sábado, 7 de abril de 2012

No me gusta el fut




                “Ya wey, ya dinos por qué no te gusta el fut”. -me taladró la vocecita de uno de mis amigos con la misma estúpida pregunta de casi cada domingo-.
-Que te importa chingá, estoy aquí ¿no? Es que de todas formas, me reunía con ellos para ver algún partido.
“Pero no le vas a ningún equipo, está raro eso.”

-Raro que  haya venido Benedicto XVI en vísperas de elecciones, eso sí es raro. Además es mejor no irle a nadie, así no te molesta ningún resultado, lo importante es que haya goles. –pensé.
Yo seguía viendo el partido y mis amigos dejaron de preguntar cuando se presentó una jugada de peligro, y todos nos olvidamos de todo y de pronto…

 -¡GOOOOOOOOOOOL! –gritaron-. Pero yo sentí en ese momento como sí me jalaran, como si me fuera, (no sé si han visto la película “Pide al tiempo que vuelva” o no, algo más reciente: “El efecto mariposa”, cuando regresa al pasado, pero sin salirme sangre de la nariz) así me sentí y de pronto me vi, de nuevo frente a ella, como el primer día que la vi y le hablé.


Esta es la historia:

Hace algún tiempo conocí a una mujer: bonita, chaparrita, güera, buena tecla, buena nalga, en fin; de 9.5 (que no creo en la mujer perfecta).

                Para que me hiciera caso no sufrí demasiado, pasó por enfrente de donde trabajaba, la miré, me miró y cayó, pero no me voy a entretener en cursilerías, voy al grano:

                Después de algunos meses de salir con ella y por supuesto de llevarla a los mejores lugares como los tacos de cabeza de la esquina (que por cierto el taquero era mi amigo y me guardaba sesos siempre que hacía reservación) de las gorditas de doña Lupe con su buena coca y lo que más me gustaba, el menudo los domingos acompañado de cerveza bien fría pa’ eructar a gusto ¡BURP!

                Fue entonces que decidí que ya era tiempo de… ya saben, de que se mochara, que se pusiera la del Puebla, de que prestara, que aflojara, de matar el oso, de darle de comer al conejito, de un costalazo, de hacer el mostro de dos espaldas, de clavar la espada del amor, de echar palo, de subirse al guayabo, de jugar al mete-saca, de parchar o como se dice vulgarmente: de un coito.

                Eso sí me costó más trabajo, quesque porque se iba a ir al infierno y que el diablo le daba miedo, aunque le dijera que si Diosito lo inventó es porque así debe ser y que el amor entre dos seres, el amor inocente y puro que nos mueve no debe ser pecado y luego de esa frase (¿buena, no?) sus ojos se iluminaron y me plantó un beso de película con repegón y todo, después nos aventamos un fajezote de aquellos, hasta que me alejó suavemente y me dejó con los calzones todos mojados de enfrente como si me hubiera orinado.

-Hasta mañana, – me susurró, se fue con un guiño y me mandó un beso parando la trompa bien sensual.

-¡SOBRES!- Dijo mi papá que había visto toda la escena (pinche viejo chismoso). Esa vieja quiere contigo.  Yo me hice como que no sabía de qué hablaba.
 
-Mañana juega el atlante ¿eh? – me recordó. Te tocan las cervezas y la botana perdiste el domingo pasado con tus zopilotas que no dan una.

-¡CHIN! Mañana es domingo, no me acordaba, te voy a tener que dejar solo jefe – le dije voy a salir con la vieja ésta, pero te dejo tus chelas y unos rancheritos con valentina.

 -Yas tás -contestó mi jefe bien moderno y se quedó a ver una chichonas en traje de baño que salían en la tele.

Esa noche me soñé cargando a mi mujer sobre nubes de algodón y luego nos subimos a un unicornio azul que nos llevó cabalgando en cámara lenta sobre el arcoiris, yo iba vestido del príncipe cha cha chá carmín y ella con un baby doll rojo con ligueros, al final nos perdíamos en el horizonte en un atardecer maravilloso.

Por la mañana del domingo, ya mi padre veía televisión, en ese momento Chabelo inundaba la pantalla con su juventud y simpatía y yo me metí a bañar, estaba con los vecinos esa rola de José José: “Esta noche te voy a estrenar…” (como si supiera) y me tallé un poco más fuerte las partes pudendas.

