sábado, 22 de septiembre de 2012

La luna





La hija del Tiempo salió temprano de sus habitaciones en el sagrado castillo de su padre. Comenzó a caminar por los amplios jardines y no tardó mucho en llegar a un arroyo que desembocaba en un lago de plata. Se despojó de sus ropas y se introdujo en las frescas aguas. Después del baño, enjuagó y secó su larga cabellera negra que contrastaba con la deslumbrante blancura de su piel. Ahí, donde las gotas que caían de su cabello se perdían en la tierra, nacían las flores más hermosas, con el mismo aroma que guardaban las suaves fibras capilares de las cuales habían caído. Anduvo un rato por la ribera pensando en la sensación de felicidad que la embargaba y agradeciendo a los dioses por ello.

Se detuvo frente a una visión extraña. Un extranjero, venido de muy lejos, sin duda, ya que no vestía con los colores del reino. Debía ser un guerrero, pues tenía la mirada dura y lejana, los dorados cabellos caían hasta los hombros y su piel, a diferencia de la blancura de la princesa, era levemente rojiza. Él no le vio. Bebió un poco en las aguas del lago y dejó que su cabalgadura lo hiciera también. Después se marchó sin mirarla siquiera.

Ella le siguió, durante un tramo, a través de los bosques que circundaban el castillo pero no le alcanzó. Sentía curiosidad. Quería saber todo y más de aquél extraño. Cuando lo perdió de vista regresó a su hogar, la mirada inundada de tristeza y los brazos lastimados por los espinos del bosque, lugar al que nunca antes se había aventurado.

Su padre, anciano y sabio, blanco y deslumbrante como ella misma, adivinó algo diferente en su actitud.


-¿Qué sucede, niña mía?
-Vi a alguien. Distinto a nosotros. No pude preguntarle quién es. Le seguí pero no le alcancé. Monta una  bestia desconocida para mí.
-¿Por qué le seguiste?
-Porque no me vio y nunca me había pasado eso. Incluso las flores voltean al verme pasar y el manantial acelera su paso para darme la bienvenida con sus mil voces, las aves guardan silencio cuando saben que vendré y el viento detiene su continua marcha en el instante en que mis pies suenan en la hojarasca...
-¿Qué esperas de ese guerrero entonces? -dijo el Tiempo tristemente, sabiendo que el momento que tanto temía estaba por llegar.


La princesa se sorprendió por un momento. Luego recordó que su padre lo sabía todo. Siempre lo sabía.


-Quiero que me vea. Que su mirada me de calor. Ser importante para él. Creo que estoy enamorada.


Su padre le miró con ternura y tristeza. Le dijo lo que tenía que ser dicho. Era su deber. Lo había sabido durante siglos y ahora había llegado el temido instante.


-No puedo ayudarte.


El Tiempo vio a su hija salir por el portal, vio alejarse su reflejo en el mármol blanco del amplio corredor y suspiró resignado, consciente de que nunca más la iba a ver entrar por ese umbral. Él mejor que nadie sabía que el destino debía cumplirse.

La princesa llegó  a la orilla del lago y lloró largamente, Lloró tanto que las aguas del lago subieron de nivel hasta alcanzar a cubrir los blancos tobillos y las hermosas pantorrillas. El espíritu que habitaba en el fondo del espejo de plata se compadeció de ella. Salió de las profundidades entre reflejos dorados, rojos y púrpuras. La princesa se protegió un poco los ojos con la mano derecha para poder mirarle.


-¿A qué se debe su llanto, princesa? -preguntó
-Quiero algo que no puedo conseguir.
-¿Qué desea?
-Que el guerrero de los cabellos dorados me mire, quiero poder seguirlo a donde él vaya, que sepa que lo necesito para poder continuar siendo.
-Ya veo.
-Y mi padre no quiere ayudarme.
-El Tiempo no puede, princesa. No tiene el poder. Pero yo sí.


