jueves, 28 de octubre de 2010

Rebecca. Parte I




Todo comenzó cuando vieron el anuncio en el periódico: Se solicitan pasantes de informática para digitalizar registros. Acudir al Panteón Municipal.

Parecía ser una oportunidad excelente para empezar a trabajar en su área y representaba además 4 horas de no estar en casa, lo cual es oro molido para dos chicos de 17 años que buscan zafarse del yugo maternal, al menos por un rato.

El trabajo era bastante sencillo. Se limitaba a capturar los archivos viejos en una base de datos y registrar los nuevos en el mismo sistema. No se llevaban más de 3  minutos por registro.

Lo pesado fueron los dos primeros meses, cuando había mucha información que capturar. Una vez que fueron avanzando en ese trabajo, pudieron tener algo de tiempo libre...  Tiempo para explorar.

Les gustaba particularmente que llegaran las 6 de la tarde, cuando los veladores comenzaban a desalojar el cementerio de visitantes y los últimos rayos del sol rebotaban en las blancas lápidas de granito. El colorido de la tarde mortecina, la frescura que se respiraba entre sauces y eucaliptos y para completar el cuadro ellos dos, en bicicleta sobre la calzada que divide el panteón de norte a sur.

Un día que terminaron pronto los deberes encomendados y que habían dejado sus bicicletas en casa, hicieron a pie uno de sus recorridos habituales.

Es increíble como tanta gente tiene miedo a los panteones. Es cierto que es un poco lúgubre saber que estás caminando entre miles de esqueletos y que incluso algunos de los decorados mas antiguos causan un poco de escalofrío, pero también tiene su encanto.

Cerca de la capilla, por ejemplo, hay un ángel enjaulado. La figura aparece de pie sobre una de las tumbas más viejas del cementerio. Carlos sentía una especial fascinación por ese ángel. Llegó incluso a tomarle algunas fotos.





Ricardo le seguía con cierta cautela. Él no era tan atrevido. Una madre en extremo protectora había dejado su huella en el espíritu de aquél  flacucho adolescente haciéndole un tanto temeroso. Sin duda no se aventuraría a esos recorridos si no lo hiciera cobijado por la irreverente audacia de su compañero.

Era temprano aún, sólo un poco después de las cinco, cuando Ricardo vio algo que le llamó la atención en el hueco que muy probablemente sería una tumba al andar de unas cuantas horas. 


-¡Mira!
-¿Qué es?
-No lo sé... Se ve raro.
-Parece una pelota -dijo Carlos distraidamente.
-No hay pelotas de ese color, ¿o sí?
-¿Qué tal si se gastó el color por estar tanto tiempo enterrada? Después de todo, está un metro bajo tierra...


En efecto, sobre una de las paredes se encontraba incrustado un objeto esférico, lleno de tierra y, al parecer, atorado entre hierbajos.

-¿Y si fuera un... -dijeron los dos a un tiempo mientras cruzaban una mirada de sorpresa y expectación.




Continuará... mañana.





jueves, 21 de octubre de 2010

Ella y Él


Él miró a través de la ventana. La cortina estaba corrida y, desde esa posición, pudo mirar la luna llena. Las noches en la ciudad son mezquinas de estrellas, no se pueden ver muchas. Aún así, los cúmulos de nubes a la izquierda de Selene contrastaban de manera maravillosa con el oscuro manto donde se presentaba Venus como única comparsa, dando la impresión de un cielo dividido a la mitad. Luz y sombra. Claridad y oscuridad. Hermosa noche de un Sábado de Octubre.

Ella, sentada  a su lado sintió algo de frío y se acurrucó junto a su pecho. Escuchó los fuertes latidos y cerró los ojos, mientras ajustaba su respiración al ritmo que marcaba el músculo cardiaco.

Él tenía apretada la quijada y ella sintió la tensión en el ambiente, así que se aventuró a preguntar:


-¿Qué sucede?