Más tarde, llamé a mi vieja y le pregunté a dónde íbamos a ir y que “pus a donde tú quieras”, “no pus tú di”, “a donde sea está bien”.  Ese domingo no fuimos al menudo porque me iba a apestar el hocico y ella ya había desayunado, así que paseamos, sólo paseamos, platicamos, una nieve y luego la invité a mi casa porque le tenía una sorpresa.

Llegamos a mi casa y mi papá veía TV, el previo al partido Atlante-Monarcas, lo saludé y me dijo: “bzbzarfbz”, que en su idioma significa: “ah, muy bien hijo que bueno que ya estás aquí, te extrañé mucho hoy, felicidades por tu dama”.

Entramos a mi cuarto y le invité una cerveza, luego otra y otra, después saqué el regalito y se lo di en una bolsa con papel de China y toda la cosa, tomó la bolsa y ni vio lo que había adentro, me besó aún mejor que la noche anterior y sin más rollo, ya estábamos desnudos en la cama, la besaba toda, me besaba también, estábamos con las pupilas dilatadas y el corazón que se me quería salir, cuando ya estaba a punto de deslactosarme, entra mi pinche padre, como agente de la AFI abriendo la puerta y gritando ¡GOOOOOOOOOOOOL!, yo del puro susto me escondí debajo de la cama y mi vieja se tapó con la sábana gritando también asustada, luego vi los pies de mi papá cuando salía del cuarto y me asomé a ver como estaba mi vieja.

Estaba requetecontraencabronadísima, se ponía el chichero y los calzones los andaba buscando pero los dejé debajo de la almohada para quedármelos como recuerdo

- ¿DONDE ESTAN MIS PINCHES CALZONES? – me gritó.

Tenía la cara roja, los ojos con llamaradas, le salía humo de las orejas, de la nariz, su boca arrojaba culebras y sapos hirviendo, le di sus calzoncitos tomándolos apenas con el pulgar y el índice y me los arrebató, acabó de vestirse y se fue a la puerta, yo iba detrás de ella y en la calle en la esquina la alcancé.

- ¿Nos vemos mañana?  -le pregunté poniendo cara de estúpido (que en esas circunstancias no me fue difícil) y levantó la mano en señal de darme un madrazo en la cara, cerré los ojos, me puse duro duro cuando ¡CRACK! me acomodó un patín en los meros tompiates y quedé allí, de rodillas, con el dolor hasta el cerebelo viéndola partir moviendo ese traserito que ya no iba a ver, ni a tocar, ni a disfrutar, ni a presumir a mis cuates. 

Regresé a la casa y mi padre seguía allí, con la tele en los ojos, ajeno, perdido, enajenado, arrancándose los pelitos de las orejas.

De pronto me despertaron con un zape y me encontré de nuevo viendo el partido.

“-Te fuiste por un buen rato ¿eh? -me dijeron entre risitas.

-Entonces…- ¿por qué no te gusta el fut? – me volvieron a preguntar.

-No sé…  -les contesté aún perdido. Y destapé otra cerveza.

domingo, 1 de abril de 2012

Lujuria





Lujuria: f. Vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales.
Real Academia Española




Las cálidas notas de los violines en una armonía de Re Mayor, perfectamente ejecutadas, llaman mi atención al pasar fuera del teatro. Es un recital, me indica una de las chicas con uniforme que está de pie a un lado de la columna y remata haciéndome la invitación: Puede usted pasar, aún quedan lugares...

Miro el reloj y dudo un momento. Es difícil resistirse, pues el evento es gratuito. Al final, la sonrisa de la chica termina por convencerme y avanzo con cuidado por el corredor en penumbras del recinto. Logro colarme hasta la tercera fila, donde hay una butaca libre. Tomo asiento en el momento justo en que una frase repetitiva del Cello, armonizada en La, lucha y se funde con el Si Bemol de la Viola.

El cuarteto de cuerdas es excelente. Su música me envuelve, me atrapa... Es el primer movimiento de una obra de Haydn. Opus 33, Cuarteto Primero dice el programa que resbala de mi mano. Intento recogerlo pero no puedo. Me siento mareado. Dentro del teatro hace calor, pero yo siento escalofrío. Me pongo de pie y me dirijo a la salida. Justo antes de llegar a ella, alguien me detiene por el brazo.

Giro lentamente. Aún no estoy seguro si tengo fiebre, pero al identificar sus felinos ojos en la penumbra a la que ya pude acostumbrarme, olvido un poco el malestar.