La hija del Tiempo miró sorpendida al espíritu del lago  e hizo la pregunta:


-¿Tú puedes ayudarme?
-Sí. Pero solo si es algo que realmente desea.
-Es lo que más quiero.
-Aunque eso implique perder todo lo que conoce hasta el momento.
-¡Sí! -respondió la princesa.
-¿Quiere usted acompañar al guerrero que nunca se detiene en su viaje?
-Sí quiero.
-¿Por cuantas jornadas?
-Para siempre. Por toda la eternidad.


El silencio reinó de pronto. Pareciera que el espíritu del lago dudara de lo que estaba escuchando.


-¿Está segura de lo que pide?
-Sí -dijo ella firmemente.
-Necesito a cambio su cabello. No lo necesitará en el lugar a donde va. Cierre los ojos.


La hija del tiempo sintió un leve mareo. Se elevaba sobre el suelo, flotaba. Comenzaba un viaje eterno. Se convertía en la luna y el rubio guerrero, debido al deseo de la princesa se convertía en el sol. Justo en ese momento y en ningún otro es que el día y la noche comenzaron a existir.  

La luna aún trata de alcanzar al sol en su interminable viaje y recibe su cálida mirada, para poder ser. Cuando el sol no la ve, la luna simplemente no existe. Sin embargo, sus lágrimas de tristeza quedan regadas sobre la negra bóveda celeste y aparecen pequeñas luminosidades a las que los hombres han tenido a bien llamar estrellas.

Desde entonces, como recordatorio del mágico trato con el espíritu de aquél lago de plata, en la transición del día hacia la noche, el horizonte vuelve a cubrirse con sus resplandecientes colores. Y el anciano Tiempo, viendo por la ventana, envuelto en su manto de armiño,  recuerda que hace muchos siglos él tenía una hija que corría por los jardines de su castillo y que se forjó una romántica maldición que la tendría atada a un trágico destino hasta los confines de la eternidad.

-Le seguirás por siempre, mi niña, y te mirará, sin duda. Su viaje será tu viaje y lucirás tu blanca belleza gracias a él. Le seguirás por siempre -repitió el Tiempo- pero jamás estarán juntos: ese fue tu deseo.


sábado, 8 de septiembre de 2012

Primer día de clase




Se han generado tantas variantes y añadidos a esta historia -especialmente cuando es Ismael quien se encarga de contarla-, que no tengo más remedio que relatar los hechos tal como sucedieron realmente.

Ésta, amigos, es la verdadera historia.

Eran los primeros días del mes de septiembre, y nosotros regresábamos a la universidad después de un largo receso de dos meses. Aún había posibilidad de que cayeran algunos chubascos aislados, pero ese lunes en particular, el calor era poco menos que insoportable y no habían en el cielo nubes que prometieran que esa situación cambiaría pronto.

Después de varios semestres en la escuela, uno aprende cómo funcionan las cosas: qué es lo que debes pedir en la cafetería, a cuál de las cocineras le puedes coquetear para que tu orden de tortas de brocheta sea la primera en ser atendida, por qué corredor desfilan las chicas de administración y lo más importante, claro, que el primer día de clases nunca hay clases.

Se suponía que habíamos entrado a las dos de la tarde y para ese momento eran las cuatro. Ninguno de los dos profesores que nos darían clase durante ese semestre se presentó. Y en una tarde donde el sol caía a plomo, la situación se presentaba aburrida y todos, absolutamente todos, traíamos la inercia de las vacaciones, solo faltaba una chispa que prendiera la mecha.

-Vamos al DEPOrtivo.

No necesitamos de mucha insistencia, ni una invitación formal por escrito. El DEPOrtivo, era el depósito de cerveza situado a 500 metros de la misma, por la parte de atrás. Todos asentimos de buena gana, tomamos nuestras mochilas y libretas y fuimos a tomar una o dos cervezas. (A esa edad es para lo único que te alcanza, a menos que seas de los que trabaja y estudia, o un niño rico con mesada que puede estafar a sus padres cada que se le antoja).