A él le gustaba la forma en que ella preguntaba las cosas. Jamás decía ¿qué te pasa? ni ¿estás bien? Por el contrario, el ¿qué sucede? era su sello característico, su marca registrada. Más aún, la dulce entonación que vibraba en las cuerdas de la garganta adolescente al hacer esa pregunta, era música para sus oídos.

Él no sabía mentir y dejó que su boca hablara lo primero que le vino a la mente. Es decir, la verdad.



-Tengo miedo de lastimarte, de comenzar juntos algo en serio, de hacerte daño con este incipiente cariño. Miedo de que esta noche de luna se vuelva memorable y que cuando el cuento termine, sigas asociando a la luna conmigo, provocando que después, en cada ocasión que voltees hacia el cielo en noches como ésta, derrames una, cien o mil lágrimas por mi. No quiero que mi recuerdo, cuando ya no esté a tu lado, te haga sufrir.



Ella no dijo nada. Recordó el momento exacto cuando vio por primera vez su reflejo en aquellos ojos negros. Cuando aspiró el perfume de la piel morisca en en aquél cuello varonil, la ocasión en que le tomó la mano por vez primera mientras ambos hojeaban un libro de Alan Poe. Recordó también que ella ya había decidido amarle, sin cortapisas, sin condiciones... consciente de que, definitivamente, el  sufrimiento y el llanto eran posibilidades latentes. Pero así es el amor... 

Con una sonrisa en los labios, le dijo:


-Piensas demasiado...


Y le hizo callar con un beso.





sábado, 16 de octubre de 2010

Lobo



-Oye Borracho, ¿que vas a cambiar de chamba?
-Así es. Eso de ser modelo del Men's & Health ya me había aburrido...
-¿Y qué vas a hacer ahora?
-No sé. Me ofrecieron dar clase en una escuela.
-¿Escuela?
-Sí. Un colegio católico de señoritas, nivel bachillerato. ¿Qué te parece?
-Que es como meter a un lobo a un cuarto lleno de ovejas...
-Lo mismo pensé yo... El lunes me presento sin falta.




Jajaja... ¡Salud!

sábado, 9 de octubre de 2010

Frágil



-¿Qué es esto?
-Mi corazón.
-No sabía que los corazones fueran de cristal.
-Pues lo son.
-No puedo aceptarlo.
-¿Por qué no?
Mira mis manos: Son torpes... burdas manos de obrero. No sabría como cuidarlo. Es muy frágil y lo puedo romper. No sé como cuidar un corazón de cristal.
-Lo siento, pero no es tu decisión sino la mía. Yo decidí entregártelo y nada puedes hacer para cambiar eso. Tal vez lo rompas, pero asumo el riesgo...
-¿Y cómo vivirás sin corazón?
-¿Y cómo viviría sin ti?

domingo, 3 de octubre de 2010

Decidido







El frío de esta mañana y el insistente bip del despertador son hoy más molestos que de costumbre. El latir de mis sienes me hace pensar que mi corazón mudó lugares con mi cerebro y siento en la boca un gusto amargo que me hace levantar corriendo al baño a lavarme los dientes tres veces.

En estos momentos no sé que es peor: La cruda, tener que ir a trabajar en este estado o esa insistente voz en off que me dice que debo dejar este ajetreado ritmo de vida.

Esa idea me ha estado dando vueltas en la cabeza toda la semana y volví a pensar en ello justo anoche, antes de irme al bar. Quizá es tiempo de sentar cabeza, de ser una persona responsable, de tomar la vida por los cuernos y puede que hasta de volverme fiel.

A medida que el café se va integrando a mi sistema, vuelve a mi maltrecho espíritu la energía y me voy convenciendo de que no es una idea tan descabellada. Total, ya disfruté todo lo disfrutable y más, he roto muchas reglas y he sido feliz con ello. Sin embargo, llega un momento en que el alcohol, las desveladas y la fiesta comienzan a cobrar factura.

Así que está decidido. Hoy cambio de vida... Hoy nace un nuevo yo.

Mi jornada laboral fluye sin contratiempos. De hecho, la resaca no es tan fuerte como lo pensé en la mañana. Quizá pueda acostarme temprano para recuperarme de la borrachera de ayer...


