lunes, 4 de enero de 2021

Hoja 11

 


Me quedé dormido. Estaba muy cansado. No sé a qué hora dormimos, pero la habitación y la casa parecían haber sido saqueadas. Nos revolcamos en cada rincón. Su desesperación, su ansiedad sexual me dejó marcas en los brazos. Su mirada vidriosa me agradeció tanto placer y se lamentó de no tener las palabras para hacerme entender cuánto le había hecho gozar. Justo ahora, retumba en mi mente la música religiosa de los vecinos. Hace años que no tengo religión. Con ella profanamos varios templos, asumiendo el papel que habíamos decidido desempeñar. Metí mis manos bajo su blusa y pasé mis besos y mi lengua por su mejilla. Ella ahogó un grito y me dijo asustada que no quería hacerlo, que no quería gritar, que nos iban a llamar la atención, a expulsarnos de esos lugares sagrados. Ayer esta habitación era un templo, se convirtió en nuestro templo del desenfreno, de la pasión sin límites. No necesito que me lo explique con palabras, su cuerpo grita en cada tensión de los músculos, en cada te amo suplicante, en cada mirada.

 

“Te amo de la manera más sincera, de la mejor que existe, porque no espero que tú me ames. Tú eres mi dueño. Yo soy tuya, y me encanta serlo.”

 

 imagen de efes en Pixabay 

domingo, 3 de enero de 2021

Hoja 10

 


 

Son las 12:00 del día. Sé hacia dónde quiero ir. Esta calle me evoca muchísimos recuerdos: noches de cine, la molestia de Alma, su decisión de ir a dormir pensando que yo iba a ceder al chantaje y la posterior demostración, los puntos sobre las íes; la fila, la conclusión de que los locos se sienten atraídos hacia mi persona; Renfield y el maravilloso monólogo del apóstol de Drácula; la exposición de la noche de las Walpurgis y el mezcal; Cronos, y Alma enojada, odiándome con la mirada por no poder amarla como ella esperaba y merecía. Ahora es otra historia:

 

Cruzo la plaza grande, sé dónde encontrarla, lo adivino sin que me lo diga. Ella, la predecible, se sorprende de verme aquí. Hace tan solo media hora ya no quería encontrarse conmigo. Así son las mujeres. Pero su hechizo no funciona sobre mí y eso es precisamente lo que le más le gusta. Me saluda casi como si fuésemos dos extraños, pero poco a poco va cediendo. Su cuerpo me reconoce y se acerca a mí. Me roza la pierna con su pie. Se deja abrazar y la siento tensarse entre mis brazos. Sabía que ese enojo no le duraría gran cosa. Caminamos juntos y sacamos fotografías. Encontramos a un patán y nos burlamos de él. Compro un pan para mí. Caminamos hacia el muelle principal, a orillas del lago. Regresamos para tomar el transporte a nuestro destino. El lago parece perfecto para una postal. Pensamos en colarnos a una fiesta a la que no estamos invitados, pero al final nos decidimos por otro lugar, donde compramos algo para comer. La imagen que nos enmarca es perfecta. Salimos de la postal para regresar a un mundo más real. Ambos tenemos urgencia de besos y de caricias y vamos por ellas. Una noche pletórica de excesos a la que muy pocos pueden acceder. Todos tienen lo que se merecen: nosotros tenemos lo mejor.

 

sábado, 2 de enero de 2021

La envoltura de mi cuerpo endeble

 



flota en la frontera

entre el sueño y la realidad

 

Quiero dibujar más que escribir

sueño que quiero dibujar

líneas gruesas


            descuidadas

 

Despierto antes que el reloj

sin mucho mérito  

Los fantasmas cantan más allá de estas paredes

no han dormido en toda la noche

 

El cuaderno huye de mí

cubierto de huellas azules

de gaviotas

yo pienso en la mujer

que me espera junto al lago

sin horarios

 

Quiero volver a la cama


          y dormir

Si

lo

logro

si puedo dormir

a pesar de las voces desgarradas de allá afuera

podré sumergirme en las incertidumbres

de un cuento de Cortázar

 

Los rincones de esta casa huelen a humedad

y a tedio

No recuerdo mis sueños

pero me invade la certeza de que trataba de no soñar

de no pensar


           quiero dejar de pensar





viernes, 1 de enero de 2021

Hoja 9

 