Hice cuentas mentalmente. Dos horas. Me alcanzaba perfectamente para llegar al expendio, platicar con mis cuates, tomarme las dos cervezas, regresar caminando tranquilamente y pasar por mi novia al edificio contiguo a la hora de la salida.

Llegamos y pedimos nuestra respectiva bebida refrescante. En semanas recientes había salido una nueva marca en presentación de medio litro, por el mismo costo. Como estudiantes, eso nos animaba a tomar más, pagando lo menos. Charlamos sentados en la acera, bromeamos, reímos a carcajadas, nos golpeamos como todos los amigos hacen. Todo era tranquilidad hasta que llegó él.

En todos los grupos de amigos, siempre hay alguien que pone el desorden. Uno, dentro de toda la palomilla se destaca por ser el incitador de las más grandes juergas o las más peligrosas. Justo cuando otro camarada y yo nos levantábamos, satisfecho nuestro antojo de la consabida bebida de cebada del primer día de clases, se apareció en la esquina.

-¿A dónde van?
-A mi casa -dijo Flavio- estoy cansado.
-¿Y tú? -dijo mirándome.
-Yo aún tengo que pasar a la escuela. Mi novia sale a las seis.
-Todavía alcanzas.
-Es para irme tranquilo caminando. Además ya no traigo dinero.

En ese momento debí irme, sin que me importara nada. Ni lo que dijera él, ni que mis amigos me tacharan de mandilón. 

-Yo pago. Otra ronda para todos -dijo solemnemente.

Todos accedieron riendo de buena gana. Yo pensé: Una cerveza y me voy. No hay problema. Aún tengo tiempo suficiente...

-De una vez que sean dos rondas. Yo pago. -Volvió a decir cuando todavía no destapábamos la primera cerveza que había invitado.

Yo seguí con la idea de tomar solo una y cuando la terminé y comencé a despedirme se paró frente de mí.

-¿A dónde vas?
-A la escuela por mi novia.
-Te falta una cerveza.
-Ya no quiero.
-Si no te la tomas, no te vas.- y le sacó la corcholata, ofreciéndome la botella.

De verdad no sé que extraña lógica se enmarañó en mi mente, que pensé que lo mas sensato y rápido era darle gusto para poder largarme lo antes posible. Era la década de los noventa y sonó un mensaje en mi enorme celular Nokia, regalo de una hermana, porque yo no podía darme el lujo de comprarme uno.

Novia: "Ya salimos. ¿Dónde Estás?"

Tomé la botella de medio litro y me la bebí de un sorbo, sin miramientos, sin pausas, sin respirar. Pedí dos pastillas de menta a mis amigos para no llegar oliendo a alcohol con la damisela que me esperaba y me fui corriendo a su encuentro.

Aún no sé a qué debiera culpar en mayor medida: El no haber comido ese día, los dulces de menta, la cerveza tomada de un solo trago -Hidalgo, le decimos en México-, el haber corrido esa pendiente o a la ansiedad porque mi novia me iba a regañar si llegaba tarde. El asunto es que llegué mareado, muy mareado con ella. Nos saludamos con un beso en los labios y me preguntó si estaba bien. Dijo que estaba muy pálido.


-No es nada, de veras -le contesté.
-Andabas tomando, ¿verdad? 
-Me tomé unas cervezas con mis amigos.
-Jum... -refunfuñó.

Obviamente, las pastillas de menta no habían servido para maldita la cosa. Y yo cada vez me sentía peor. Llegamos a la parada del camión y me mareaba cada vez más. Sentí como la espuma de la cerveza regresaba por mi nariz. Ella se asustó y fue a buscar ayuda con mis amigos. Yo apoyé ambas manos en la palmera más cercana para no caerme. No tardó mucho en regresar con back up y se marchó, no sin antes sentenciarme con la mirada y con un:

-Mañana hablamosss...