-No... no puedes. Tienes un compromiso, ¿recuerdas?


Lo había olvidado por completo. Hoy es cumpleaños de Norma y me invitó a celebrar con ella y otros amigos... en un bar. ¡Demonios! Y yo que ya había decidido dejar las juergas... Pero ¿qué me pasa? ¡Claro que puedo ir! Soy perfectamente capaz de tomarme una sola cerveza o de beber únicamente refresco toda la noche... Es más, para asegurarme que no saldré del bar rodeando la cintura de una desconocida, invitaré a una de mis fieles amigas para que me acompañe y asunto resuelto.


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Es media noche y no me siento a gusto. Estoy, incluso, algo aburrido. Esto de ser una persona nueva parece no ser tan sencillo. Por lo tanto, creo que mejor me iré a dormir.

Le digo a Alberto que se haga cargo de mi amiga y que la lleve a su casa. Sé que no tiene inconveniente porque ya hemos hecho eso antes.

 
Así que pago mi cuenta, salgo del bar y respiro la media noche. Ceniciento... me digo a mí mismo y comienzo a andar, buscando las calles más iluminadas. Me parece que estoy satisfecho con mi decisión: Las conquistas de una noche ya no son para mí y veo como un triunfo mi retirada antes de que el reloj marque las doce.


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Estoy tan concentrado en mis pensamientos que casi no escucho la voz que me dice:


-Hola, disculpa... ¿Sabes cuál es la calle Quintana Roo?


En automático respondo:


-Sí. Subes a la avenida y son dos cuadras a la derecha...


Estaba tan distraído que no me di cuenta de lo raro que es que una chica ande sola, a pie, a mitad de la noche. Logro reaccionar a tiempo para preguntarle:


-¿No eres de aquí?
-Sí. Pero casi no vengo al centro.
-Entonces te acompaño. Dicen que a las niñas bonitas se las roban...
-¿Estás seguro?
-¿De que se las roban?
-No, de acompañarme. Creí que ibas en otra dirección.
-Sí. Pero hago el mismo tiempo si subo por esta calle.


[Mentiras. Tardaré mucho más... Yo iba en dirección opuesta].


-Perfecto -Dice, y me toma del brazo mientras echamos a andar sobre calles totalmente solas... y oscuras.
-¿Ves? -Le digo mientras señalo con el índice a unos tipos sospechosos que pasan frente a las escaleras del mercado -No fue mala idea que te acompañara...
-Fue una idea excelente...


No deja de parecerme graciosa la rapidez con que cambiaron mis determinaciones en las últimas veinticuatro horas. Justo ahora, pienso que quizá el que corra peligro sea yo. Mi mente trabaja a su propio ritmo y me proyecta imágenes de una banda de asaltantes que usa a una hermosa chica de 25 años con mallones entallados y tacones que hacen lucir sus espectaculares piernas para atraer incautos, de esos que caminan solos por la noche...

La misma chica que en este momento  pregunta a qué me dedico.


Dentro de, exactamente 13 minutos, al brindar con ella por primera vez en la noche mientras miró sus hermosos ojos aceitunados, me daré cuenta de que solo estoy siendo paranoico y, mañana que despierte a eso de las 5 de la tarde, me diré a mi mismo que tal vez sea hora de cambiar de vida, ser una persona responsable y quizá  -¿quién lo sabe?-  hasta de volverme fiel...



¡Salud!


domingo, 19 de septiembre de 2010

Muñeca





Las puertas del bazar se abrieron puntualmente como desde hacía veinticuatro años, justo cuando el reloj de péndulo tallado en ébano marcaba las nueve de la mañana. El sol iluminó a raudales los objetos cuidadosamente acomodados en sus estantes: baúles, candelabros, fonógrafos, vestidos y uniformes de una guerra casi olvidada. Todo distribuido de manera precisa, para que todos los objetos pudieran ser apreciados por los visitantes por igual.