 

La mañana es fría. Busco una forma de disciplinarme para escribir, por eso lo hago a esta hora, cuando nada ha sucedido todavía, o lo único que ha pasado está en los sueños. Mi problema, si no lo he dicho antes, es que yo no sueño o, para decirlo de manera más precisa, yo no recuerdo lo que sueño. Debería, sí, ser capaz de inventar algo, de hacer surgir alguna historia casi completa de un baúl lleno de recuerdos, como cables enredados con otros cables y con juguetes. Debí escribir hace media hora, cuando las ideas se atropellaban en mi cerebro, en la semioscuridad. Cierro los ojos para tratar de recuperarlas. Solo hay imágenes confusas, una firma sobre las piernas de un androide de apariencia femenina y curvas exquisitas. Es hora de levantarme. Otra vez tengo muchas cosas qué hacer y solo un día para que el año se termine. Pienso que no conozco a nadie tan indisciplinado como yo, a pesar de lo que diga la gente a mi alrededor. Trato de organizar mentalmente los pendientes, entre ellos, dejar el piso libre de cabellos de mujer. Eso me recuerda los aretes que aún están sobre la mesa de noche, y el vestido perfumado que ella dejó sobre el cesto de la ropa sucia. Esos aretes se parecen a otros. Hace muchos años, era un lugar más frío que éste.

 

América entró en mi cuarto con el pretexto de continuar la conversación iniciada durante la fiesta. Luego los besos, su insistencia por desnudarme, su boca cálida recorriendo mi piel, envolviendo mi miembro: sus manos llevando las mías a los lugares de su cuerpo que suplicaban mis caricias. Su prima en la habitación de al lado, ignorante o cómplice (¿cómo saberlo?), La otra imagen, la imagen de lo que no sucedió, pero que viene a mi memoria cada que recuerdo sus pulseras y sus aretes, en la mesa de noche de una habitación a la que jamás volví.

 

Decidí escribir a esta hora, cuando aún nada sucede. El saxofonista insiste en llamarme viejo lobo de mar. Me agradece las pláticas nocturnas, donde el tema central es esa peligrosa droga a la que todos llaman amor. Yo me vuelvo a sentir como las otras veces, cuando la gente habla de las cosas que digo y hago, y de las que, realmente, tengo muy poca idea. No me considero un fraude, pero no soy tan bueno ni tan disciplinado como ellos lo piensan. Aun así, “Gracias a mis amigos que se parecen a los Beats”, como escribió el poeta triste una noche de éstas, que se hacen tan cortas hablando de filosofía y literatura, de mujeres, de feministas y feministos, y de que este mundo se va, irremediablemente, con rumbo fijo hacia el carajo.

 

Mañana, a esta misma hora, estaré esperando el autobús, metido en el fragmento de una historia con tintes de cuento de Cortázar. Como sucede con la mayoría de mis viajes, este también lo provoca una mujer. En ese pueblo me encontraré con una mujer, ahí espero obtener los besos de otra mujer que conoce de cerca mi descaro.


jueves, 31 de diciembre de 2020

Hoja 8



 

Siete de la noche. Un hombre encanecido y encorvado sube al transporte público en el que viajo desde hace algunos minutos. Se queja de todo, pelea con el conductor. Busca desesperadamente mis ojos con la mirada, como si quisiera mi opinión o mi respaldo. Yo no estoy dispuesto al juego, pero contemplar el espectáculo me divierte muchísimo. Cambio de asiento para observarle con mayor atención. Sí, me divierte. Sí, es un desadaptado social, pero, ¿acaso no lo somos todos? 

Entro al café de los sinsentidos y me distraigo al azar con el teléfono móvil. Es el pintor ofensivo quien, por primera vez en años, me envía un mensaje. Quedamos de vernos en una cantina que está a unas cuantas cuadras de aquí. Para mí, el plan es perfecto: no deseo regresar a casa todavía. Cuando llego a la cantina, él ya está en la barra y me siento en un banco libre. Veo mi rostro en los espejos del estante, entre botellas de Torres y Bacardí. Detrás de nosotros, en la primera mesa, justo al pasar la puerta abatible de la entrada, una rubia preciosa está sentada a la mesa con un tipo mayor que ella y mayor que yo. No es una cantinera, se le nota. El músico de cantinas les canta, acompañado de su guitarra. Llegan los tangos, recuerdo la voz de mi padre cantando el LP completo del Trío Argentino. La emoción se me hace nudo en el cuello y desgarro mi garganta cantando La cama vacía. 