Lo dijo así, prolongando la S final, con la clara intención de que me sintiera culpable durante todo el tiempo que pasaría antes de volver a vernos...

Eso fue todo. No pasó nada más. Así de simple fue el asunto. Todos aquellos que les hayan dicho que duré tres horas abrazando la palmera, declarándole mi amor, cantándole canciones apasionadas a la luz de la luna y que los cocos que tuvo la primavera siguiente fueron hijos míos no reconocidos, mienten descaradamente o estaban más borrachos que yo.

Éso fue lo que en realidad pasó, apreciables lectores. Lo juro. Doy fe.


miércoles, 29 de agosto de 2012

Nunca




Las hojas de papel en completo desorden sobre el escritorio me recuerdan todos los pendientes que aún me faltan por concretar. Decido poner manos a la obra, pero antes me levanto por un café. El despachador de agua caliente se encuentra fuera de la oficina, a unos sesenta centímetros de la puerta. Pongo el  café y el azúcar en las cantidades acostumbradas dentro de la taza y comienzo a revolver los gránulos en seco, con una cucharita desechable. Al salir, concentrado en el recipiente de porcelana,  me encuentro con unos hermosos ojos color marrón, mirándome con sorpresa.


-¡Hola!
-¡Hola! -respondo  yo sin poder cerrar la boca.


Por unos cuantos segundos ninguno de los dos sabemos qué decir. Al final, decido ponerle fin a la incómoda situación.


-¿Quieres llegar a la oficina? No tardo nada, solo le pongo agua a esto y paso por un oficio al otro departamento.
-Está bien -dice sonriendo.
-No esperaba encontrarte por aquí -le digo mientras me alejo  por el corredor. 


En la oficina todos salieron temprano, menos yo. Busco el legajo que necesitaré para terminar mi trabajo vespertino en uno de los módulos comunes.


-Yo tampoco esperaba encontrarte -dice ella a lo lejos-, solo pasé a saludar a los chicos y a la licenciada Farfán. De hecho, creí que ya no trabajabas aquí.



No escucho más. Temo que se haya ido. Regreso lo más rápido que puedo y, cuando cruzo aprisa la puerta, mi expectativa es mirarla sentada en mi lugar, donde solía esperarme. Pero no hay nadie en la silla. Me dejo caer en ella y la descubro frente a mí. Estaba tan ansioso de encontrarla que no me di cuenta que se había colocado en los silloncitos donde me esperan mis clientes. No puedo contener el impulso de levantarme e ir hacia ella. Le abrazo y puedo sentir como me corresponde con todo su ser. No sé cuantos segundos duramos así, abrazados, unidos con la desesperada añoranza de quien no se ha visto en muchos años.


-¿Qué me diste? -pregunta con voz entrecortada y las mejillas ruborizadas.


Yo también me he preguntado por qué jamás he dejado de pensar en ella. ¿Que desconocido embrujo colocó en mí? Después de tantos años, ¿por qué me sigue desarmando su mirada, por qué siento por ella la misma pasión que antaño? Mi conclusión es que, precisamente, el apasionamiento involucrado en ese tórrido romance con tintes de tragedia, es lo que nos hace seguir juntos a pesar de todo, a pesar del tiempo y la distancia. A pesar de las parejas de ambos.

Nos apartamos un poco, pero seguimos tomados de las manos. La siguiente pregunta me hace reír. Especialmente por lo que yo le respondo sin pensar.


-¿Estás temblando o soy yo?
-Creo que somos los dos.


Vuelvo a abrazarla. Le beso otra vez, como hace años. Ella me deja hacer, pero solo por un momento que disfruto como si fuera una eternidad. Luego se aparta y vuelve a repetir la primer pregunta.