-Hola -me dice sonriendo.
-Hola, Mariana -respondo yo.
-¿Ya te vas?
-Me parece que sí. No me siento bien.



Salimos juntos al lobby y su expresión cambia en automático.



-Te ves muy pálido -me dice.
-La verdad es que me siento mal.
-¿Y qué vas a hacer?
-Supongo que caminar un poco ahí en el parque, esperando que el aire fresco me haga algún bien.
-No puedo dejarte ir así. Te acompaño.
-Gracias, pero no es necesario.
-Insisto.
-Está bien.



Parece que arrastro las palabras, como si todo a mi alrededor sucediera a una velocidad diferente. Me siento lento. Muy lento.

Pronto llegamos al parque y me lleno los pulmones con su frescura. Miro el reloj de pulsera que me heredó mi padre. Son  las 19:27 pero la luz solar que se cuela entre las copas de los árboles, lo hace en una cantidad importante. No tardo mucho en recordar que éste, primer Domingo de Abril, también es el primero con el horario de verano.



-Espera... No puedo más. Necesito sentarme...
-Te ves muy mal. Me estás preocupando.
-Solo necesito descansar un poco.



Me toma de la mano y me mira consternada. Pasa sus dedos por mi cabello, que el viento cálido de esta tarde ha comenzado a despeinar. Puedo ver en sus ojos que su preocupación es real y yo quisiera decirle que no pasa nada, que no tengo nada. Pero a ella no le puedo mentir. 

Se acerca un poco más y me besa en la mejilla. Mi corazón late más aprisa al sentir su pierna rozando con la mía y su tibia respiración cerca de mi cuello. Nuestros cuerpos se reconocen como amantes y mi boca busca por inercia esos labios que ella me ofrece con los ojos cerrados.

Tanto tiempo, tantos deseos refrenados que comienzan a soltarse de sus cadenas. Lo reconozco en las lenguas que luchan, en los labios que se muerden, en el gemido que escapa de su garganta y en mis manos tomando con fuerza su pierna izquierda. Sus besos me dan vida, aliento de vida, y mi malestar pasa a segundo término. El deseo me hace ignorar que estamos en un lugar público por un momento y mi mano derecha se mueve hacia los primeros botones de su blusa. Risas y pasos en la hojarasca me hacen volver a la realidad y creo que a ella también. Abro mis ojos y encuentro su sonrisa. A nuestra izquierda aparece una familia entera riendo a carcajadas... No vieron nada...



-Y... ¿cómo has estado? -pregunta ella para recomenzar la conversación en algún punto, aún nerviosa. O al menos eso creo.
-Quitando lo mal que me sentía hace un momento, he estado muy bien.
-Me da mucho gusto por ti.
-Honestamente, no esperaba encontrarte. Ni en el teatro ni en la ciudad.
-Lo sé.



Vuelve a sonreír mientras lo dice. Me doy cuenta que por fin ha oscurecido y que la temperatura ha cambiado. De hecho ha comenzado a lloviznar, así que la poca gente que aún paseaba en el parque comienza a retirarse. Los últimos en pasar frente a nosotros son los chicos que jugaban ajedrez en las mesitas de concreto que rodean el kiosko.


Reconozco ese fuego en sus ojos. La misma mirada que tenía en ese pequeño departamento a las afueras de la ciudad, nuestro refugio durante aquellos lejanos días en que éramos amantes. Ella se acerca otra vez a mí. Estamos solos en el parque. Solos.

Me toma del cabello para acercarme a su boca, a sus labios, a sus besos y a sus ganas. Yo no opongo resistencia y juntos nos entregamos al placer de las caricias. 

Se levanta de la banca de cantera y se sienta sobre mí, sobre mis piernas. Me toma de la cara con ambas manos y besa mis labios otra vez. Presiona su sexo contra el  mío en un movimiento rítmico, cadencioso y sensual. Yo paso mis dedos por su cabello, por su nuca y continúo por su espina dorsal. Presiono al mismo tiempo con  mis índices los romboides mayores de su espalda, que se arquea de placer. La respiración se hace más rápida y los gemidos más fuertes. Afortunadamente ya no hay nadie alrededor que nos escuche. Mi corazón late con tanta fuerza que siento como se agolpa la sangre a la altura de mis sienes. 





La tomo de la mano y nos adentramos en uno de los senderos del parque. Nos detenemos debajo de uno de los árboles más frondosos. Nuestros ropas están completamente empapadas.