El encargado colocó el acostumbrado taburete para que la puerta no se cerrara con el viento, echó un vistazo a las calles que a esa hora de la mañana eran tranquilas aún, aspiró el aire matinal y se acomodó los blancos cabellos.

Los curiosos empezaban a llegar a eso de las diez. Turistas que estaban de paso en la ciudad, ancianas que venían a recordar épocas de gloria y juventudes idas, estudiantes de literatura o filosofía que apreciaban el millar de historias jamás contadas encerradas en esos objetos, talladas en madera o escondidas detrás de una bolita de naftalina.

Sobre un juguetero de madera de roble con finos acabados de color dorado en sus orillas, se encontraba una muñeca. El vestido que un día fuera blanco lucía ahora un tanto amarillento, en especial en el encaje de las mangas que cubrian los hombros. Los rubios cabellos estaban despeinados y los azules ojos miraban la puerta abierta de par en par, como si esperaran algo.

La muñeca no era muy antigua. No era de  porcelana sino de plástico. Dentro de ella aún conservaba el mecanismo que hacía más de dos décadas le permitía reir: un pequeño disco de acetato y una aguja lectora que habían dejado de funcionar.

Falta de baterías, había dicho alguna vez el viejo encargado para sí mismo...

Justo ahora una jóven cruzaba el umbral, maravillada de todas las cosas que sus ojos color miel podían apreciar en el pequeño bazar. Se encontraba hojeando un libro de hojas desgastadas por el tiempo, una versión antigua de un clásico de Shakespeare, cuando sus ojos claros se encontraron con la mirada azul de la muñeca.

Sonrió y fue hacia ella. Sacó un cepillo de su bolso y arregló los despeinados cabellos, la tomó entre sus manos y le acarició la mejilla, para voltearla luego y cerrar el vestido por la espalda con el desgastado velcro y el broche de presión que estaba a la altura del cuello, por la parte de atrás.

-Listo -le dijo- y la colocó otra vez sobre el juguetero. ¿Sabes? -agregó- Eres una muñeca muy bonita...

El rojo corazón de plástico de la muñeca rebosaba de alegría y sus ojos azules brillaban con tal intensidad, que pareciera que les hubiesen, mágicamente, dado vida.


-¡Me quiere! -pareció decir.


El espejo de luna ovalada con adornos barrocos que se encontraba colgado a su izquierda quiso intervenir para proteger el frágil corazón de plástico de la muñeca.


-No deberías ilusionarte de esa manera...
-¿Por qué no? ¿Acaso no lo has visto tú mismo?
-¿Ver qué?
-La manera en que me tomó en sus manos, el cómo me peinó, cómo arregló mi vestidito...
-Si lo vi, pero eso no significa que te quiera o que te vaya a comprar...
¡Mentiroso! -Respondió indignada la muñeca- Eso sólo lo hace alguien que te quiere, esas son las actitudes de alguien que te quiere... Ella me va a comprar.




El espejo no quiso ser cruel con la muñeca, no sabía cómo decirlo sin lastimarla...



-¿Cómo te llamas?
-No lo sé. No tengo un nombre. Nunca he tenido una dueña, nadie ha jugado conmigo. Sólo sé que me llaman Muñeca.


El espejo hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas para lo que quería decir.


-¿Sabes por qué la muchacha te arregló el vestido, te acomodó esos cabellos despeinados y te limpio la carita?
-Porque me quiere.
-No. Lo hizo porque así se trata a las muñecas.
-Pero... a mi nadie me ha tratado así. Nunca alguien me dijo que era una muñeca bonita, nadie antes se preocupó por mirarme a los ojos o por peinar mi cabellera.
-Para eso son las muñecas, querida. Debes entender que ella no te comprará... Sólo te trató como debe tratarse a una muñeca. Si insistes en creerlo sufrirás...
-¡Eres un envidioso! ¡Lo dices porque sabes que a ti nadie te comprará! ¡Porque permanecerás en este cuarto para siempre! Sólo estás celoso...


El espejo guardó silencio. Realmente deseaba equivocarse, pero después de haber visto nacer, crecer y morir a cuatro generaciones tenía la experiencia suficiente como para saber lo que sucedería.