-Es en serio... ¿qué me diste?


Esta vez le respondo.


-Siempre pensé que fuiste tú la que me había dado algo. Que habías sido tú quien me hechizó a mí.
-¿Así lo crees?
-Sí.
-Y entonces, ¿por qué me dejaste ir?
-Lo que yo recuerdo es que fuiste precisamente tú quien tomó la decisión de irse.
-Para mí sucedió de otra manera...


Podría discutir, pero no lo hago. No tiene ningún caso. Ella tiene sus recuerdos de cómo sucedieron las cosas y yo los míos. Ambos guardamos silencio. Pareciera que repentinamente comprendiéramos que teníamos que aprovechar los pocos momentos que de ahora en adelante podríamos pasar juntos, porque ya serían más espaciados y no durarían más de cinco minutos. Sonreímos.


-Fue un error de los dos -dije al fin- tú quisiste irte y yo te permití hacerlo, porque entendí que eso era lo que deseabas.
-Nunca debiste escucharme -dijo ella-, ni siquiera la primera vez: no estaríamos en esta situación.


Me da un breve beso en los labios, a manera de despedida. Cruza el umbral y se aleja de prisa, temerosa de lo que siente, de lo que sentimos. De las cosas que suceden cuando estamos juntos. Yo sigo sin habla, recordando, pensando en la última frase.

Ni siquiera la primera vez...

Maldición -dije para mí, amargamente y sin seguirla-, cuánta razón tiene.

sábado, 18 de agosto de 2012

Al tercer día





Dos horas libres de gritos, de llantos, de raspones, de mocos y de golpes en los tobillos, asestados con la patineta. La casa estaba tan tranquila que podía escucharse a lo lejos la máquina del ferrocarril y, en el jardín, el viento pasando entre las hojas del limonero.

Dios bendiga las clases de catecismo, ‒pensó el hombre mientras abría el periódico local en la sección de deportes‒. No tardó mucho en aburrirse, así que encendió el televisor buscando algún mediocre partido de la liga nacional. Lo encontró pronto. Fue por una cerveza al refrigerador y volvió a zambullirse en su sillón favorito. 

Pero la calma no dura para siempre. De un momento a otro la calle se llenó de gritos infantiles y una pequeña y delgada figura irrumpió en la sala, golpeando la puerta en su carrera.


‒Hola papi.
‒Hola hijo. ¿Cómo te fue en tu clase?
‒¡Muy bien! La maestra Lupita dice que me porté muy bien y que si hago la tarea, me ganaré una estrellita... ¿Me ayudas?


Una decisión difícil. Fut bol más cerveza o hijo más tarea más dogmas católicos... No. Ni tan difícil.


‒¿Qué te dejaron?
‒Tengo que hablar de La Resurrección...


¡A centímetros del poste izquierdo pasó esa bola!, ‒gritaron en la televisión‒.


‒Eh... Mmm... Yo creo que eso lo encuentras en Internet. Búscalo ahí. ‒Dijo el padre señalando la computadora con el índice de la mano izquierda y, una vez librado de su vástago, tomó un largo sorbo del bote de cerveza. Tuvo que eructar.

El chiquillo encendió el aparato a regañadientes y se dispuso a trabajar. Al terminar la clase del día siguiente, llegó muy triste a casa. Un cinco en sus deberes, el motivo.


‒¿Por qué te pusieron cinco? ‒Preguntó indignado el hombre‒ Déjame leer eso.