Ella apoya sus manos en el árbol mientras yo beso su cuello. Muerdo el lóbulo de su oreja para sentir como se tensa su cuerpo una vez más. Le abrazo desde atrás. Mi mano derecha se abre camino por debajo de su blusa, ávida de encontrar, con las yemas de mis dedos,  sus turgencias lácteas. Al mismo tiempo mi mano izquierda se desliza por su abdomen hasta encontrar los dos botones de sus jeans azul pálido que obstaculizan su camino.

Desabrocho la metálica botonadura con la experticia que me brindan las múltiples ocasiones en que he realizado la misma acción con anterioridad. Ella está cubierta de lluvia tibia, por dentro y por fuera... Puedo sentirlo.

Entro en ella con toda la suavidad que permite la excitación de  los cuerpos. La noche nos envuelve y la lluvia es el aderezo perfecto para la sinfonía de sonidos y sensaciones primitivas que, irremediablemente, nos arrastran al estertor que anuncia el culmen de nuestra obra...


sábado, 17 de marzo de 2012

Tenías razón




Como siempre, el comentario llegó cuando él menos se lo esperaba. Los hermosos ojos color avellana mostrando esa inquisidora mirada infantil, tan seductora, tan...



-Creo que tenías razón: estoy obsesionada contigo...
-Te lo dije.



Ella desvió la mirada por un breve instante. Jugueteaba con la punta del zapato derecho en una irregularidad de la  loseta. 
Él preguntó:



-¿Y cómo terminaste por reconocerlo?
-Es que aún sigo besando tu retrato siete veces por la noche, antes de poder dormir...


sábado, 3 de marzo de 2012

La tradición



La habitación prácticamente sin decoración en las paredes, ladrillos desnudos y gastados por la acción del tiempo, testigos silenciosos de reuniones como ésa, aunque no tan antiguos como la tradición que  se encargaba de reunirnos en aquella cabaña alejada de nuestra cotidianidad. 

Me levanté para ir hasta la mesita de estar. Agua y vino en los jarrones, como siempre. Me serví un poco de la roja bebida y volteé a ver a mis compañeros. 

Les vi sentados en las incómodas sillas de madera, mirando fijamente la vela colocada al centro de la mesa, cada uno absorto en sus propios pensamientos. Llevábamos veinte minutos en total silencio. Ninguno decíamos nada. Se adivinaba en el aire que ninguno de los tres nos sentíamos preparados para cumplir con los sagrados ritos impuestos por La Tradición. Ni Rehael, el contador, ni Germaín, doctor recién recibido y mucho menos yo.

Pero era nuestro deber estar ahí. Deber heredado por línea sanguínea directa. Los tres. La triada...

Rehael levantó la vista y preguntó sin más preámbulos:


-¿Lo hiciste?
-¿Hacer qué?
-Terminar con ella.


Las familias de nuestros padres se frecuentaban desde que eramos pequeños. Luego coincidimos en los rituales de iniciación. Por decirlo de alguna manera, teníamos cierto grado de amistad que nos daba derecho a hacer ese tipo de preguntas personales.


-Aún no...
-¿Y qué esperas? Recuerda que tener a alguien cerca de ti, te vuelve vulnerable. Es peligroso para ambos.
-No sé qué decirle. No tengo la más remota idea de qué decirle...
-Dile la verdad.


Sonreí sin ganas. Me imaginé a mi mismo diciéndole a Alma que tengo el deber de enfrentar un peligroso demonio que habita la tierra desde antes que el hombre empezara a caminar sobre ésta, y que debo prepararme por un periodo de 90 días para hacerle  frente, apoyado, claro, por dos tipos a los que nunca mencioné, pero que conozco de toda la vida, obligado por una tradición milenaria de la cual puedo hablarle menos aún. Se lo comenté a Rehael.


-Tienes razón. Suena cómo si lo hubieras inventado. ¿Qué vas a hacer entonces?
-Decirle alguna mentira que suene más convincente.
-¿Como qué?
-Que necesito estar solo...
- ¿Y te va a creer?


Alma era una mujer inteligente, segura de lo que deseaba y metódica hasta la exageración. Sin duda, una justificación como la que recién se me ocurría, habría sido hecha trizas con buenos argumentos.


-No. Conociéndola, le parecerá una razón sin solidez...
-A mi también me lo parecería.


Germaín, el mayor de los tres y quien hubiese permanecido inmóvil desde hacía un buen rato, se levantó de pronto y nosotros guardamos silencio. Sacó de uno de sus bolsillos el antiguo reloj grabado con las insignias de La Logia y nos indicó con un gesto que también nosotros tomáramos nuestros instrumentos rituales. 


