jueves, 7 de enero de 2021

Hoja 14

 

 


Otra mañana de invierno. Otra vez el dolor en la garganta. Otra vez la necesidad del fuego que me calme un poco. Otra vez buscar a tientas la botella de mezcal para encontrarla vacía. Por la ventana se cuela un poco de luz y el sonido de un ave que más bien parece un hipo descontrolado y no un canto o un trino. Una semana. Una semana y esta cama no huele a perfume o a noche salvaje. No hay te amos estridentes colgados del techo ni de la pared. No hay cabellos de mujer en esta almohada. No hay un cuerpo tibio buscando mis brazos con urgencia, pidiendo, suplicando un beso en la mejilla, en el cuello o en los labios.  Falta un ¿todo está bien? 

Necesito más mezcal. Es domingo y quiero dormir. Ella se encuentra lejos, en otra cama, entre otros brazos y otros sueños. Cierro los ojos y duermo con la pluma entre los dedos y pienso en llamarle, en romper sus rutinas solo porque sí, solo para recordarle que, aún en la distancia, sigue siendo mía.

 

 

miércoles, 6 de enero de 2021

Hoja 13

 


Desde esta mesa puedo ver a la gente que llega, observar a la que ya está aquí. Coloco el separador en el último cuento del libro. Hago mi pedido y espero. Abro los cajones de la memoria. Me sorprende encontrar ahí mi escape del Minotauro y al mes de mayo. Los nombres de sabores dulces, por otro lado, ya se han vuelto presencias recurrentes. He estado aquí antes, sentado quizás en esta misma mesa: se llega a un punto en el que todos los lugares terminan por parecerse y todas las ciudades de piedra son la misma ciudad de piedra. Veo las siluetas recortarse contra la luminosidad de la puerta que da a la avenida, a la Calle Grande. Hace un rato pensaba en todo lo que quiero escribir, ahora trato de poner las ideas en orden. Mi mente es impetuosa, me dicta muchas cosas por hacer al mismo tiempo. Me dirijo a ella, le hablo en voz alta, en segunda persona, como si estuviera sentada a la mesa, frente a mí. He vuelto a decirle que solo haremos una cosa a la vez, que de esa manera hay mayores probabilidades de éxito. Repaso mentalmente los pendientes: las prácticas, los ensayos, este diario. Hay muchas cosas qué hacer, muchas cosas qué aprender, muchos libros por leer y muy poca vida. 

El separador está en el último cuento del libro. Es una buena manera de empezar el año. Al menos sigo vivo.




martes, 5 de enero de 2021

Hoja 12

 


 


Hace un rato que los textos del poeta triste aletean en mi cabeza, hace rato ya, que la idea de la trágica muerte de Quiroga y la necesidad de volver a leer al respecto, se apodera de mí. Otra vez me duele la garganta, pero ya no queda más mezcal. Otra vez estoy soñando despierto y con los ojos cerrados. Quizá mi necedad de complicar las cosas innecesariamente sea la responsable, quizá por eso el insomnio y mi estúpida necesidad de llamarle mía. Cinco minutos más, como cuando eres niño y debes ir a la escuela. Tengo una marca en el tobillo causada por algún insecto. Los párpados me pesan; la incomodidad en el tobillo me hace pensar que lo que me picó no fue un zancudo (o quizá me rasqué demasiado fuerte y me arranqué un trozo de piel entre los sueños). Quizá me mordió una araña cuando arreglaba el diminuto jardín que hay en el patio, quizás, este sea el mejor momento para volver a Quiroga y al almohadón de plumas. 

Quiero dormir. Quiero engañar a la mente diciéndole que estoy bien, que me siento bien y que este insomnio es solo una coincidencia y nada tiene que ver con su partida. Hago una última nota, momentos antes de dejar de escribir, y coloco su cepillo de dientes cuidadosamente en su sitio, por si ella, contra todo pronóstico, repentinamente decidiera regresar.


lunes, 4 de enero de 2021

Hoja 11

 


Me quedé dormido. Estaba muy cansado. No sé a qué hora dormimos, pero la habitación y la casa parecían haber sido saqueadas. Nos revolcamos en cada rincón. Su desesperación, su ansiedad sexual me dejó marcas en los brazos. Su mirada vidriosa me agradeció tanto placer y se lamentó de no tener las palabras para hacerme entender cuánto le había hecho gozar. Justo ahora, retumba en mi mente la música religiosa de los vecinos. Hace años que no tengo religión. Con ella profanamos varios templos, asumiendo el papel que habíamos decidido desempeñar. Metí mis manos bajo su blusa y pasé mis besos y mi lengua por su mejilla. Ella ahogó un grito y me dijo asustada que no quería hacerlo, que no quería gritar, que nos iban a llamar la atención, a expulsarnos de esos lugares sagrados. Ayer esta habitación era un templo, se convirtió en nuestro templo del desenfreno, de la pasión sin límites. No necesito que me lo explique con palabras, su cuerpo grita en cada tensión de los músculos, en cada te amo suplicante, en cada mirada.

 

Te amo de la manera más sincera, de la mejor que existe, porque no espero que tú me ames. Tú eres mi dueño. Yo soy tuya, y me encanta serlo.”