Después que diosito murió, los apóstoles se pusieron muy tristes. Por eso tuvieron que investigar formas de cómo revivir a Jesús. Uno de ellos tuvo una visión y se le apareció Morfeo, quien le dijo que debía elegir entre la verdad o seguir en la mentira. Él dijo que la verdad, así que le dio una pastillita azul que decía Pfizer. Cuando se la tomó, se puso todo loco y decía que  un arbusto le hablaba y que le decía que tenían que visitar al oráculo. Cuando llegaron, éste les dijo que la única forma de revivir a diosito era juntando las esferas del dragón que estaban custodiadas por los guardianes de las doce casas. Los apóstoles tuvieron que tomar un rápido entrenamiento para ganarse su armadura de bronce y después de muchas batallas, lograron reunir todas las esferas para poder invocar a Shen Long. Diosito resucitó al tercer día, porque ese fue el tiempo que tardaron los apóstoles en recolectar las esferas del dragón. Y así fue todo y ya.




‒Ya estarás conforme ‒dijo la madre del pequeño, bastante molesta‒, por tu culpa le han puesto cinco en el trabajo. Y todo por no querer hacerte responsable. Ni para eso sirves. ¡Ya me lo decía mi madre! ¿Por qué no contestas nada?



El hombre la ignoró y mientras tanto, seguía sosteniendo el trabajo de su hijo entre las manos. Terminó por sonreír. Le despeinó el cabello en un gesto cariñoso y guiñando un ojo le dijo:



‒¿Sabes? Para mí tienes un diez en creatividad.  

sábado, 4 de agosto de 2012

Deja que brille el sol





-Te quiero mucho –le dijo ella.

Sin embargo él pareció no escuchar o tal vez no escuchó.

                La música del café aunque no estaba fuerte, obligaba a las personas a hablar más alto de lo normal.

                Tenían poco de haber llegado, ella tomaba chocolate frío y él café caliente, parecía malhumorado y se veía pensativo.

                Ella intentó besarlo y él la apartó con el hombro.

                -Ya no te quiero, ya no quiero estar contigo – murmuró, no la miraba a ella, veía la taza de café, le daba vuelta tras vuelta, dio un sorbo, lo dejó de nuevo en la mesita de vidrio, pasaría una eternidad hasta que volteó a verla.  Ella lloraba en silencio, justo en ese momento dos lágrimas brotaron de sus ojos, saltaron al mismo tiempo con una sincronía de clavadistas chinos y se perdieron en su pantalón negro.

                Llegó el mesero para ofrecerles algo más, él pidió otro café y ella nada más.

                La música seguía.

                El repitió lo mismo pero ahora más alto y mirándola a los ojos: “Ya no te quiero, ya no quiero estar contigo.”

                Ella sintió que todo el mundo lo había escuchado y él pensó que todos lo veían.

                El abrió la boca para decir algo más pero ella no esperó, se levantó, había dejado en la mesa un billete de 50 pesos y se marchó.

                El la vio alejarse, bajaba las escaleras y pareció que el sol se ocultaba, conforme fue bajando se oscurecía,  su cabello rubio se perdió de vista, todo quedó en tinieblas, pero él no lo notó, estaba ciego de todos modos.

                Se quedó solo, como la luna de esa noche.

                Apresuró su café y pidió la cuenta, el mesero llegó casi de inmediato, pagó el importe, pensaba dejar el billete como propina pero lo tomó y lo miró, era lo único que le quedaba de ella.

                Eso... y su cabello.

                Eso… y su mirada.

                Eso… y su sonrisa.

                Eso… y sus manos.

                Eso… y sus ojos.

                Eso… y su voz.

                Eso… y sus labios.

                Eso…y sus besos.

                Eso… y que siempre lo quiso, fue la única que lo quiso, se lo demostró tres mil seiscientas veces por hora al día.

                La lluvia se soltó de pronto.

                El corrió a buscarla, miró hacia todos lados pero no la vio, una ambulancia en una esquina rodeada de curiosos llamó su atención, pensó lo peor, la ambulancia se fue antes que él llegara y los curiosos se disiparon, preguntó a uno qué sucedió.  Un ciclista, golpeado por un conductor distraído, no era ella.

Anduvo largo rato bajo la lluvia buscándola.