-Es hora - dijo.


Hizo girar el picaporte y, antes de que saliéreamos, se dirigió a mi con una sonrisa condescendiente: 


-Dile que eres gay. Eso nunca falla...



sábado, 18 de febrero de 2012

Cita a ciegas



-¿Y cómo voy a reconocerte?
-Lleva tu guitarra. Yo te busco...



Es lo último que dice antes de colgar. Ésta sensación de incertidumbre y aventura me hace sonreír emocionado. Dejo caer mi humanidad sobre la cama, como una regla, y entrelazo los dedos de mis manos en la nuca mientras comienzo a recordar cómo es que llegué a este punto.

Hará cosa de unos cuatro o cinco meses, en una noche de dominó donde la suerte me fue completamente ajena, entre bromas y tragos, mis amigos me convencieron de entrar a un club de citas llamado Sargento Pimienta (una clara alusión al disco de Los Beatles, Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band). Más que por la insistencia de ellos, me decidí a hacerlo por el nombre del club, debo confesar. 
Nos registramos por Internet  y recibimos por correo electrónico las fichas digitales de chicas que podían ser compatibles con los perfiles que proporcionamos durante el proceso de registro. Ahí se incluían algunos datos básicos: intereses, signo zodiacal, edades y  un sobrenombre o nickname para poder interactuar a través de la página web del club, en una especie de cita virtual. A ellos les llegaron tres y hasta cinco fichas. A mí sólo una.

Red Rose era el sobrenombre de mi desconocida chica virtual. Veintiséis años. De acuerdo a su perfil, "gustaba de la música romántica y de una conversación amena." 

Dos cosas llamaron mi atención. La primera, la edad de la chica en cuestión la ubicaba en lo que uno de mis mejores amigos ha tenido a bien bautizar como El Buen Año. Y es que por experiencia suya y mía, hemos descubierto que el 85 produjo excelentes cosechas. Lo segundo, claro está, fue la inclinación por la música romántica, rasgo que no puede pasar por alto un tipo como yo: bohemio de afición, amigo de la farra...

Decidí mandar la invitación para establecer contacto con ella y me olvidé del asunto. Casi un mes después encontré en mi bandeja de entrada un mensaje de aceptación.

Conversamos un poco, las trivialidades de siempre. El round de estudio de dos peleadores que han aprendido, por las malas, a ser cautelosos. Para el tercer asalto (nuestra tercera conversación), ella soltó un recto a la mandíbula que me hizo tambalear. Las mujeres siempre hacen eso: nos golpean por sorpresa en el momento en que estamos más confiados... o totalmente desprevenidos.



-Dice en tu ficha que te gusta la música de guitarra. ¿Tú sabes tocar?



Tuve la duda de si la pregunta tenía un doble sentido.



-Aprendí a tocar la guitarra hace algunos años y todavía lo hago.
-¿Qué canción tocarías para mí?



¡Bam! No lo vi venir. No me esperaba esa pregunta. De hecho, no tenía idea de qué responder. Por un lado, no podía contestar que una canción de esas cursis y empalagosas que los enamorados se dedican todos los 14 de Febrero, porque no conocía a la chica, no sabía realmente quien era, pero tampoco podía dejar pasar la oportunidad de mostrarle que estaba interesado en conocerla personalmente. Dije lo primero que se me vino a la mente, sin pensarlo:



-Necesitaría conocerte para decidir que canción tocar para ti...
-Entonces hay que vernos -dijo ella.



Nos pasamos los números telefónicos y hablamos un par de ocasiones más. Al fin, quedamos de vernos en la plaza... hoy. No la conozco físicamente ni ella a mi, pero me pide que lleve la guitarra para poderme ubicar.

Llego cinco minutos tarde. La ciudad está desquiciada y el tráfico es mucho peor que otros días. Me parece que hay algún evento político o un plantón de esos que se han vuelto tan cotidianos. Le llamo al celular para pedirle una disculpa pero ella está más atrasada que yo. Me dice su ubicación y yo comprendo que no llegará en los diez minutos que asegura le tomará acercarse al punto de reunión.

Busco lugar en alguna de las bancas metálicas que rodean la placita y me ubico debajo de un frondoso árbol. Me entretengo en contemplar el límpido azul del cielo, casi sin nubes,  y en disfrutar la brisa que moja mis manos y mi rostro. Acaban de encender la fuente.