Después de otro tango (Sin fortuna, quizá), el pintor ofensivo y yo retomamos la conversación que poco a poco se va cerrando en círculos concéntricos hacia un tema inevitable: mujeres. Son las once de la noche y están a punto de cerrar la cantina. Decidimos largarnos de aquí, cada quien, con sus ideas, cada quien abrazando sus propios demonios, cada quien atrapado contra sus musas, con los pensamientos enredados en una maraña de cabellos perfumados y comportamientos erráticos e indescifrables. Ah, mujeres: seres maravillosos, y terribles.

 

 


miércoles, 30 de diciembre de 2020

La tarde golpea con su aliento frío




El poeta triste levanta su sombrero

las manecillas del reloj apuntan al noroeste

Textos incompletos para ser leídos en voz alta

 

Un lugar sin nombre

y también sin voz

un viaje para encontrarme conmigo

y con los espíritus de la vida

Esta es otra canción

 

Mi Soledad acaricia mi rostro con sus manos pequeñas y frías

así

con mayúscula

porque mi Soledad tiene nombre propio

y yo estoy pensando en ella

frente a un lienzo en blanco

y una libreta tan vacía como esta casa 

martes, 29 de diciembre de 2020

Hoja 7

 HORMIGUEO 



Una guitarra rota me espera en algún rincón de este bar. Hay cerveza y mezcal sobre la mesa. Un mesero amaga cobrarme descorche por una botella de tequila que guardo en el bolsillo del saco. La sangre entra en ebullición, como la última vez que vine a este lugar: ahora la manzana de la discordia es un cuarto de tequila. 

Suena un cuatro venezolano y el sonido de botellas de cristal que se chocan unas contra otras. Una sonrisa de mujer destella al otro lado de la mesa. La insistencia del mesero por el asunto de la botella me tiene más que fastidiado. El año termina y no quisiera rematarlo con una estúpida pelea de bar, a pesar de este hormigueo familiar que ya me envuelve los puños y las muñecas. Las otras personas en la mesa son jóvenes, ignoro su edad, pero es posible que sea la mitad de la mía. Vuelve el recuerdo de Gizeh, traído por el viento que entra por la ventana. ¿Será ese su verdadero nombre? Cierro los ojos. Ahí están los suyos, negros, la piel morena de su cuello, esos ojos enormes y su juventud… Cuando abro los míos, todos se están despidiendo. La chica se lleva con ella su sonrisa y contengo el deseo de preguntar, mirándola estúpidamente, como si fuera un puberto: “¿por qué te vas?” Junto a mí, El perro negro, más ebrio que yo, me pregunta qué tanto escribo en el cuaderno. Lo miro contra el cristal de varias cervezas, dos mezcales y mi botella de tequila de a cuartito. Volvemos al tema del valerverguismo y a cómo, en palabras suyas, Chemo y yo también valíamos verga. Sí, tal cual, y que habíamos valido más verga haciendo música en esa azotea de pueblo que tanto me recordó a las favelas brasileñas aquella tarde lluviosa y fría.  Quizá sea buena idea comprometerme más con ese proyecto, de profundizar en esa etimología, en esa exploración ontológica, en el documental fascinantemente absurdo que plantea El perro negro y del cual, involuntariamente, ya soy parte, simplemente por responder frente a la cámara lo que para mí es el valerverguismo… La cerveza está tibia y no recuerdo dónde dejé la guitarra. Estuve a punto de olvidarla y así hubiera sido, de no ser porque sentí la púa en el bolsillo, cuando buscaba el dinero para pagarle al estúpido mesero que sigue irritándome con sus necedades. 

Pero no: quiero ser prudente. Debo tranquilizarme y no, no lo haré, no me voy a pelear. Hoy no. A pesar de este delicioso hormigueo que ya me envuelve desde los puños hasta los codos, a pesar de esta subida de temperatura que parece preparar mi cuerpo para los golpes que está a punto de recibir. No me quiero pelear. Hoy no.