                Buscó refugio bajo el toldo de una tienda y la llamó… no contestó, llamó a su casa… no estaba.

                Cada vez que la llama no contesta y en su casa no está, va a buscarla y no la encuentra.

                Pasaron meses haciendo lo mismo, dejó de buscarla y de llamarle.

                Hoy la vio después de dos años, estaba radiante, brillaba, su sonrisa lo iluminó todo de nuevo, llevaba un niño, rubio también y hermoso, con ellos dos iba otro, otro que no era él pero también brillaba, tres soles bellos y felices; quiso hablarle pero se acobardó. Los miró hasta que los perdió de vista, todo se oscureció de nuevo pero esta vez sí lo notó.

                Ella no lo vio y qué bueno, porque al sol siempre lo eclipsa la luna.

martes, 24 de julio de 2012

Sirena




-¿Me acompañas?


Dijo la voz, tierna y seductora, como en un susurro. Una voz femenina, cálida y dulce. Son las únicas voces que pueden provocar en mí esa sensación que asciende por la columna vertebral y desciende por los brazos, erizando, durante su eléctrico viaje, los vellos de los mismos. 

Voltee. No había nadie. Me recargué con pereza en el barandal para seguir contemplando ese oscuro horizonte y perderme en mis pensamientos. El viento soplaba y se alcanzaban a ver, lejanas, las luces del muelle.  

Sentí que mis ojos se cerraban. Tenía sueño. Aflojé el nudo de la corbata y tragué saliva. La noche olía a la lluvia que, entre relámpagos, se anunciaba del otro lado de la ciudad. Aspiré hondamente hasta inflar el pecho. Necesitaba enderezar la espalda. Sentía como si hubiese estado cargando un peso enorme y hacer ese movimiento hizo que mis vértebras encontraran posición más adecuada, emitiendo leves chasquidos sucesivos. Una gruesa gota cayó en mi mano, pero ya estaba demasiado distraído como para notarlo. Solo quería dormir...


¿Me acompañas? -volví a escuchar- y como un autómata, dije sí...


Y siguiendo esa voz, me arrojé al vacío.





domingo, 1 de julio de 2012

Lolita




La lluvia era ligera pero pertinaz. El cielo totalmente cubierto de nubes pronosticaba al menos dos horas más de precipitaciones y el ruido del tráfico allá afuera, en la calle, iba incrementándose poco a poco. El profesor dio el último sorbo a su café antes de depositar el recipiente vacío en el cesto, encendió la luz del laboratorio de cómputo y abrió el manual en la página correspondiente a la práctica de ese día. Miró el reloj de pulsera: Cinco minutos para las siete de la mañana.

El lugar no tardó en llenarse con los murmullos, las risas y los bostezos de los adolescentes que conformaban el grupo. Los muchachos ocuparon los lugares previamente asignados y comenzaron la clase. Las indicaciones eran fáciles de seguir, pero el plan de clase establecía una lectura dirigida. Todos abrieron su libro en la página 26 y siguieron con la vista lo que leía el profesor. Todos menos ella.

La buena suerte y su apellido la habían colocado en la primera fila, junto al corredor por donde el profesor se paseaba mientras daba las lecciones y que dividía además en dos partes el aula de cómputo. Alguna ventaja debía tener la tercera letra del alfabeto. 

Lo miró intensamente. Siempre lo hacía. Disfrutaba estar en ese lugar privilegiado, mismo que le permitía observarle el trasero descaradamente siempre que escribía algo en el pizarrón.  Fantaseaba. Fantaseaba todos los días y todas las noches. Le imaginaba suyo, con los anteojos empañados,  poseyéndose mutua y salvajemente, una y otra vez.

El profesor seguía concentrado en la lectura, por lo que la sensación de que algo subía por su pierna por poco le hace gritar del susto. Afortunadamente pudo contenerse.

