para mí, al mismo tiempo que dirigía mis pasos a la casa marcada con ese número. Toqué el timbre y fue ella quien me abrió.

-Hola, pasa... ¿Te ofrezco algo de beber?
-Un vaso con agua está bien. Muero de sed.

Me trajo un vaso rebosante de agua fría, que le agradecí en el alma. Después comenzamos a charlar sobre cualquier cosa. La televisión estaba encendida y yo me distraía de cuando en cuando.

-Tengo sueño -dijo al fin.
-Debe ser el calor. Yo también me siento adormilado.
-Recuéstate conmigo, ¿sí?
-Mmm... No lo sé. ¿Que tal que me quedo dormido?
-¡Pues nos dormimos los dos!

Subimos a la recámara y nos quitamos los zapatos. Apenas había puesto la cabeza sobre la almohada, cuando se apoderó de mí ese sopor que me era tan familiar. Como tenía más de un año sin sentirlo, llegué a pensar que ya estaba curado. Tuve el impulso de decirle que era mejor que me retirara en ese momento.

-Abrázame... -Me pidió, con los ojos cerrados.

Yo lo hice y ella se puso cómoda entre mis brazos. Acercó su espalda a mi pecho y sentí mis latidos contra su cuerpo. Comencé a besar su cuello y su nuca, lo cual la hizo estremecer. Después de varios minutos, me di cuenta que debía detenerme.

-Creo que debería irme -sugerí.
-No... quédate, por favor.

Volví a sentirlo. Mi cuerpo se dividía en dos. Yo me quedaba dormido y emergía el otro...

-Muérdeme... -Escuché decir lejos de mí, hueco, como en un sueño.
-¿Qué dices?
-Eso, que me muerdas.
-No es correcto, puede ser peligroso para ti...  -Dijo alguien, mucho más alejado aún, quizá yo mismo...

Cayó un pesado muro de oscuridad, dejé de escuchar y de sentir y de respirar. Me volví a quedar dormido como las otras veces.

No sé cuánto tiempo pasaría, pero cuando desperté, nada quedaba de ella. La llamé varias veces, pero no me respondió. Busqué en toda la casa y aún en las calles cercanas, pero no obtuve ningún resultado. Volví a  la habitación y tampoco la encontré. Solo esa enorme mancha roja sobre la sábana. Entré al baño a mirarme al espejo y a mojarme la cara, enjuagué la sangre de mi boca y de mis manos y luego me fui de su casa, cerrando la puerta con mucho cuidado.

Han pasado años y yo no he vuelto a verla. No entiendo por qué, pero desapareció de la tierra. Me pregunto si lo que la molestó tanto como para alejarse de mí sin dar explicaciones fue, precisamente, que me haya quedado dormido...