El tic tac acompasado de unos tacones femeninos me saca de mi contemplación del paisaje. Es una chica morena, delgada, de cabello largo, negro y ondulado. Lleva minifalda, de manera que es imposible que esas espectaculares piernas pasen desapercibidas. Me sonríe...



-¿Borracho? (Lo sé... no tengo creatividad para escoger un sobrenombre).
-Sí... ¿Red Rose?
-Arianna... Me llamo Arianna.
-Es un placer conocerte.


Echamos a andar. Las zapatillas le hacen resbalar un poco sobre las losas de cantera que la fuente ha mojado. Alcanzo a sostenerla con la mano en que no llevo la guitarra. Por un momento nuestros rostros quedan muy cercanos. Al grado que puedo ver mi reflejo en su mirada. Recomenzamos la caminata y me toma del brazo.

Ella no lo nota, pero la sensación de incertidumbre y aventura me hace sonreír emocionado... una vez más.



martes, 14 de febrero de 2012

Gracias


-¿Podrías decir otra cosa que no sea gracias? No sé qué es lo que agradeces...
-Yo me entiendo...



Gracias.

Sin importar el nombre 
que en algún momento te haya dado:
Princesa, Muñeca o Golondrina
Walkyria, Lilith, Eva o Astarté.

Por los besos prodigados sin medida,
por las manos que me acariciaron tantas veces, 
a escondidas,
y por las noches de sexo que jamás conté.

Gracias por la risa, por las flores, 
por las miradas llenas de complicidad.


Gracias por el odio, los rencores, 
por perdonarme tantas veces tu infelicidad...

Gracias... por el bien y por el mal...
por el amor y por el odio que, 
a final de cuentas, 
brotan del mismo manantial...


sábado, 4 de febrero de 2012

Omar



La puerta que da a la calle está abierta, como casi siempre a esta hora. Avanzo por el corredor procurando no mirar por las ventanas de cortinas corridas, no entrometerme en las otras historias que no me incumben. Mi destino es la última vivienda del corredor, a mano derecha.

Antes de golpear la puerta con los nudillos, ya percibo el aroma de cigarrillo que impera dentro de la casa.


-Hola -dice al tiempo que me da un beso en la mejilla y con un gesto me invita a pasar -¿Gustas algo de beber?
-Hola -respondo yo. -Coca Cola está bien.


Hay una botella de dos litros del enviciante  líquido negro sobre la mesita que hace las veces de comedor. El aroma de cigarro impregnado en las paredes de la modesta habitación que les sirve de vivienda me provoca náuseas. No consigo acostumbrarme.


-Tu mensaje me dejó preocupado. Me dijiste que querías verme y aquí estoy. ¿Qué pasó?
-Es él, tu amigo.


Ella dice que su marido, amigo mío desde hace muchos años, no la quiere, la trata mal. Yo he observado todo lo contrario. Todas las ocasiones que he podido convivir con ellos y con sus hijos, he visto con mis propios ojos que él hace lo posible por tratarla como una reina, a pesar de las limitaciones económicas.


-¿Dónde está él? -Le pregunto.
-Trabajando, como siempre. 


El tono en que responde me molesta. Si a alguien le consta el esfuerzo que José hace para procurar el sustento de su familia es a mí. Más aún, estoy seguro que él trabaja de muy buena gana, con el único y firme propósito de llevar pan a su mesa.

Estamos sentados a la orilla de la cama, a falta de sillas. Ella dice que necesita un abrazo. Es mi amiga y se lo doy. 


-¿Me das un beso?
-No. Te doy dos. - Le respondo sonriendo.


Tomo su cara entre mis manos y le beso en la mejilla y  en la frente. Parece decepcionada.


-¿Sólo así?
-No podría besarte de otra manera.
-¿Por qué?
-Por la amistad que tengo con tu marido.


Sus ojos brillan, destellan furiosamente justo antes de escupir el veneno, de arremeter con la siguiente oración:


-Omar me besó... Y más que eso
-Que lástima. Entonces Omar no ha terminado de entender el significado de la verdadera amistad entre hombres.


No hay nada más que decir. Salgo de la habitación sin mirar atrás. Echo a andar por el corredor de la vecindad, pintado de amarillo. Mis pisadas resuenan y yo procuro no mirar por las ventanas de cortinas corridas. A fin de cuentas, esas otras historias no me incumben... Hoy no.