La chica se había quitado el zapato derecho  y deslizado su pie por debajo del pantalón del catedrático. lo cual provocó un súbito incremento en el ritmo cardíaco de éste y un estremecimiento. Nunca, jamás una estudiante tan atrevida como ella. En cursos anteriores, tal vez una manzana acompañada de una mirada con intención, pero esta chica había tomado la iniciativa a mitad de la clase, con todos los compañeros presentes, aprovechando que el campo visual de los demás era restringido por los cubículos individuales donde estaban colocadas las computadoras. Lo disfrutó. Su sonrisa la delataba.

El docente optó por retirarse de ése lugar, para poder continuar con la lectura sin que se entrecortara su voz. Dio las últimas indicaciones y la clase siguió como si nada hubiese pasado. Al terminar los 50 minutos destinados a la práctica, todos se retiraron excepto ella.

El profesor, sentado detrás del escritorio que estaba al fondo del salón, a espaldas de los cubículos, le miró acercarse a él, cruzando todo el lugar, como si estuviera partiendo plaza. Se había soltado el cabello castaño que aparentaba ser más oscuro en ese momento, dado el contraste con el pizarrón blanco que estaba a sus espaldas. Un pie después de otro, con ritmo, con cadencia, sobre una línea recta imaginaria, de manera que sus caderas balanceaban divinamente, de un lado a otro, el peso de su falda escolar. 



-¿Qué fue todo eso Marianne?
-¿A qué te refieres? -Respondió ella, de una forma dulcemente irrespetuosa.
-A lo que hiciste con el pie hace rato.
-Tú ya lo sabes: te quiero.



La manera en que lo dijo era suficiente para deducir que el te quiero surgido de sus labios no era otra cosa que un te deseo. 



-Ya hemos hablado del tema y, aunque me siento halagado, sabes bien que no puede ser.
-¿Porque eres mi maestro y yo una alumna?
-Exactamente. Por eso y por qué eres menor de edad. Apenas tienes dieciséis años.
-Cumplo diecisiete en un mes.



Él quiso decir algo más, pero se contuvo dándose cuenta que sus argumentos iban a ser ignorados por ella deliberadamente. Se puso de pie para dar por terminada la conversación y dirigirse a dar su siguiente clase. 



-¿Entonces no? -Volvió a acometer ella, esta vez guiñando un ojo.
-No... Discúlpame.
-Está bien, no hay problema...



Le dio un beso en la mejilla rozando su cuerpo contra el de él y giró sobre sus talones para salir del laboratorio. Por encima de la pretina de la falda escolar se veían las dos tiras de una tanga blanca. Intencionalmente, sin duda. Todavía se dio tiempo para detenerse en el marco de la puerta, voltear hacia el profesor y sonreír maliciosamente.

El resto del día fue de mera rutina. Sin embargo, ya estando en casa no podía sacarla de su mente. La imaginó ahí, en su cama, recostada junto a él. Aún tenía en su memoria el perfume que emanaba de aquél cuerpo adolescente. Cerró los ojos y se imaginó como sería desabrochar los tres primeros botones de la blusa escolar, besar el pecho juvenil y descubrir a medias los pezones color rosa. Deseó no ser su profesor, poder acariciar esas piernas que alguna vez, en clase, se habían mostrado para él, desabrochar  los dos botones y correr el cierre de su falda de colegiala, dejarse llevar por las pasiones que ella había logrado despertar. 

Aún con los ojos cerrados y frunciendo el ceño  también tuvo que pensar en las implicaciones de algo así: Ir en contra de las normas, desprestigio como catedrático, despido, señalamiento por parte de la sociedad y quizá hasta demandas por abuso de menores.

Esa lucha interna entre lo que se debe hacer y lo que se desea, el instinto básico, por llamarle de alguna manera, le resultó agotadora. Terminó quedándose dormido, con los zapatos puestos, la camisa a medio desabrochar, la corbata en la mano izquierda y sus deseos reprimidos en la otra...