La jóven estudiante cruzó otra vez frente al juguetero donde estaba sentada la muñeca y le sonrió ampliamente. Llevaba ahora entre sus brazos, apretado contra el pecho, el libro de pastas gruesas que estuviera hojeando anteriormente. Antes de salir besó la frente de la muñeca y luego echó a andar por las calles mojadas de lluvía de la ciudad...

El espejo no había querido sonar cruel, pero él sabía.

La muñeca quedó de nuevo mirando hacia el portón abierto del bazar, confundida, triste, decepcionada.


-No entiendo... ella me quería -pensó.


En ese momento deseó que en el lado B del pequeño disco de acetato que estaba dentro de su pecho se hubiese grabado llanto, de la misma manera que en el lado principal el fabricante había grabado una cristalina risa infantil.

La temperatura bajó a causa de la intensa tormenta que ya caía allá afuera, sobre la ciudad. Dentro del bazar el espejo se empañaba y el vapor condensado marcó dos lágrimas bien definidas sobre la luna que había sido testigo de tantas cosas durante tantos años. Sin embargo, a veces, ni siquiera los espejos pueden reprimir su tristeza ante las cosas que pasan. Cosas tan injustas como una muñeca que nunca ha sido tratada como tal, que nunca ha sido objeto de juegos o bañada con la mágica caricia de un nombre dicho por su amorosa dueña.

Es por eso que, a veces, los espejos lloran... aparentemente sin razón.





jueves, 16 de septiembre de 2010

Anti-"feis"


En alguna ocasión, uno de mis alumnos preguntó:


-¿Ticher, usté tiene feis o metro?


A lo que, haciendo gala de mi diplomacia característica, amable y educadamente respondí:


-¿Feisbuc? ¿Ñoñoflog? ¿Es que acaso me viste cara de adolescente traumado, falto de cariño, que necesita que le reafirmen diariamente que por lo menos a una persona le importa su pinche vida? Discúlpame, pero estar al pendiente de cuantas personas comentan una triste foto que me tomaron en un puto antro al que sólo he ido una maldita vez en la vida, no es para mí. ¡Yo sí tengo una vida!


Estoy de acuerdo en los beneficios que conlleva poder estar en contacto con personas en cualquier lugar del mundo, pero eso de estar todo el día pendiente de la pantalla me da una puta hueva que hasta parecen dos.

He visto personas que miran constantemente el reloj, desesperados porque tiene que llegar a hacer no sé que madres en su farmvil, que me parece es una estúpida granja virtual. ¿No sería más saludable, más ecológico al menos, ponerse a germinar un pinche frijolito en  un algodón?

Ya sé que la tecnología tiende puentes y que gracias a este tipo de comunicación hay personas que el día de hoy están leyendo este post. Sí, yo me sirvo de la tecnología. De lo que estoy en contra es de la estupidificación que está involucrada, lo que yo encuentro mal es cuando estar pendiente de esas aplicaciones se vuelve un vicio... una adicción.  Incluso para chatear, prefiero hacerlo a la antigua, en un café, viendo las expresiones de las personas, si es una chica, nada mejor que tenerla al alcance para tomar su mano o robarle un beso.

No me imagino besando el  pinche monitor.

Estar en un barecito, aspirando el perfume de la amiga con la que esté platicando en ese momento, reirme con mis camaradas a grito abierto, dándonos una palmada en la espalda o un golpe en el hombro, no tiene precio. Decir ¡salud! a traves de una pantalla, nunca será lo mismo. El chocar de los vasos rebosantes de cerveza, la música en vivo, un jueguito de billar REAL, no los cambio por nada.

De qué me sirve tener una pinche granjita que en el monitor luce a toda madre, si me voy a perder la puesta de sol de esta tarde por estar pendiente de ella.

Perdonen ustedes lo abrupto de mi arranque, pero es que sólo quería  dejar en claro que NO TENGO FEISBUC  y espero no tener en mucho, mucho tiempo... a menos que las circunstancias me obliguen...





Salud.