 

 imagen de efes en Pixabay 

domingo, 3 de enero de 2021

Hoja 10

 


 

Son las 12:00 del día. Sé hacia dónde quiero ir. Esta calle me evoca muchísimos recuerdos: noches de cine, la molestia de Alma, su decisión de ir a dormir pensando que yo iba a ceder al chantaje y la posterior demostración, los puntos sobre las íes; la fila, la conclusión de que los locos se sienten atraídos hacia mi persona; Renfield y el maravilloso monólogo del apóstol de Drácula; la exposición de la noche de las Walpurgis y el mezcal; Cronos, y Alma enojada, odiándome con la mirada por no poder amarla como ella esperaba y merecía. Ahora es otra historia:

 

Cruzo la plaza grande, sé dónde encontrarla, lo adivino sin que me lo diga. Ella, la predecible, se sorprende de verme aquí. Hace tan solo media hora ya no quería encontrarse conmigo. Así son las mujeres. Pero su hechizo no funciona sobre mí y eso es precisamente lo que le más le gusta. Me saluda casi como si fuésemos dos extraños, pero poco a poco va cediendo. Su cuerpo me reconoce y se acerca a mí. Me roza la pierna con su pie. Se deja abrazar y la siento tensarse entre mis brazos. Sabía que ese enojo no le duraría gran cosa. Caminamos juntos y sacamos fotografías. Encontramos a un patán y nos burlamos de él. Compro un pan para mí. Caminamos hacia el muelle principal, a orillas del lago. Regresamos para tomar el transporte a nuestro destino. El lago parece perfecto para una postal. Pensamos en colarnos a una fiesta a la que no estamos invitados, pero al final nos decidimos por otro lugar, donde compramos algo para comer. La imagen que nos enmarca es perfecta. Salimos de la postal para regresar a un mundo más real. Ambos tenemos urgencia de besos y de caricias y vamos por ellas. Una noche pletórica de excesos a la que muy pocos pueden acceder. Todos tienen lo que se merecen: nosotros tenemos lo mejor.

 

sábado, 2 de enero de 2021

La envoltura de mi cuerpo endeble

 



flota en la frontera

entre el sueño y la realidad

 

Quiero dibujar más que escribir

sueño que quiero dibujar

líneas gruesas


            descuidadas

 

Despierto antes que el reloj

sin mucho mérito  

Los fantasmas cantan más allá de estas paredes

no han dormido en toda la noche

 

El cuaderno huye de mí

cubierto de huellas azules

de gaviotas

yo pienso en la mujer

que me espera junto al lago

sin horarios

 

Quiero volver a la cama


          y dormir

Si

lo

logro

si puedo dormir

a pesar de las voces desgarradas de allá afuera

podré sumergirme en las incertidumbres

de un cuento de Cortázar

 

Los rincones de esta casa huelen a humedad

y a tedio

No recuerdo mis sueños

pero me invade la certeza de que trataba de no soñar

de no pensar


           quiero dejar de pensar





viernes, 1 de enero de 2021

Hoja 9

 


 

La mañana es fría. Busco una forma de disciplinarme para escribir, por eso lo hago a esta hora, cuando nada ha sucedido todavía, o lo único que ha pasado está en los sueños. Mi problema, si no lo he dicho antes, es que yo no sueño o, para decirlo de manera más precisa, yo no recuerdo lo que sueño. Debería, sí, ser capaz de inventar algo, de hacer surgir alguna historia casi completa de un baúl lleno de recuerdos, como cables enredados con otros cables y con juguetes. Debí escribir hace media hora, cuando las ideas se atropellaban en mi cerebro, en la semioscuridad. Cierro los ojos para tratar de recuperarlas. Solo hay imágenes confusas, una firma sobre las piernas de un androide de apariencia femenina y curvas exquisitas. Es hora de levantarme. Otra vez tengo muchas cosas qué hacer y solo un día para que el año se termine. Pienso que no conozco a nadie tan indisciplinado como yo, a pesar de lo que diga la gente a mi alrededor. Trato de organizar mentalmente los pendientes, entre ellos, dejar el piso libre de cabellos de mujer. Eso me recuerda los aretes que aún están sobre la mesa de noche, y el vestido perfumado que ella dejó sobre el cesto de la ropa sucia. Esos aretes se parecen a otros. Hace muchos años, era un lugar más frío que éste.

 

América entró en mi cuarto con el pretexto de continuar la conversación iniciada durante la fiesta. Luego los besos, su insistencia por desnudarme, su boca cálida recorriendo mi piel, envolviendo mi miembro: sus manos llevando las mías a los lugares de su cuerpo que suplicaban mis caricias. Su prima en la habitación de al lado, ignorante o cómplice (¿cómo saberlo?), La otra imagen, la imagen de lo que no sucedió, pero que viene a mi memoria cada que recuerdo sus pulseras y sus aretes, en la mesa de noche de una habitación a la que jamás volví.

 

Decidí escribir a esta hora, cuando aún nada sucede. El saxofonista insiste en llamarme viejo lobo de mar. Me agradece las pláticas nocturnas, donde el tema central es esa peligrosa droga a la que todos llaman amor. Yo me vuelvo a sentir como las otras veces, cuando la gente habla de las cosas que digo y hago, y de las que, realmente, tengo muy poca idea. No me considero un fraude, pero no soy tan bueno ni tan disciplinado como ellos lo piensan. Aun así, “Gracias a mis amigos que se parecen a los Beats”, como escribió el poeta triste una noche de éstas, que se hacen tan cortas hablando de filosofía y literatura, de mujeres, de feministas y feministos, y de que este mundo se va, irremediablemente, con rumbo fijo hacia el carajo.

 

Mañana, a esta misma hora, estaré esperando el autobús, metido en el fragmento de una historia con tintes de cuento de Cortázar. Como sucede con la mayoría de mis viajes, este también lo provoca una mujer. En ese pueblo me encontraré con una mujer, ahí espero obtener los besos de otra mujer que conoce de cerca mi descaro.